Reportaje a:

Dr. Ariel UmpiErrez, presidente de MEdicos en CatAstrofe

“SIEMPRE ESTAMOS DEL LADO DE LAS VICTIMAS”

 

Con una rica experiencia en medicina de guerra, Umpiérrez señala que las víctimas de los bombardeos son siempre los más débiles: niños, mujeres, ancianos o discapacitados. Sostiene, además, que el trabajo médico en los campos de refugiados va mucho más allá de una buena formación profesional, requiere de una gran fortaleza emocional

Finalmente, la promocionada primera guerra del siglo XXI llegó. Sus consecuencias ya son observables: más de dos millones de afganos en centros de refugiados del lado pakistaní, y muchos que esperan poder cruzar la frontera. Como lo reflejaron otros conflictos bélicos de características similares, la vida de los refugiados pende de un hilo. La infraestructura sanitaria es rudimentaria y los problemas de salud, urgentes y muchos. En estos centros, habitualmente trabajan médicos que asisten a civiles inocentes. Médicos en Catástrofe es una organización humanitaria internacional con sede en Argentina, que nuclea a 400 profesionales de la salud de diferentes países. Hace siete años trabaja en este tipo de conflictos: Ruanda, Kosovo y, en pocos días, Pakistán.

En las guerras modernas ya no mueren sólo soldados, como antes. Los números hablan a las claras: de cada diez víctimas, ocho son civiles indefensos. Aquellos que no pueden escapar a tiempo: mujeres, niños, enfermos, ancianos, minusválidos y los que se hacinan en campos de refugiados. El Dr. Ariel Umpiérrez preside Médicos en Catástrofe, que tiene como razón de ser asistir a las víctimas. Su primer y gran definición ideológica es esa: “Nosotros siempre estamos del lado de las víctimas”, dice.

Aunque muchos sostienen que cualquier profesional de la salud debería estar capacitado para este tipo de trabajo, en la práctica no es así. La medicina de guerra demanda un marco de contención psicológica que el médico debe estar dispuesto a tener presente en todo momento. El paciente llega siempre en pésimas condiciones, después de cruzar campos y montañas, generalmente a pie. “Es gente muy pobre, con heridas de bala o de mortero, o personas que han pisado una mina –detalla el Dr. Umpiérrez–. A veces es difícil de imaginar: son dos millones de personas en situación de catástrofe. Nuestra presencia con la bandera blanca, con el delantal de trabajo o el ambo, en muchos casos lo que inspira es simplemente un mínimo de confianza, es la sensación de que alguien se va a ocupar de ellos aunque más no sea míni-mamente, porque en realidad es imposible brindar la atención que merece cada ser humano. Pero la de la medicina de guerra es atención, que consiste en sacar rápidamente a una persona de una crisis muy profunda”.

El perfil del médico

“No se trata solamente de ser un muy buen profesional –afirma convencido Ariel Umpiérrez–. Puede ir a las zonas de guerra el médico que está muy entrenado en emergencia, terapia, cirugía; pero también el que tiene condiciones psicológicas y una estabilidad emocional muy fuerte, porque pasan dos cosas: en primer lugar, su propia vida está en peligro, está en zona de guerra, hay combates permanentemente, hay que evacuar regiones enteras. Estamos hablando de campos que están en plena zona de combate, en la línea misma de combate. Por consiguiente, hay que estar desplazándose, hay que de-

sarmar un hospital, o quedarse en una zona que está siendo bombardeada. Y en segundo término, es necesario afrontar la emergencia humanitaria desde el punto de vista de los afectos, de la sensibilidad de cada uno de nosotros. Es muy duro saber que de todos esos heridos o enfermos, muchísimos van a morir, a pesar de nuestra presencia”.

Médicos en Catástrofe pasó de ser un grupo de amigos a convertirse en una asociación profesional que cumple estándares internacionales, que fijan las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud para estos casos.

Un gobierno ausente

La financiación de las misiones depende de cada caso y hay muchas que se sostienen a pulmón. Pero organismos extranjeros, fundamentalmente europeos, aportan para que la asistencia sea posible. Umpiérrez relata, entre la tristeza y la perplejidad, la negativa del gobierno argentino a financiar parte de los gastos: “Nos hemos dirigido expresamente tanto al presidente de la Nación, como a los ministros, a autoridades del GCBA y de la provincia de Buenos Aires; a todos les hemos solicitado apoyo y por el momento no tenemos ninguna respuesta favorable. No pretendemos que con los problemas que hay en la Argentina se financie masivamente a Médicos en Catástrofe, pero estamos hablando de recursos muy escasos. Para entender de qué estamos hablando: hemos pedido 50.000 dólares para una misión en la que montar un hospital de campaña con un quirófano cuesta 500.000. Realmente nos sorprende y nos cuesta explicarles a nuestros colegas europeos, que el gobierno argentino no participa en absolutamente nada. Y por otro lado, escuchamos que quieren participar en una cruzada internacional”.

Quienes asisten a los refugiados en medio de la angustia y el desconsuelo son, ni más ni menos, profesionales de la salud. Médicos que, más allá de Bin Laden, Bush, la OTAN, medio oriente, fanatismos y fanáticos, despliegan solidaridad sin mirar a quién.

Javier Rubel


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