AYUDAR EN SALUD

LA SOLIDARIDAD CRECE EN TIEMPOS DE CRISIS


En esta nota presentamos tres casos de organización solidaria. Hombres y mujeres que se ofrecen para atender a chicos desnutridos, resolver la falta de medicamentos o aminorar la necesidad de contención afectiva. Estas iniciativas intentan paliar la falta de participación del Estado.

Diferentes necesidades y sufrimientos. Diferentes personas y organizaciones. Diferentes sacrificios. Diferentes historias de vida. Un mismo contexto: un sistema que excluye. Promesas que nunca llegan. Personas que necesitan proteger su salud y se organizan solidariamente. A falta de políticas sanitarias, buenas son las organizaciones solidarias.

En muchas regiones del país, y en diferentes ámbitos, los propios ciudadanos intentan paliar las consecuencias que genera sobre su salud la grave situación socioeconómica.

Con un Estado ausente, la desprotección sobre aspectos sanitarios elementales creció en la última década en forma exponencial. Por el mismo precio, la última dictadura militar barrió con la cultura solidaria y alimentó la cultura del individualismo y el “sálvese quien pueda”. Sin embargo, de a poco, algunas redes parecen ir recomponiéndose. A modo de ejemplo, los siguientes tres casos de organización solidaria. Hombres y mujeres que se ofrecen para atender chicos desnutridos, resolver la falta de medicamentos o aminorar la necesidad de contención afectiva.

Una alternativa posible toma cuerpo: generar iniciativas de conjunto para mejorar las condiciones de vida y tender una mano a los más necesitados.

Red Solidaria

La Red Solidaria es una organización de voluntarios que básicamente busca reunir a gente que necesita con gente que puede dar. Nació en 1995 y hoy cuenta con más de 300 voluntades y alrededor de 2.000 colaboradores en todo el país.

La Red no dispone de aportes económicos de ningún tipo, pero sí del apoyo de más de 350 instituciones.

Dicen sus coordinadores que reciben llamados de mucha gente que quiere sumarse al voluntariado, pero que no pueden absorber tanta generosidad. Su máximo responsable es Juan Carr, quien además dirige el plan de nutrición.

“Nosotros gastamos en teléfono 600 pesos por mes, pero somos muchos y en general siempre alguien aparece de afuera para pagar. El gran gasto es el tiempo –resume Juan Carr–; eso es mucho y es poco, pero lo increíble es eso: un mecanismo que no tiene gastos; no tenemos sede, no tenemos nada, y tampoco nos interesa tenerlo. Cada tres horas el teléfono se transfiere a la casa de un voluntario. La mayoría dona sus cuatro horas por semana y el gasto es ese: 600 pesos; con la crisis que tenemos necesitamos un sistema que tenga cuasi cero de gastos; porque, con un millón de dólares cualquiera hace un montón de cosas”.

Carr señala con convicción: “Un médico que trabaja en un hospital público es casi un voluntario, una maestra es casi una voluntaria. Estamos en un esquema de país distinto al que permite el voluntariado habitual; lo que nosotros proponemos es una cultura solidaria y eso significa que no hace falta ni cumplir un horario, ni pertenecer a nada, ni asociarse. Cualquiera tiene un prójimo cerca, cualquiera puede hacer algo por el otro. Y alguien que honestamente cumple con su trabajo con lo poco que le pagan, es casi un voluntario”.

Coordinadora de Voluntarios Hospitalarios

La Coordinadora de Voluntarios Hospitalarios reúne a más de 5.000 personas que diariamente ayudan a pacientes con distintas patologías a sobrellevar la internación con herramientas tan elementales como imprescindibles: comprensión, escucha, afecto y aliento.

La falta de insumos y de nombramientos transforma la actividad de los voluntarios en un elemento importante para el funcionamiento de muchos hospitales en todo el país.

Susana Álvarez preside la Coordinadora de Voluntarios Hospitalarios: “Es muy lindo escuchar hablar de voluntarios, porque así se desplaza la palabra voluntaria, que es la que hasta ahora escuchábamos siempre; ahora hablamos de voluntariado porque muchos hombres se han sumado a nuestras filas; ayudar es una tarea del ser humano, no de un sexo en particular”.

Susana Álvarez explica que un voluntario es, en un sentido, como un familiar. “Todo lo que se hace por un familiar lo hace un voluntario por un paciente –sintetiza–. Desde escucharlo, que es lo principal, hasta darle de comer, leerle algo, hacerle un trámite, jugar si es un chico, y nosotras, a lo mejor les enseñamos a tejer alguna cosita”.

Los Carasucias

Mónica Carranza es la conocida cara me-diática de Los Carasucias. Maneja un hogar con más de 250 niños y mujeres, y un comedor al que acceden sistemáticamente más de 2.000 familias. Familias que, de no ser por el comedor, no comerían. Por el comedor desfilan diariamente cientos de niños cuya característica distintiva es la desnutrición, el abandono y la falta de cariño.

El hogar cuenta hoy con un médico clínico, un médico de familia y una pediatra. Tres profesionales que no dan abasto ante tanta demanda.

En el marco de Los Carasucias, trabajan muchos voluntarios que dan horas de su vida para ayudar a quienes los necesitan. Una cultura que se perdió y parece querer recuperarse. Y Mónica Carranza cree que es la clave: “Uno podría echarle toda la culpa a los políticos –sostiene Carranza– pero siempre terminaríamos en lo mismo. Creo que tenemos que empezar a mirar hacia nosotros mismos. No dejar de exigir a quienes tienen responsabilidades, pero no perder de vista nuestra responsabilidad. Dedicamos una mirada a una chica linda o a una vidriera porque nos llaman la atención, también podríamos tener interés en un chico que duerme en la calle, no tiene para comer y está enfermo. Podría ser un punto de partida”. 

Javier Rubel
Colaboró Patricia Bravo