Encuadre Ideológico
Hay
dos posiciones claramente antagónicas: la salud como derecho humano
personalísimo y la salud como mercancía en la economía de mercado. Para
la primera, jurídicamente es un derecho positivo y en consecuencia una
decisión política, en tanto el Estado interviene activa y
sustantivamente para asegurar a toda la población no sólo la promoción
y protección de la salud, sino el derecho a la atención de la enfermedad
en forma igualitaria en cantidad y calidad, con independencia de la
situación social, económica y cultural.
En
cambio, para la segunda posición, la salud entra en el sistema de oferta
y demanda. Es un derecho, en términos jurídicos negativos, esto es que
el Estado simplemente tutela la promoción y protección de la salud,
mientras que la atención de la enfermedad entra como mercancía en la
economía de mercado. Quienes poseen los medios económicos entran en ella
y los que no, serán provistos por la beneficencia pública o privada.
En
esta posición, la salud de la población también es una decisión política
pero enmarcada por las leyes del mercado. Conviene aquí recordar lo
expresado por Kenneth Arrow, Premio Nobel de Economía en 1963: “La sola
aplicación de las leyes de mercado hace a los enfermos más enfermos”.
En
los últimos años se ha profundizado la brecha entre ricos y pobres como
producto de un proyecto ideológico neoliberal que instrumenta la economía
para perseguir fines políticos y sociales con concentración de saberes,
riquezas y poderes en unos pocos comensales insaciables, con exclusión de
los muchos espectadores hambrientos.
Resultante
de este modelo es que el 80% del gasto mundial en salud se concentre tan
solo en el 20% de la población, teniendo que arreglarse el 80% restante
con el 20% de los recursos.
De
tal manera que los así llamados “grupos de riesgo” para enfermarse
son en realidad modelos de fragilización social y esta ideología
imperante los convierte de víctimas en culpables de su situación.
Esta
culpabilización de la víctima operando normalmente los estigmatiza con
el mensaje, ya clásico, de que se “merecen” estar enfermos: por no
trabajar, por no estudiar, por no cuidarse, en fin, por no estar “a la
altura” de los sanos, son “candidatos” a enfermarse.
Propuestas desde la medicina antropológica
Adhiriendo
a la primera de las posiciones, la medicina antropológica considera al
enfermo como un ser somato-psico-social-cultural y la antropología médica
crítica nos muestra el proceso salud-enfermedad-atención como un
constructor social y a su vez su producto, analizando y mensurando lo histórico,
lo ideológico, lo político, lo económico, lo social y lo cultural en la
génesis de dicho proceso.
Nada
es al azar –en palabras de Borges: “Todo encuentro casual es una
cita”–, por lo tanto debe abordarse este proceso como la articulación
entre construcciones sociales y médicas con relaciones hegemónicas, para
problema-tizarlo de esta manera como un escenario político con desiguales
relaciones de poder y un “campus”1 de disputa entre distintos
actores sociales.
En
este aspecto, toda decisión política necesita un encuadre ideológico
para el reconocimiento crítico de la construcción social de la
normatividad con sentidos morales de control y estigmatización. También
requiere el mismo reconocimiento para las relaciones de poder que
estructuran dicha construcción.
De
tal manera, los así llamados derechos de los pacientes, son en realidad derechos
humanos en tanto que los enfermos son primariamente personas y
como tales, en el sentido kantiano, tienen dignidad y no precio, son
sujetos y no objetos, son fines en sí mismos y no medios.
Articulando
política y ética (Aristóteles decía: “La política es la arquitectónica
de la ética”), la Medicina Antropológica propone las siguientes pautas
para un programa de salud.
1.
Universalidad: en tanto la salud es un derecho humano principalísimo,
ninguna persona puede quedar excluida bajo ninguna circunstancia. No hay
para esto excusas válidas, ni económicas, ni políticas; más en nuestro
país que gasta en salud el 8% de su Producto Bruto Interno, alrededor de
20 mil millones de dólares, lo que aseguraría una cápita anual de 600 dólares
por habitante y por año, de no ser por el sistema inequitativo y corrupto
de distribución de recursos que impera. Costa Rica, con una inversión de
quinientos dólares menos per
cápita, tiene la mitad de mortalidad infantil. En la distribución
de recursos debe citarse cualquier “focalización” que políticamente
tienda a un clientelismo cautivo. Asistencialismo sin justicia es
humillación.
2.
Igualdad: no hay una salud de mínimos y una salud de máximos. Toda
persona, independientemente de su condición social, económica y cultural
tiene derecho a la mejor calidad de atención. La misma es siempre de máxima,
no hay poca salud o mucha salud, hay salud o no hay salud. Muchas veces la
atención primaria de la salud se convierte en una atención
“primitiva” de la salud, con niveles mínimos insuficientes de atención,
invocando escasez de recursos. Según el gasto que hemos mencionado para
Argentina, cabe preguntarse: ¿escasez para quiénes? ¿para todos o para
los desposeídos?
3.
Equidad: siguiendo el segundo principio de la teoría de la
justicia de John Rawls, la equidad en la distribución de los recursos
debe ofrecer algo menos a los que de por sí tienen más para de esta
forma poder dar más a los que de por sí tienen menos. Más aún,
siguiendo el tercer principio de la teoría en cuestión, el de la
diferencia, ésta es ética-mente aceptable si beneficia al más desposeído.
No se trata de robar a los ricos para darles a los pobres como Robin
Hood, pero tampoco como ocurre con Hood Robin, sacarle a los
que menos tienen para darle a los que poseen más. Nuestro sistema fiscal,
estructuradamente regresivo es un ejemplo elocuente de esa
inequidad distributiva.
4.
Participación: la comunidad es nuestra auditora
“natural” y como tal debe participar en todas las etapas de una política
de salud, tanto en la planificación como en la ejecución y en la
evaluación. Pero participar significa intervenir en la toma de
decisiones, de no ser así es retornar a viejas propuestas materialistas y
funcionalistas que no hacen más que cumplir funciones de control social,
legitimación de la subalternidad y abaratamiento.
En
las experiencias de Oregon, en USA, se demostró que cuando la gente decidía
cómo distribuir los recursos en salud, no solamente estos alcanzaron sino
que aumentó sustan-cialmente el grado de satisfacción de los propios
usuarios.
5.
Solidaridad: esta deberá implementarse en tres niveles:
a.
Nivel macro: la solidaridad debe constituirse en una estrategia política
para una redistribución equitativa del ingreso a fin de revertir la
penosa e inmoral situación en nuestro país: en los últimos diez años
se transfirieron 35 millones de dólares al 20% más rico y se sustrajeron
24 millones al 20% más pobre. Se necesita decisión política para
revertir esta situación, por ejemplo implementar la Tasa de Tobin en las
transacciones financieras sin fines productivos, volcando ese producto en
educación y salud. Otro ejemplo: en nuestro país, los impuestos que
gravan la producción y el consumo representan el 11% del Producto Bruto
Interno, mientras que los que gravan la renta y la riqueza personal son el
2% del mismo. Revertir esta situación sería una estrategia política de
la solidaridad, como también implementar un IVA discriminado con valores
muy bajos o nulos a los consumos de primera necesidad y altos para
objetivos suntuarios.
b.
Nivel meso: promocionar y proteger las redes sociales con las
organizaciones intermedias elegidas y constituidas democráticamente. Esta
participación comunitaria debe encararse en términos de control político,
para superar lo reivindicativo y constituirse en el eje central de la
transformación socio-cultural y económica. Como profesionales y técnicos,
nuestras funciones deben ser de promoción, asesoría y supervisión de
las organizaciones, absteniéndonos de todo tipo de control social o ideológico,
respetando sus procesos de autonomía o de autogestión. Aquí también se
necesita la decisión política de invertir en el tercer sector ya que se
ha demostrado que por cada millón de dólares invertido en industria
pesada, se generan treinta empleos mientras que la misma cifra invertida
en el sector social, crea 350
puestos de trabajo.
c.
Nivel micro: incorporar la solidaridad en nuestra cotidianeidad, tratando
a compañeros de trabajo y a enfermos con la misma (o más) diligencia,
dignidad y respeto con que nos dirigimos a nuestros superiores. Generar
estrategias de oposición a las injusticias sociales desde los mismos
sectores marginados, sin copiar estructuras coercitivas de poder.
Se
trata de no enamorarse del poder resistiendo a sus mecanismos de seducción2. Como trabajadores de la salud se nos presenta una nueva
función, una función profética: esto es ser denunciantes de las
injusticias como primer paso al camino de la justicia. Durante años hemos
confortado a los afligidos y debemos seguir así, pero agregando la función
profética de afligir a los confortados.
6.
Propuesta a las facultades de medicina: en el curso de los últimos años
se produjeron acontecimientos que evidencian la existencia de una
creciente corriente de opinión, tanto en el cuerpo médico en general
como también en los centros de enseñanza terciaria, en el sentido del
reemplazo del modelo médico-biológico puro por el modelo integral,
bioantropológico, en base a la concepción somato-psico-social de los
procesos patológicos que afectan al ser humano. Implica reemplazar la
medicina reduccionista, puramente somaticista, tecnolátrica, por la
medicina de la persona, integral, con tecnología humanizada, es decir al
servicio del hombre enfermo. Creemos, por consiguiente, que es hora ya del
reemplazo total, con lo cual las facultades formarán médicos integrales
al servicio de la población, sin discriminaciones. Hace medio siglo, la
promocionaba E. Mira y López, diciendo “creemos que el próximo paso de
la ciencia médica será el de su ascenso al concepto de “eubiatría”,
o sea de la medicina integral al que, además de tener el doble enfoque
psicosomático y somato-psíquico (propiamente antropológico antro-podinámico),
tomará en cuenta la influencia genética (patología constitucional) y el
factor ecológico. Este último, en su doble modalidad económica y social
afecta no solamente a la comprensión de los fenómenos morbosos, sino a
su tratamiento de acuerdo con criterios colectivos de medicina social,
higiene pública y también propone una real organización del aspecto
“profesional”, donde habrá nuevos derechos y deberes, nuevas
estructuras y medios de actuación de los futuros “eubiatras”. Este es
el modelo médico que la población necesita y quiere”.
7.
Propuestas a las autoridades sanitarias nacionales y regionales:
este
modelo, que V. Weiszäker denominaba “medicina an-tropológica” es,
por su contenido, “una manera nueva de pensar y actuar en medicina”:
eso lo dijo a comienzos del siglo XX. A comienzos del XXI sostenemos que
es hora de nuestro modelo médico, lo que impone la necesidad perentoria
de un cambio fundamental en el ejercicio profesional. El cambio implica
reemplazar la medicina de negocio por la medicina de función social, de
la que el Estado no puede ni debe desprenderse.
La
vida tiene valor y el cuidado de la salud un costo que se debe reconocer
como obligación prioritaria del Estado, regido por un sistema
esencialmente democrático en su contenido político y sobre todo social.
Es
menester intensificar y acelerar las medidas tendientes al cambio que
propiciamos y que, a buen seguro, es la aspiración de todo el cuerpo médico
del país y una sentida necesidad de la comunidad toda. En sus dos esferas
debe producirse el cambio: prioritariamente en la medicina preventiva,
comunitaria, dando participación en ella a las organizaciones
comunitarias y en la esfera asistencial, partiendo del principio ético de
suprimir toda discriminación, en especial de orden económico. En la
medicina no existe, no debe existir, la diferenciación entre medicina
para pobres y medicina para ricos, un verdadero baldón para la sociedad.
Consideramos
un auténtico deber el que nos imponemos los médicos: mantenernos en la
brega para lograr que todos los habitantes de nuestro país tengan
asegurado el cuidado de la salud.
1 En el sentido de Bourdieu.
2 En el sentido de Foucault.
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