| Editorial
Por el Dr. Enrique Visillac
EL REALISMO MAGICO DE LOS GOBIERNOS |
|
Se
pretende mostrar una realidad que se desasemeja de la cruda verdad. Los
profesionales de la salud sabemos que el sistema está en crisis, pero
también creemos que es posible una salida alternativa que recupere los
principios de la salud pública Es
difícil transcribir la realidad, no por que
sea incomprensible sino porque con frecuencia se asemeja a la ficción. Si
quisiéramos definirla en términos literarios es, en la Argentina, una
suerte de realismo mágico, un género consagrado por muchos
autores latinoamericanos. Y esto no es casual ya que toda la realidad de
Latinoamérica, con diferencias sutiles, es una entelequia si la cotejamos
con los discursos que tratan de mostrárnosla muy lejos de la cruda
verdad. Pero los que viven inmersos en ella soportan con estoicismo la
transfiguración a la que son sometidas sus privaciones, en ese afán
voluntarista de querer observar la realidad desemejante a lo que es. Cuando
los pueblos agotados de soportar situaciones que denotan la realidad
objetiva y no la fantástica producen una reacción lógica, se inicia una
serie de elucubraciones que se sitúan a mucha distancia del sentido
preciso de las mismas. Es en este momento en donde una preocupación
lacerante nos hace sentir que las autoridades han perdido la capacidad de
aceptar que las realidades, sólo se aprenden cuando se decide
escuchar a los que conviven cotidianamente con la miseria, llena de
privaciones y desesperanza. Los
profesionales de la salud también padecemos las consecuencias de ese
realismo mágico. Muchos funcionarios hablan de los hospitales públicos
como si no existieran los problemas ni las crisis, como si el hospital no
estuviera desbordado por una demanda que a veces no se puede satisfacer. Y
actúan como si el recurso humano fuera suficiente, como si los
nombramientos que se demoran en el tiempo, a pesar de los reclamos de
nuestra entidad y de cada una de nuestras filiales, pudieran esperar. Lo
cierto es que los nombramientos de médicos, enfermeras, administrativos y
demás profesionales y trabajadores de la salud son indispensables
para poder garantizar atención adecuada; no cualquier atención, ni una
atención a destiempo, ni una atención luego de esperas muy largas. Los
profesionales de la salud necesitamos ejercer la medicina con la
tranquilidad de saber que podemos garantizar atención adecuada a una
población que, cada día, necesita más del hospital público y del
Estado para cuidar su salud y la de sus hijos. El
año que termina ha sido un año muy difícil, un año de recortes
salariales, ajustes, conflictos sociales; un año para los médicos
municipales sin nombramientos. Y no contar con el recurso humano
suficiente genera múltiples conflictos (mas allá de los que afectan el
ejercicio de nuestra profesión) para la gente que viene al
hospital a buscar soluciones y respuestas. El Estado debería estar del
otro lado para asumir su rol, el único posible: proteger a los ciudadanos
y garantizarles salud. Y otra vez surge el realismo mágico como el género
literario favorito de los funcionarios: pretenden mostrar una realidad
sanitaria en franca mejoría. Los que trabajamos en el sector de la salud,
y sobre todo quienes cada día asistimos a un hospital público, sabemos
que no es así. El
sistema sanitario atraviesa una dura crisis, todos conocemos y padecemos
sus consecuencias. Sin embargo, y a pesar de esto, también sabemos que es
posible emprender otro camino, que es posible un paradigma alternativo de
desarrollo. Conviven entre nosotros discursos fatalistas que nos dicen:
“no hay otro modelo”. Nosotros creemos que sí. Aun en las crisis económicas,
es posible (y hay ejemplos de países que lo demuestran) otra
salida. Pero las autoridades se empeñan en difundir un mensaje fatalista. El
realismo mágico y el discurso fatalista son una cruza perfecta para
justificar lo que moral y humanamente no puede justificarse. Por un
lado, se pretende mostrar una realidad distorsionada, de fantasía, de
cuento, y paralelamente se acompaña ese discurso de otro fatalista que
dice que si cambiamos de camino, si cruzamos una vereda o damos vuelta la
esquina, perderemos el rumbo o nos estrellaremos contra las peores
consecuencias, y esa realidad que, como dicen, “con esfuerzo y
sacrificio nos lleva a un mundo mejor”, se desmoronará. Por
lo menos podemos hacer dos objeciones: la primera es que el sacrifico y el
esfuerzo lo hacen siempre los mismos: los que menos tienen y por ende los
que más necesitan. La segunda es que no hay pruebas, más que las
palabras de las autoridades, de que el modelo que proponen sea mejor que
el que quedó atrás o que otro nuevo y alternativo al actual. Los
profesionales de la salud sabemos que el hospital público debe
transformarse. No lo dudamos ni lo objetamos, pero creemos que el sentido
de los cambios actuales nos aleja del hospital solidario, abierto,
gratuito y de excelencia. Sin nombramientos del personal de salud y sin
políticas claras que garanticen accesibilidad y gratuidad de la atención,
no arribaremos a un modelo de hospital como el que defendemos quienes
trabajamos en ellos: un hospital que asegure calidad y oportunidad de la
atención para todos, independientemente, y parafraseando a muchas
declaraciones y leyes, de cualquier raza, religión, sexo… y
capacidad de pago. El
2000 nos encontró “sin salud para todos”. Esa meta, que ya escapa del
realismo mágico para parecer casi de ciencia ficción, no debe ser
abandonada. Sabemos que es difícil, que hay que desandar mucho camino y
recorrer nuevas rutas. Sabemos que sigue siendo nuestro objetivo. No
sabemos cuándo lo alcanzaremos. Pero no importa, esa meta de “salud
para todos” guía cada día de nuestro trabajo en el hospital, acompaña
cada una de nuestras luchas gremiales. Tenerla por delante de nuestras
acciones nos permite no apartarnos de nuestros ideales. Sabemos que está
lejos pero también creemos que si la abandonamos, si nos olvidamos que todos
los hombres tienen derecho a la atención de la salud podemos caer en
el realismo mágico: creer que todos la tienen, o peor, caer en el
fatalismo y aceptar que no todos podrán tenerla. El 2001 nos encuentra con muchos desafíos y con muchos problemas que no se han solucionado. Pero también nos encuentra, y eso es lo positivo, dispuestos a seguir trabajando para defender nuestra profesión y su objetivo principal, la salud de la población. |