Editorial

Por el Dr. Jorge Gilardi


Desarrollo humano y salud: una inversión postergada


Con la mundialización del comercio y de la economía, todos los habitantes del planeta han percibido un aumento del riesgo y la incertidumbre.

La globalización, predicada como panacea por el fundamentalismo economicista, hoy refleja la cara más desagradable del sistema económico mundial. Se han globalizado los bienes, los servicios y la comunicación entre los pueblos, pero también la enfermedad, el desempleo y la pobreza. 

El saldo que ha dejado este proceso ha sido una brecha creciente entre los países ricos y los países descriptos como “en desarrollo”, si nos atenemos a los indicadores sociales más sensibles para medir el desarrollo humano: nivel de educación, mortalidad infantil, distribución de la riqueza entre los distintos grupos sociales, PBI, esperanza de vida.

En ningún área se expresa más claramente este contraste como en la salud. Y ello por una ecuación muy simple: a más pobreza e iniquidad social, peor salud; y a más riqueza y equidad social, mejor salud.

Nuestro país exhibe niveles cada vez más alarmantes de desigualdad. De acuerdo a datos volcados recientemente, la brecha entre el 10% más rico y el 10% más pobre es de 195 puntos, cifra que debe representar una alarma para el mantenimiento de los mínimos niveles de integración social; pues de no obrarse en contrario, la tendencia seguiría profundizándose en el transcurso de los años venideros. 

En la provincia de Tucumán, situada en una de las regiones más postergadas del país, la tasa de mortalidad infantil asciende a 24,5 por mil, desproporcionadamente alta si la comparamos con la tasa promedio de la Ciudad de Buenos Aires, de 9,6 por mil. Pero aun si nos atenemos a los datos de esta última, podemos analizar la gran disparidad existente: en la circunscripción 16, correspondiente al barrio de Belgrano, la tasa promedio alcanzó en 2000 un índice de 4,6 por 1.000, mientras que en la circunscripción 23 correspondiente al barrio de Soldati y Lugano, alcanzó valores del 19,5 por 1.000.

El recrudecimiento de patologías emergentes tales como el sida o los trastornos crónico-degenerativos y el súbito crecimiento de patologías reemergentes como el Chagas o la tuberculosis, expresan una misma situación de riesgo generalizado, no suficientemente recogida por los medios de prensa, más atentos a los hechos dis-ruptivos que sobrevienen como amenaza para la vida cotidiana de la sociedad.

Pero el problema que ha golpeado recientemente el corazón de los argentinos ha sido el hambre y la desnutrición infantil, quizás porque gran parte de la población ha adoptado la creencia de que vivía en un medio natural de ilimitada abundancia.

La opinión pública ha debatido en los últimos días la secuela que deja  la desnutrición crónica sobre los indicadores antro-pométricos vinculados con el peso y con la talla, al ponerse en evidencia el problema de los “petisos sociales”.

La cifra reconocida oficialmente de 125 “petisos sociales” en la propia Ciudad de Buenos Aires resulta inadmisible para la Ciudad más rica del país, y con un 98% de  partos institucionales.

Todo ello cuestiona el rol del Estado en una sociedad que debe garantizar, mediante políticas activas, acceso a los bienes públicos y garantía de que las inevitables diferencias entre los individuos no amenacen los niveles mínimos de integración social.

Esas políticas deben articular los esfuerzos que se llevan adelante para mejorar el nivel de educación general, pues esta representa la llave más potente para transitar el puente que separa la pobreza del progreso armónico de la sociedad.

En definitiva, la protección que se ofrece a los grupos más vulnerables (los niños, las mujeres embarazadas, los ancianos) describe más cabalmente el capital humano de una sociedad que aquellos indi-cadores económicos que sólo reflejan su nivel de prosperidad material.

Debemos aceptar la existencia de los “petisos genéticos”, porque reflejan la rica diversidad de nuestra especie, que nos ha permitido sobrevivir en el largo camino de la evolución biológica.

Pero aspiramos a que sean obra de la naturaleza, no de la sociedad.

En suma, que los “petisos sociales” no se vuelvan naturales para nuestra responsabilidad ciudadana; sino que sean el impulso para que el desarrollo de lo humano sea la condición misma que haga posible y deseable nuestra vida en comunidad.¨