| Editorial
Por el Dr. Jorge
Gilardi
HAMBRE Y DESNUTRICION EN LA ARGENTINA |
|
|
El hambre, esa pesadilla
milenaria, ha sembrado el espanto en
Argentina. Cada
nuevo día asoma un caso de desnutrición infantil seguido de muerte que,
profu-samente registrado en los medios masivos de comunicación, hace que
nos interroguemos acerca de los recursos asignados a la ayuda social y
acerca del manejo que se hace de ellos. En
un país que se ha hecho célebre por su fecundidad, que alberga cosechas
récord y se erige en proveedor mundial de soja, trigo o carne, surge el
indicador social que refleja con más crudeza el deterioro económico y la
inicua distribución del ingreso entre su población. Cuando
en todo el mundo hay consenso en torno a la importancia que tiene
resguardar y promover el capital humano, asistimos al agravamiento de los
indicadores vinculados con la salud materno infantil, cuyas consecuencias
devastadoras se plantean a corto, mediano y largo plazo. Es
en torno a este indicador que se hacen más ostensibles las brechas entre
los países desarrollados y aquellos eufemísticamente calificados como
“en desarrollo”. Según datos consignados recientemente por expertos
de la Oficina Panamericana de la Salud, mientras que en los primeros sólo
el 6,9% de los niños presenta retardos en el crecimiento intrauterino, en
América Latina el índice se duplica, alcanzando valores que abarcan al
15% de la población. Asimismo,
si se observa la tendencia planteada en las últimas cinco décadas en
torno a los índices de mortalidad infantil, observamos cómo países de
la región (por ejemplo, Chile, Uruguay o Costa Rica), que en los años 50
presentaban una situación más desfavorable que Argentina, han
experimentado logros que demuestran mejores niveles de integración
social, así como la capacidad para asistir con eficiencia a los grupos más
vulnerables. Estos
resultados reflejan cómo al volcar una mayor inversión a las áreas de
salud y educación se alcanzan progresos significativos en los indicadores
del nivel de desarrollo humano de la población. De
acuerdo a estimaciones oficiales y de las principales organizaciones que
han publicado estudios sobre el tema, si se observa la desnutrición aguda
y crónica entre los menores de cinco años, llega a valores cercanos al
20% del total de población. Los
datos apuntados nos muestran que el problema afecta fundamentalmente a las
regiones más pobres de nuestro país, donde los niveles de pobreza e
indigencia han crecido en los últimos años, aunque también se observa
en las regiones más prósperas como la Ciudad de Buenos Aires. Para
frenar la calamidad del hambre, es impostergable ensayar respuestas que
impliquen la unificación de los fondos destinados a la ayuda social,
depurar los padrones de beneficiarios y extremar las medidas que eviten el
desvío de fondos hacia fines muy distintos a los previstos. El Estado
nacional debe conservar un papel rector entre las provincias,
redistribuyendo los recursos con el objetivo de garantizar la seguridad
ali-mentaria mínima, pero articulando su respuesta con los niveles
locales, que son los más apropiados para garantizar la llegada del
recurso a los beneficiarios últimos de la ayuda social.
En el caso particular de la Ciudad de Buenos Aires, conformar un área
metropolitana que integre los barrios más críticos con aquellos que,
pertenecientes al conur-bano bonaerense, presentan necesidades similares. También es urgente promover y
canalizar la respuesta que la propia sociedad ha alcanzado mediante la
articulación de sus organizaciones no gubernamentales, responsables del
50% de la asistencia alimentaria a través de miles de comedores, jardines
y sociedades filantrópicas destinadas a mitigar los efectos de la exclusión
social. Estas organizaciones son además fundamentales en la tarea de
velar por el cumplimiento estricto de las actividades desarrolladas por el
Estado para asegurar la asistencia, ya que la sociedad no tolera más el
enriquecimiento de los individuos a costa de resignar el volumen y calidad
de la ayuda social. Aclaremos
que en este contexto, la acción aislada de los servicios de salud será
como tratar los efectos de la inundación con un balde, ya que apenas se
actúa sobre el caso crítico, ya es necesario actuar como soco-rristas
para atender el siguiente, a menudo en condiciones que demandan mayor
urgencia y complejidad en la intervención. Entonces ¿qué nuevos desafíos
afrontan los profesionales y los que deciden en salud? ·
Alertar y sensibilizar a las autoridades políticas y a la sociedad en su
conjunto sobre los efectos que la inseguridad alimentaria produce sobre la
salud materno infantil; al problema de las patologías asociadas con la
desnutrición, debe añadirse el retardo del crecimiento intrauterino como
uno de los emergentes más preocupantes que deben enfrentar actualmente
los servicios hospitalarios. Superada la fase aguda, con impacto directo
sobre los índices de morbimortalidad, subsiste la desnutrición crónica,
cuyos efectos en el plano de las capacidades psicofísicas y cognitivas
atraviesan a menudo todas las fases del ciclo vital. Las evidencias médicas,
entonces, adquieren el fundamento necesario para volcar el tratamiento de
la cuestión a la agenda permanente de la opinión pública y a presionar
en busca de su resolución. ·
Coordinar la asistencia con otras áreas de gobierno cuya acción tiene un
efecto indudable sobre la mejoría de la salud, pero también para avanzar
sobre la prevención y mitigación de los principales riesgos sociales. ·
Promover en servicios y profesionales una mirada que permita aproximarse a
la raíz que origina y multiplica el problema de la desnutrición
infantil. Algunas sociedades médicas ya se han puesto a la vanguardia de
esta cruzada social contra el hambre, y se ha movilizado el entusiasmo en
otras instituciones claves de la sociedad. No hay vacunas ni controles
sanitarios que hagan posible cercar de manera definitiva la amenaza del
hambre, con la que todavía convive una porción enorme de la humanidad.
Pero sus índices están aumentando a paso demasiado ligero en un país
que creyó tener durante muchos años el salvoconducto de sus ingentes
riquezas naturales. Hambre y
desnutrición en la Argentina: parece inconcebible, pero es cierto. La sociedad está despertando
del asombro, en busca de la energía y los valores que permitan encarar
esta masiva cruzada, porque terminar con la desnutrición infantil debe ser la prioridad nacional. Allí donde reina la
necesidad más extrema, brota también el valor de justicia y el gesto más
humano de la solidaridad. Esta es la raíz que debe nutrir, cada nuevo día,
la obstinada esperanza de los argentinos.
¨ |