PROPUESTA DE LA SOCIEDAD ARGENTINA DE ANTROPOLOGIA MEDICA

DE LA EXCLUSION A LA INCLUSION

Este trabajo realizado por el Dr. Francisco Maglio, con la colaboración de los Dres. Eduardo del Caño, Héctor Figini y Alicia Losoviz, plantea un modelo alternativo y solidario de salud

Encuadre Ideológico

Hay dos posiciones claramente antagónicas: la salud como derecho humano personalísimo y la salud como mercancía en la economía de mercado. Para la primera, jurídicamente es un derecho positivo y en consecuencia una decisión política, en tanto el Estado interviene activa y sustantivamente para asegurar a toda la población no sólo la promoción y protección de la salud, sino el derecho a la atención de la enfermedad en forma igualitaria en cantidad y calidad, con independencia de la situación social, económica y cultural.

En cambio, para la segunda posición, la salud entra en el sistema de oferta y demanda. Es un derecho, en términos jurídicos negativos, esto es que el Estado simplemente tutela la promoción y protección de la salud, mientras que la atención de la enfermedad entra como mercancía en la economía de mercado. Quienes poseen los medios económicos entran en ella y los que no, serán provistos por la beneficencia pública o privada.

En esta posición, la salud de la población también es una decisión política pero enmarcada por las leyes del mercado. Conviene aquí recordar lo expresado por Kenneth Arrow, Premio Nobel de Economía en 1963: “La sola aplicación de las leyes de mercado hace a los enfermos más enfermos”.

En los últimos años se ha profundizado la brecha entre ricos y pobres como producto de un proyecto ideológico neoliberal que instrumenta la economía para perseguir fines políticos y sociales con concentración de saberes, riquezas y poderes en unos pocos comensales insaciables, con exclusión de los muchos espectadores hambrientos.

Resultante de este modelo es que el 80% del gasto mundial en salud se concentre tan solo en el 20% de la población, teniendo que arreglarse el 80% restante con el 20% de los recursos.

De tal manera que los así llamados “grupos de riesgo” para enfermarse son en realidad modelos de fragilización social y esta ideología imperante los convierte de víctimas en culpables de su situación.

Esta culpabilización de la víctima operando normalmente los estigmatiza con el mensaje, ya clásico, de que se “merecen” estar enfermos: por no trabajar, por no estudiar, por no cuidarse, en fin, por no estar “a la altura” de los sanos, son “candidatos” a enfermarse.

Propuestas desde la medicina antropológica

Adhiriendo a la primera de las posiciones, la medicina antropológica considera al enfermo como un ser somato-psico-social-cultural y la antropología médica crítica nos muestra el proceso salud-enfermedad-atención como un constructor social y a su vez su producto, analizando y mensurando lo histórico, lo ideológico, lo político, lo económico, lo social y lo cultural en la génesis de dicho proceso.

Nada es al azar –en palabras de Borges: “Todo encuentro casual es una cita”–, por lo tanto debe abordarse este proceso como la articulación entre construcciones sociales y médicas con relaciones hegemónicas, para problema-tizarlo de esta manera como un escenario político con desiguales relaciones de poder y un “campus”1 de disputa entre distintos actores sociales.

En este aspecto, toda decisión política necesita un encuadre ideológico para el reconocimiento crítico de la construcción social de la normatividad con sentidos morales de control y estigmatización. También requiere el mismo reconocimiento para las relaciones de poder que estructuran dicha construcción.

De tal manera, los así llamados derechos de los pacientes, son en realidad derechos humanos en tanto que los enfermos son primariamente personas y como tales, en el sentido kantiano, tienen dignidad y no precio, son sujetos y no objetos, son fines en sí mismos y no medios.

Articulando política y ética (Aristóteles decía: “La política es la arquitectónica de la ética”), la Medicina Antropológica propone las siguientes pautas para un programa de salud.

1. Universalidad: en tanto la salud es un derecho humano principalísimo, ninguna persona puede quedar excluida bajo ninguna circunstancia. No hay para esto excusas válidas, ni económicas, ni políticas; más en nuestro país que gasta en salud el 8% de su Producto Bruto Interno, alrededor de 20 mil millones de dólares, lo que aseguraría una cápita anual de 600 dólares por habitante y por año, de no ser por el sistema inequitativo y corrupto de distribución de recursos que impera. Costa Rica, con una inversión de quinientos dólares menos per cápita, tiene la mitad de mortalidad infantil. En la distribución de recursos debe citarse cualquier “focalización” que políticamente tienda a un clientelismo cautivo. Asistencialismo sin justicia es humillación.

2. Igualdad: no hay una salud de mínimos y una salud de máximos. Toda persona, independientemente de su condición social, económica y cultural tiene derecho a la mejor calidad de atención. La misma es siempre de máxima, no hay poca salud o mucha salud, hay salud o no hay salud. Muchas veces la atención primaria de la salud se convierte en una atención “primitiva” de la salud, con niveles mínimos insuficientes de atención, invocando escasez de recursos. Según el gasto que hemos mencionado para Argentina, cabe preguntarse: ¿escasez para quiénes? ¿para todos o para los desposeídos?

3. Equidad: siguiendo el segundo principio de la teoría de la justicia de John Rawls, la equidad en la distribución de los recursos debe ofrecer algo menos a los que de por sí tienen más para de esta forma poder dar más a los que de por sí tienen menos. Más aún, siguiendo el tercer principio de la teoría en cuestión, el de la diferencia, ésta es ética-mente aceptable si beneficia al más desposeído. No se trata de robar a los ricos para darles a los pobres como Robin Hood, pero tampoco como ocurre con Hood Robin, sacarle a los que menos tienen para darle a los que poseen más. Nuestro sistema fiscal,  estructuradamente regresivo es un ejemplo elocuente de esa inequidad distributiva.

4. Participación: la comunidad es nuestra auditora “natural” y como tal debe participar en todas las etapas de una política de salud, tanto en la planificación como en la ejecución y en la evaluación. Pero participar significa intervenir en la toma de decisiones, de no ser así es retornar a viejas propuestas materialistas y funcionalistas que no hacen más que cumplir funciones de control social, legitimación de la subalternidad y abaratamiento.

En las experiencias de Oregon, en USA, se demostró que cuando la gente decidía cómo distribuir los recursos en salud, no solamente estos alcanzaron sino que aumentó sustan-cialmente el grado de satisfacción de los propios usuarios.

5. Solidaridad: esta deberá implementarse en tres niveles:

a. Nivel macro: la solidaridad debe constituirse en una estrategia política para una redistribución equitativa del ingreso a fin de revertir la penosa e inmoral situación en nuestro país: en los últimos diez años se transfirieron 35 millones de dólares al 20% más rico y se sustrajeron 24 millones al 20% más pobre. Se necesita decisión política para revertir esta situación, por ejemplo implementar la Tasa de Tobin en las transacciones financieras sin fines productivos, volcando ese producto en educación y salud. Otro ejemplo: en nuestro país, los impuestos que gravan la producción y el consumo representan el 11% del Producto Bruto Interno, mientras que los que gravan la renta y la riqueza personal son el 2% del mismo. Revertir esta situación sería una estrategia política de la solidaridad, como también implementar un IVA discriminado con valores muy bajos o nulos a los consumos de primera necesidad y altos para objetivos suntuarios.

b. Nivel meso: promocionar y proteger las redes sociales con las organizaciones intermedias elegidas y constituidas democráticamente. Esta participación comunitaria debe encararse en términos de control político, para superar lo reivindicativo y constituirse en el eje central de la transformación socio-cultural y económica. Como profesionales y técnicos, nuestras funciones deben ser de promoción, asesoría y supervisión de las organizaciones, absteniéndonos de todo tipo de control social o ideológico, respetando sus procesos de autonomía o de autogestión. Aquí también se necesita la decisión política de invertir en el tercer sector ya que se ha demostrado que por cada millón de dólares invertido en industria pesada, se generan treinta empleos mientras que la misma cifra invertida en el sector social, crea  350 puestos de trabajo.

c. Nivel micro: incorporar la solidaridad en nuestra cotidianeidad, tratando a compañeros de trabajo y a enfermos con la misma (o más) diligencia, dignidad y respeto con que nos dirigimos a nuestros superiores. Generar estrategias de oposición a las injusticias sociales desde los mismos sectores marginados, sin copiar estructuras coercitivas de poder.

Se trata de no enamorarse del poder resistiendo a sus mecanismos de seducción2. Como trabajadores de la salud se nos presenta una nueva función, una función profética: esto es ser denunciantes de las injusticias como primer paso al camino de la justicia. Durante años hemos confortado a los afligidos y debemos seguir así, pero agregando la función profética de afligir a los confortados.

6. Propuesta a las facultades de medicina: en el curso de los últimos años se produjeron acontecimientos que evidencian la existencia de una creciente corriente de opinión, tanto en el cuerpo médico en general como también en los centros de enseñanza terciaria, en el sentido del reemplazo del modelo médico-biológico puro por el modelo integral, bioantropológico, en base a la concepción somato-psico-social de los procesos patológicos que afectan al ser humano. Implica reemplazar la medicina reduccionista, puramente somaticista, tecnolátrica, por la medicina de la persona, integral, con tecnología humanizada, es decir al servicio del hombre enfermo. Creemos, por consiguiente, que es hora ya del reemplazo total, con lo cual las facultades formarán médicos integrales al servicio de la población, sin discriminaciones. Hace medio siglo, la promocionaba E. Mira y López, diciendo “creemos que el próximo paso de la ciencia médica será el de su ascenso al concepto de “eubiatría”, o sea de la medicina integral al que, además de tener el doble enfoque psicosomático y somato-psíquico (propiamente antropológico antro-podinámico), tomará en cuenta la influencia genética (patología constitucional) y el factor ecológico. Este último, en su doble modalidad económica y social afecta no solamente a la comprensión de los fenómenos morbosos, sino a su tratamiento de acuerdo con criterios colectivos de medicina social, higiene pública y también propone una real organización del aspecto “profesional”, donde habrá nuevos derechos y deberes, nuevas estructuras y medios de actuación de los futuros “eubiatras”. Este es el modelo médico que la población necesita y quiere”.

7. Propuestas a las autoridades sanitarias nacionales y regionales: este modelo, que V. Weiszäker denominaba “medicina an-tropológica” es, por su contenido, “una manera nueva de pensar y actuar en medicina”: eso lo dijo a comienzos del siglo XX. A comienzos del XXI sostenemos que es hora de nuestro modelo médico, lo que impone la necesidad perentoria de un cambio fundamental en el ejercicio profesional. El cambio implica reemplazar la medicina de negocio por la medicina de función social, de la que el Estado no puede ni debe desprenderse.

La vida tiene valor y el cuidado de la salud un costo que se debe reconocer como obligación prioritaria del Estado, regido por un sistema esencialmente democrático en su contenido político y sobre todo social.

Es menester intensificar y acelerar las medidas tendientes al cambio que propiciamos y que, a buen seguro, es la aspiración de todo el cuerpo médico del país y una sentida necesidad de la comunidad toda. En sus dos esferas debe producirse el cambio: prioritariamente en la medicina preventiva, comunitaria, dando participación en ella a las organizaciones comunitarias y en la esfera asistencial, partiendo del principio ético de suprimir toda discriminación, en especial de orden económico. En la medicina no existe, no debe existir, la diferenciación entre medicina para pobres y medicina para ricos, un verdadero baldón para la sociedad.

Consideramos un auténtico deber el que nos imponemos los médicos: mantenernos en la brega para lograr que todos los habitantes de nuestro país tengan asegurado el cuidado de la salud.

1 En el sentido de Bourdieu.

2 En el sentido de Foucault.