Editorial

Por el Dr. Enrique Visillac

LA NECESIDAD DE UN REPLANTEO GLOBAL

 

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Para que la salud sea equitativa es necesario pensar en cambios globales, basados en una fuerte decisión política. Recién entonces Salud para todos será posible

La presente editorial es la última del año 1999, podríamos decir que es la póstuma del milenio. En realidad, si uno interpreta el advenimiento del próximo año con pragmatismo y una dosis adecuada de lógica, no pasa de ser simplemente el comienzo de un nuevo año. No obstante, hoy día en los ámbitos más dispares hablan de este paso de año como si realmente el cambio de siglo y milenio trajeran enormes expectativas, cargadas de profundos cambios que llenan de optimismo. Pareciera que el año 2000 por sí mismo abrirá un nuevo camino de esperanzas; en realidad, el camino del bienestar lo tiene que forjar el hombre independientemente de si se inicia o no un milenio.

Es comprensible que el hombre busque y se aferre a nuevas expectativas que produzcan mayor bienestar para el conjunto de la comunidad. El bienestar -que se producirá si se logra una mayor justicia social- debe descansar más que en el cambio de siglo/milenio, en las acciones de los gobernantes y en una fuerte decisión política.

Nosotros acabamos de transitar un año sumamente conflictivo para la institución. El motivo principal fue justamente la falta de decisión política del Gobierno de la Ciudad para darle el tratamiento adecuado al recurso humano en el área de salud. Es importante enfatizar sobre este último aspecto, ya que de las decisiones que tomen los poderes públicos se puede mensurar el grado de compromiso que tienen con la salud de la población. Los médicos municipales, ante la falta de respuesta a justos reclamos, dimos una muestra ejemplificadora de unidad y coherencia en la lucha, pese al permanente descrédito al que somos sometidas las entidades gremiales. Más allá de los resultados obtenidos, nuestra capacidad de movilización y unidad debe llenarnos de orgullo y además, fortalecernos como institución para enfrentar con fe el futuro, que de no producirse cambios sustanciales, se avizora con conflictos de magnitud. Por otra parte, es indudable que nuestro accionar gremial nos ha permitido fortalecer nuestra imagen institucional ante otras entidades similares, con problemas también similares.

Hoy día, más que en ninguna otra oportunidad, es necesaria la unidad del gremio médico. Este concepto creemos que está siendo comprendido por el conjunto de los médicos y sus instituciones representativas. Además de las luchas sectoriales, como la que hemos tenido que afrontar los médicos municipales, existen motivos de enorme gravitación para que implemen-temos estrategias y tomemos decisiones en conjunto. A pocos días del nuevo milenio los médicos nos sentimos agredidos en diversos frentes: todos ponen en serio riesgo el normal ejercicio y desarrollo de nuestra profesión.

Es indudable que estas agresiones demuestran la existencia de intereses que precisamente no tienen como meta optimizar la salud de la comunidad. El negocio de la salud requiere de profesionales desacreditados y decepcionados, para que una eventual privatización permita a empresas sin escrúpulos hacer sus pingües negocios. Hoy los médicos somos juzgados y condenados, no por jueces sino por ciertos grupos periodísticos que parecen haberse sumado a las campañas de las multinacionales. Son vergonzosos y además temerarios los artículos que inculpan a profesionales, difundiendo sus nombres, antes de dar comienzo a los correspondientes juicios.

Este angustiante presente lleno de agravios, al que le debemos sumar las precarias condiciones laborales que tornan cada vez más difícil llegar a un salario digno, sólo podrán ser revertido por los propios médicos. Para que este cambio sea una realidad es imprescindible la unidad monolítica de las instituciones médicas. Esta vocación de unidad debe surgir de la comprensión cabal de la problemática del médico, y esa comprensión debe ser el motor que permita dejar de lado las diferencias pequeñas o circunstanciales, para unirnos tras los grandes problemas que hoy aquejan a los profesionales en su conjunto. La unidad es quizás el gran desafío para el próximo año, o si ustedes lo prefieren para el siglo o el milenio que se aproxima. Lo importante, más allá de las especulaciones temporales, es tomar la determinación, que entiendo ya hemos iniciado un grupo importante de entidades.

Aunar esfuerzos para que en el año que se avecina los médicos tomemos con una inquebrantable fortaleza la ardua tarea de recuperar el protagonismo. Es lo prioritario. A partir de esta determinación vamos a constituirnos en importantes actores en la toma de decisiones, que sobre el trabajo médico y sobre la salud se implementen. Un fracaso nos conducirá irremisiblemente a la creciente pauperización y descrédito de la gravitación del gremio médico en los temas esenciales que hacen a la salud. Entendemos que a la altura actual de los acontecimientos no podemos permitirnos un nuevo fracaso, aunque sea para estar en concordancia con las expectativas que crea la llegada de un nuevo siglo.

Sin pretender ingresar en el camino de las suposiciones; tenemos derecho a creer que los métodos utilizados durante gran parte del siglo que hoy nos deja, no han podido evitar que hoy existan sustanciales diferencias en el acceso al cuidado de la salud, es decir, persiste incólume la inequidad.

Es muy probable que haya llegado el momento de un replanteo global, que tenga como único objetivo la salud de la gente: para que sea posible se requiere un tratamiento diferente al que hoy recibe. Me surge como reflexión, con la única intención de que pueda ser de utilidad para los médicos y los funcionarios, relatar ciertas muletillas que se escuchan y que generalmente son aceptadas y aun valoradas como hechos positivos. Los funcionarios anuncian que el de este año, por ejemplo, es el presupuesto más alto en salud de los últimos años. En realidad, uno debería decir que es el presupuesto menos insuficiente de los últimos años. Con esta afirmación intentamos advertir lo trascendente que se torna en salud hablar con absoluta claridad, es decir, despolitizar el discurso. Esta premisa es indispensable si los gobiernos pretenden que la política de salud sea una política de Estado.