| Editorial
Por el Dr. Jorge
Gilardi
SALUD MENTAL: UNA RESPUESTA EN EMERGENCIA |
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Aunque
resulte extraño, la declaración de emergencia sanitaria omite toda mención a los problemas de
salud mental que afectan a nuestra población. Registramos diagnósticos
precisos acerca de cómo ha caído el empleo, ha disminuido la cobertura o
se ha dificultado el acceso a los medicamentos, pero nos olvidamos de lo
fundamental: cómo todo ello impacta sobre el bienestar y calidad de
vida de la gente. Como si la elaboración de estadísticas más
refinadas sobre la situación actual nos excusara de reconocer que, detrás
de cada dígito o porcentaje, se esconden millones de personas reales que
claman con su padecimiento por una solución a los principales conflictos
que hoy atraviesa nuestra sociedad. Repasemos
algunos indicadores que nos alertan sobre la magnitud de este fenómeno. A
pesar de la caída generalizada del poder adquisitivo, los hábitos de
consumo que significan un riesgo para la salud no cesan de incrementarse.
La prevalencia del tabaquismo se sitúa cerca del 40% de la población
activa, pero afectando esto a edades más tempranas ya que el promedio de
iniciación al consumo se ubica entre los 13 y 14 años de edad. Ocurre
algo similar en torno al abuso de alcohol y drogas, cuyos efectos se
presentan con mayor intensidad en la franja de los más jóvenes, lo que
constituye un síntoma de desesperanza ante la imposibilidad de construir
un proyecto de vida en la sociedad que los ampara. Otro tanto podría
decirse en relación con la mayor incidencia de trastornos como la
anorexia y la bulimia, apoyados en una tendencia poblacional a la distorsión
de los hábitos de consumo alimentario, aun de aquellos con probado efecto
protector sobre la salud. La
soledad y el aislamiento en que transcurre la vida de muchos adultos y
ancianos explican, al menos en parte, el recrudecimiento de la depresión,
añadiéndose a ello una mayor incidencia de síndromes tales como
trastornos de ansiedad o las distintas formas de la demencia que
caracterizan a los grupos de edad más avanzados de la población. Este
cuadro se completa con los efectos que suceden a la agudización de la
crisis, hecho que desnuda las falencias de los sistemas tradicionales de
protección social. Ejemplo de ello son el maltrato familiar, las
consecuencias emocionales de la desocupación, la deprivación cultural en
los niños, la maternidad adolescente, la deserción escolar, entre otras
situaciones que derivan en un deterioro de los recursos psicoso-ciales de
las personas y de la sociedad en su conjunto, y que realimentan la exclusión
social. Tales factores tienen consecuencias en el plano de la salud
general ya que las condiciones de estrés modulan, a través del sistema
inmune, el estado de mayor o menor vulnerabilidad biológica ante los
factores de riesgo asociados con la enfermedad. Tales
hechos se enmarcan en un contexto de escasez en el que sobresale el
crecimiento de la demanda: más pacientes acuden a los servicios
especializados y más complejo resulta el cuadro clínico que presentan
para su tratamiento, desbordando ello los recursos y la capacidad de
respuesta de las instituciones asistenciales. Esta
situación social e institucional, y episodios como los sucedidos en el
hospital Moyano y en el Borda estarían planteando la necesidad de
reasignar las prioridades y repensar los recursos previstos para el área
de salud mental. Para
hacerlo posible es necesario una firme decisión en los lineamientos en
salud complementada con medidas como: 1.-
Sostener una dotación de personal calificado para enfrentar este desafío,
lo cual implica habilitar cupos y actualizar nombramiento para cubrir las
áreas más críticas, principalmente aquellas que implican el contacto
directo con los pacientes atendidos. 2.-
Promover una política de capacitación, crecimiento profesional y
concursos que permita retener al personal crítico, evitando que la
migración en busca de mejores oportunidades laborales deje un área de
vacancia imposible de cubrir. 3.-
Brindar un marco adecuado de contención institucional, en un campo de
trabajo en el que se entrecruzan con frecuencia los aspectos sociales,
legales y científicos del accionar profesional, y que plantean con
frecuencia dilemas éticos de difícil resolución. La
salud mental no es un hecho aislado ni superficial: representa el sentido
último de los esfuerzos que desarrollan articuladamente las instituciones
que conforman el sector sanitario, las que apuntan, en definitiva, a
mejorar la calidad de vida de nuestra población. Resulta
destacable cómo se ha difundido entre los profesionales de salud mental,
y en la opinión pública en general, el concepto de resiliencia,
que describe la capacidad de las personas para afrontar y sobreponerse a
situaciones de adversidad. Si algo ha quedado demostrado a través de los
hechos recientes es que, conjuntamente con las dificultades vividas como
sociedad, los individuos demuestran a un tiempo la aptitud para responder
proactivamen-te a los desafíos que plantea una de las crisis más
profundas de que se tenga memoria. Sin duda, este debe ser el norte que guíe nuestra tarea como profesionales de la salud y, en esta circunstancia de crisis en la que coexiste el peligro y la oportunidad, sostener la fortaleza para afrontar la adversidad, así como para renovar la esperanza y el compromiso en todo proceso de reconstrucción futura. ¨ |