LA POLEMICA DE SIEMPRE

MEDICAMENTO, ¿BIEN SOCIAL?


Las publicaciones periodísticas de los últimos 90 días referidas al medicamento, incluyen palabras que poco tienen que ver con un bien social y, por el contrario, mucho con una mercancía “normal”. Devaluación, desabastecimiento, precios, márgenes de ganancia, producción, importados, cámaras, canasta, demanda, facturación, insumos. Y sigue la lista. En este informe, números y opiniones que explican por qué, día a día, queda menos de aquel promocionado y pretendido bien social

A comienzos de la década del ‘90, la importación de productos farmacéuticos  no superaba el 12%; el resto se manufacturaba en el país aunque la droga básica fuera de origen extranjero. Hoy, el 43% de los medicamentos que se venden en Argentina es importado. Ya en 1999, según cifras del INDEC, la producción local había descendido un 57%. Pero hay un dato que resulta llamativo: si en 1990 las importaciones fueron por 42 millones, en 1999 treparon a 647 millones y desde entonces se mantienen en ese nivel.

Para colmo de males, la actual realidad económica: con el dólar, subieron los insumos; con el corralito, los laboratorios tienen problemas para girar dinero al exterior; como consecuencia de la crisis, disminuyó el dinero en los bolsillos y la cadena de comercialización se resintió. Gente con menos plata, farmacias con menos ingresos, menos pedidos a los laboratorios, menor entrada al país de materias primas. En suma, fuerte caída de la producción y peligro creciente de desabastecimiento. Un eufemismo para evitar decir peligro de muerte.

Las cifras demuestran que la dependencia del exterior es casi total. Argentina produce sólo el 1% de los principios activos que necesita la industria. No sorprendió demasiado el notable aumento experimentado por los remedios en las últimas semanas. El Dr. Antonio Somaini, referente indiscutido en la materia, recuerda: “En 1991, mediante el decreto 150, Cavallo autorizó a los laboratorios a fijar los precios sin ningún tipo de justificación; pero ya durante el gobierno de Onganía se había eliminado el control de precios. Sin dudas lo que necesitamos ahora imperiosamente es la reinstalación de plantas de síntesis química para la elaboración de materia prima; claro que para que ello suceda el Estado debería dar posibilidades crediticias e impositivas a quienes quieran instalarse aquí”.

No pocos funcionarios y representantes del sector consideraron, pocos días antes de establecerse la nueva paridad cambiaria, que la cadena de comercialización seguiría siendo rentable y que la industria farmacéutica no tendría por qué tocar los precios. Las cifras demuestran claramente lo contrario. Algunos pocos ejemplos sirven de muestra: un anticonvulsivo para el tratamiento de la epilepsia, en su presentación por 10 ampollas, costaba 158 pesos antes de la devaluación. Hoy vale 221. Un conocido antibiótico aumentó un 12%. Algunos ansiolíticos sufrieron subas del 9%. Y ciertos antiparkinsonianos aumentaron más de un 40%. La lista podría seguir, es cruel y es mucha.

El Dr. Marcelo Peretta, presidente de la Sección Farmacia del Colegio Oficial de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Capital Federal, entiende: “Los médicos ya no ganan igual que antes y los farmacéuticos no ganamos igual que antes; los laboratorios en este momento tienen que entender la necesidad de estar acordes a la situación”.

Una simple recorrida demuestra que existen laboratorios que tienen dificultades legítimas, pero también otros que especulan con los valores. Tienen stock pero no se arriesgan a venderlo porque ello significaría cobrarlo dentro de 90 días y que ese dinero, quizás, no alcance para reponer el producto.

Sin embargo, para un sector dependiente del exterior, la devaluación de la moneda no es la única dificultad. La deuda de las obras sociales con los laboratorios aumenta día a día. Sólo el PAMI debe 150 millones de pesos. Y las cartas de crédito o las letras que los laboratorios enviaban al exterior quedaron en el corralito.

La vuelta de los genéricos

La Organización Mundial de la Salud elaboró un listado de entre 250 y 300 medicamentos esenciales a los que considera suficientes para abastecer las necesidades terapéuticas de una población. El mero contraste con los 7.000 productos, que se presentan en 12.000 formas puestos a la venta en nuestro país, torna ocioso cualquier análisis. Hace pocos días el presidente Eduardo Duhalde firmó el decreto 486, de necesidad y urgencia, que declara en su artículo número 1 la emergencia sanitaria nacional hasta el 31 de diciembre.

La norma indica, entre otros puntos, la prescripción de medicamentos por su nombre genérico y habilita a los farmacéuticos a sustituir el medicamento recetado por otro con el mismo principio activo pero de menor precio. La normativa no es obligatoria sino meramente indicativa y resta comprobar qué sucederá con ella, teniendo en cuenta la puja de poderes y las enormes ganancias que involucra.

Sólo el 5% de lo que factura el sector proviene de la venta de genéricos, según datos de la Cámara Argentina de Productores de Medicamentos Genéricos (CAPGEN). Su titular, Fernando Brunstein, sostiene: “Cuesta insertar el genérico en una sociedad acostumbrada a comprar por publicidad. Los médicos deberían recetar genéricos. Estos medicamentos demostraron su eficacia durante más de cinco años. Los farmacéuticos deberían ejercer una función social con la posibilidad de sustituir medicamentos”.

A su turno, el Dr. Somaini explica: El decreto que autoriza a recetar genéricos es una buena medida. Se dice que el medicamento genérico es un medicamento de segunda; pero en sus países de origen (EE.UU., Israel, Francia) la mitad de los productos que se recetan son genéricos. Argentina es el único país del mundo donde el laboratorio hace un negocio sin ningún tipo de contralor y sin respetar las necesidades de los sectores más carenciados”.

El Colegio Oficial de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Capital Federal apoya el decreto 486, entendiendo que jerarquiza el rol del farmacéutico. “Hay que lograr que cuando la gente vaya a la farmacia –advierte el Dr. Peretta- pregunte por el farmacéutico; la ley autoriza solamente al profesional universitario farmacéutico a hacer la sustitución. El farmacéutico tiene que ser el que ayude a elegir el fármaco sustituto según la prescripción del médico. Si el paciente va a una farmacia y no está el farmacéutico, tendría que elegir otra”. De 1.800 farmacias que hay en Capital Federal, sólo 200 son propiedad de un farmacéutico.

Resta saber cómo reaccionarán médicos, farmacéuticos y pacientes. Y constatar si el ANMAT puede cumplir con el riguroso control de calidad que el sistema de genéricos demanda. El Dr. Marcelo Peretta cree: “El propio paciente está pidiendo genéricos. De hecho, muchos médicos ya lo hacen porque de nada sirve recetar un medicamento que el paciente no puede comprar; la vacuna contra la hepatitis B cuesta en el mercado entre 34 y 36 pesos; y no todos se vacunaban. Un laboratorio nacional sacó una vacuna para la misma enfermedad a 5,90 más 2 pesos por la aplicación. Mucha más gente se está vacunando”.

Al cierre de esta edición de Mundo Hospitalario, la famosa canasta de remedios aún no se había plasmado. Mientras continúan los abstractos debates entre defensores del libre mercado y pretendientes del inter-vencionismo estatal, los remedios están más caros, más inaccesibles y más mercancía que nunca.

Más lejos que nunca de ser un bien social.