| Editorial Por el Dr. Enrique Visillac Los ataques a la Profesión |
| De la mano del ajuste en salud, una serie de medidas,
sumadas a las precarizadas condiciones laborales, ponen al médico al límite de su
capacidad de trabajo, y a las instituciones ante el desafío de recuperar en plenitud la
dignidad de la profesiónEl valor trascendental que tiene la salud para el hombre es
un tema que desde hace siglos no se discute. Sin embargo, en la actualidad han entrado en
el campo de la polémica algunos conceptos como la equidad y la accesibilidad, así como
la importancia de estos principios para alcanzar a constituir una sociedad más justa.
Desde la óptica de los que piensan que la salud es lo que le permite al hombre alcanzar
en su plenitud los otros derechos humanos fundamentales, esta discusión se torna ociosa
y además peligrosa. Esta polémica debería haber llegado a su fin, si se hubiese
cumplido el postulado Salud para todos en el año 2000, tal cual fue recomendado en
las conclusiones de la reunión de Alma Ata, hace más de 20 años.
Con pena asistimos hoy, en muchos países de la tierra, a un repliegue alarmante en las políticas de salud, que por imperio de lo recomendado por los organismos internacionales, supeditan la salud de sus pueblos a los designios económicos que esas instituciones imponen. En este contexto de retirada del Estado en materia de salud, casi parece lógico que ocurran ciertos acontecimientos que de otra manera serían muy arduos de explicar. El recurso humano en el área de salud es un recurso altamente capacitado, que insume muchos años en su preparación. Los profesionales realizan un permanente esfuerzo para permanecer actualizados y por ende, con sus capacidades intactas para cumplir su irremplazable misión. El médico es quien, sin duda, lidera el equipo de salud y sus responsabilidades son, por lo tanto, mayores que las de cualquier otro integrante. Sin embargo, los profesionales reciben un trato desidioso que crece sin que se vislumbre el fin, y que coincide con la negligencia con que es tratada la salud. No podía ser de otra forma para la lógica de quienes entienden a la salud como un problema de encuestas, en donde muchas veces no se le da la trascendencia que merece, por no ocupar el primer lugar de las preo-cupaciones del pueblo. Estas acciones traen estupor a los médicos, aunque en realidad ese estupor debería sentirlo con mucha más fuerza la población en general, que lenta pero indefectiblemente, se está quedando sin el "protector de su salud". El médico, por el efecto mismo del ejercicio de su profesión, está sujeto a sufrir un mayor desgaste psicofísico, que da origen al síndrome del Bornout. Sin pretender describirlo en esta editorial, podemos decir que entre la multiplicidad de síntomas que produce, se destaca la perdida del interés y la capacidad del médico para el ejercicio de su profesión, y fundamentalmente la toma de distancia de los problemas que generan su angustia. Por estos motivos, creemos que si no se encara seriamente la problemática de las condiciones laborales en que se desempeñan los profesionales de la salud, el futuro que se avizora es poco alentador para los médicos y la población en general. Si a lo mencionado precedentemente le incorporamos nuevos factores estresantes, es muy probable que en un tiempo -de una brevedad que alarma- estemos rodeados de colegas que han abandonado la profesión en la plenitud de sus capacidades. Parece que quienes conducen los distintos estamentos del poder, ignoran las consecuencias que sus determinaciones pueden generar al conjunto de la sociedad. El Gobierno de la Ciudad, que tiene la responsabilidad de administrar el sistema de salud más importante del país, envió al Legislativo un proyecto de Ley de Empleo Público que atenta en forma impiadosa contra los principios que hacen a la carrera de los profesionales. Fue necesaria una decidida acción gremial para que el proyecto fuese modificado. Lo significativo de esta conducta del Ejecutivo porteño es, precisamente, no detenerse a reflexionar sobre las nefastas consecuencias que la precarización laboral puede tener sobre el rendimiento de los que tienen que cuidar la salud del prójimo, al someterlos a la angustia que crea la inestabilidad en el cargo. Como segundo ejemplo de la despreocupación por lo que ocurra con el sistema de salud y su recurso humano, podemos citar en esta oportunidad al Legislativo Nacional. Ante los reiterados y lamentables accidentes de tránsito que han ocurrido recientemente, por evidente negligencia de los conductores y que han tenido una lógica repercusión popular, los legisladores han propiciado el endurecimiento de las penas por dichos delitos. Como consecuencia de la reforma que abarca los artículos 84 y 94 del Código Penal, se incrementa la pena por homicidio culposo de 3 a 5 años. Los médicos quedamos involucrados en estas modificaciones, vale decir que somos medidos por la misma vara que aquellos que, en estado de ebriedad y a alta velocidad, violan semáforos en rojo. Las consecuencias que sobre el ejercicio de la actividad médica va a tener la aplicación de las reformas mencionadas no son mensurables. Como manifestábamos en párrafos anteriores, sólo el desconocimiento o desinterés por lo que le pueda ocurrir a la salud de los habitantes puede dar origen a una ley de las características enunciadas. Es inimaginable que un médico pueda ejercer con eficacia su notable rol en la sociedad si ejerce la profesión bajo la presión de un justificado temor. El enorme riesgo que significa asumir permanentemente decisiones ante el dolor ajeno, y más cuando esas decisiones son tomadas sobre la base de una ciencia inexacta, requieren de un médico que se sienta protegido por una legislación que sepa diferenciar nítidamente el riesgo propio del ejercicio de la profesión, de la carrera alocada de un irresponsable que pone en riesgo la vida de sus semejantes por correr picadas. A las situaciones planteadas sobre las condiciones en que hoy nos desempeñamos, debemos agregar otra serie de inconvenientes de índole laboral que ponen al médico al límite de su capacidad. Hoy, el gran desafío de las instituciones representativas de los médicos es tratar de revertir la dramática situación. Las instituciones no debemos dejar solos a nuestros afiliados. Nuestra obligación es defenderlos y juntos recuperar la dignidad del trabajo médico, bastardeado por normas y leyes que sólo pretenden ser una herramienta del ajuste económico en salud, o buscar réditos de orden político sin detenerse a meditar en el daño que se ocasiona a la salud de la población. |