Reportaje a:

DRA. EUGENIA SACERDOTE DE LUSTIG

70 AÑOS DE MEDICINA

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Todavía se sorprende cuando la distinguen con algún premio. Como si su vida y su presente fueran cosa de todos los días. Decidió estudiar medicina en Italia en 1929. Lo hizo contra viento y marea. Con la llegada de Mussolini al poder, el destino la trajo a nuestro país. Hoy trabaja en el instituto Roffo. Sigue investigando con su microscopio. En diálogo con Mundo Hospitalario, no esquivó ningún tema sanitario. Tiene nada más que 88 años

"Sobre 500 hombres que estudiaban medicina en Italia en 1930, éramos cuatro mujeres. Y no era tan fácil -dice la Dra. Eugenia Sacerdote de Lustig-; el recuerdo más grande que tengo está vinculado a todo el esfuerzo que tuve que hacer para poder entrar en la universidad. El colegio secundario en el que estudié era de mujeres y no habilitaba para entrar a la facultad, así que tuve que rendir todos los exámenes libres para ingresar. Para mí fue una gran lucha contra la familia y la sociedad. No se usaba que las mujeres estudiaran y mucho menos medicina. Si estudiaban, estudiaban letras, pero no medicina".

"Sin duda -analiza la Dra. Lustig- en estos casi 70 años he asistido a notables avances científicos con relación a la medicina. Pienso por ejemplo que antes se hablaba de cáncer como una enfermedad incurable por la que no se podía hacer nada. Pienso en el temor que teníamos hacia todas las enfermedades infecciosas como la difteria, la sífilis, la tuberculosis. La aparición de la penicilina ha cambiado totalmente el panorama. Recuerdo claramente el pánico que les teníamos a esas enfermedades".

"Y por otro lado pienso que hemos perdido la figura del médico familiar, el médico que sabía todo de todos los integrantes de la familia, desde muy pequeños hasta la adultez. Era una figura familiar y simpática. Se ha perdido completamente. Ahora hay muchos equipos, muchos aparatos, pero es todo mucho más anónimo", agrega la Dra. Lustig.

Tras haber perdido sus derechos ciudadanos en la Italia fascista de Mussolini, la Dra. Lustig, su marido y su pequeña hija de un año, llegaron a la Argentina en 1939. Y así recuerda su inserción laboral aquí: "Mi primer trabajo fue en la cátedra de Histología Embriológica de la Facultad de Medicina, porque yo había hecho mi tesis de doctorado en Italia en esa materia. Me dijeron que no tenían nada para ofrecerme pero que si quería una silla y una mesa me la daban. Acepté esas condiciones y al año y medio un ayudante se fue a los Estados Unidos y me ofrecieron un pequeño contrato. Por esos años me sorprendía la gran cantidad de mujeres que había en la Facultad de Farmacia y Bioquímica. En la de Medicina todavía no, pero igual se notaba un avance más grande que en Italia".

"Y allí trabajé -señala Lustig- hasta que Perón echó a Houssay de la Universidad. Mi jefe se fue con él y pusieron otro al que no le interesaba para nada la investigación. A partir de allí fue volver a empezar".

"Nuestros científicos tienen una muy buena preparación -la Dra. Lustig no duda-, pero por desgracia no se les dan los medios para trabajar. Hay muy pocos cargos y por eso nuestros jóvenes más brillantes se van. Porque en Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra, en Canadá, se les ofrecen los medios para trabajar, buenos sueldos. Es todo distinto, si no, no se nos hubiera ido un Milstein o tantos otros que nunca más volvieron, por desgracia. Si tuviese la oportunidad de modificar algo desde la salud pública, empezaría por ahí, por investigar temas como el Chagas, por ejemplo. No es posible que sigamos así con esta enfermedad que es social; es una vergüenza y hay que prevenir".

La Dra. Lustig investiga en el marco de la salud pública desde hace décadas. Por eso tiene autoridad para analizar el actual contexto del sistema de salud: "Cada día importan más las ganancias. Y por eso los médicos están muy explotados, se les paga una miseria y muchas veces tienen que correr de un lado para otro, con el costo de tener que visitar a un montón de pacientes por día. Los grupos privados no ayudan mucho, o se ayudan a sí mismos".

"Creo que habría que mejorar fundamentalmente en materia de prevención. Prevención en cáncer, en enfermedades infecciosas. Muchas más campañas de las que se hacen serían muy útiles", explica Lustig, que enseguida agrega: "Hay que defender al hospital público a toda costa, porque es la única forma de salvar a mucha gente que lo necesita, que no puede pagar. Por otra parte, la mayoría de los futuros médicos prefieren trabajar en el hospital porque se aprende mucho. El hospital público es muy bueno; desgraciadamente no tiene mucho apoyo, pero es muy bueno".

Un tumor en el ojo le impide trabajar más de lo que desearía. Sin embargo, cada día a las 9:30, la Dra. Eugenia Sacerdote de Lustig llega al instituto Roffo, donde investiga desde hace años sobre el mal de Alzheimer, con la esperanza de encontrar un indicador precoz de la enfermedad. Hay dos jóvenes becarios que trabajan con ella. Al promediar las 3:00 de la tarde está cansada y el trabajo frente al microscopio se le dificulta. Es entonces cuando no comprende por qué tanto reconocimiento público: "Considero que es normal seguir trabajando y estudiando a los 88 años. Hay mucha gente que lo hace. No sé por qué tanto premio", se asombra.

Ciudadana ilustre, médica notable para la Secretaría de Salud de la ciudad de Buenos Aires, Premio de los Piamonteses, Premio Hipócrates de la Academia Nacional de Medicina. Algunos ejemplos de las muchas instituciones que premiaron años de incansable labor solidaria.

Javier Rubel

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