Editorial

Por el Dr. Enrique Visillac

A PROPOSITO DE LAS DECLARACIONES DE UN COLEGA

ENTRE LA IRRESPONSABILIDAD Y EL DESCONOCIMIENTO

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Quienes cuentan con prestigio entre sus colegas tienen la primordial función de trasmitir información con responsabilidad. Eso implica no hacer afirmaciones alarmistas y falaces

Los medios de comunicación, durante las últimas décadas, han adquirido gran relevancia por su enorme capacidad de llegada a la sociedad. Precisamente, debido a esta importancia se los ha utilizado para informar adecuadamente a la comunidad o para desinformar. Muchas veces, la desinformación es producto de la falta de conocimiento; sin embargo ocurre con indeseable frecuencia, que se persiguen otras finalidades: obtener beneficios personales, o simplemente apuntar a que la información adulterada sea útil para imponer regímenes, que atentan contra los intereses de la sociedad. Los intereses espurios de algunos medios y algunos “reconocidos” comunicadores o personajes sociales, son moneda corriente.

La desinformación, en cualquiera de sus formas, atenta contra el antiguo derecho que tiene la población de conocer fidedignamente lo que acontece en su país. Por lo tanto, la veracidad debe ser el elemento fundamental del comunicador profesional u ocasional. De no ser así, informar sin responsabilidad se constituye en un obstáculo para las decisiones que suele tomar la población, a veces basadas en los datos que se le brinda.

De lo antedicho, se infiere que quien tiene la primordial función de transmitir información debe ser, antes que nada, responsable de sus dichos.

Si bien la información responsable es siempre fundamental, existen ciertas áreas en las que los errores, sean por ignorancia o por otros motivos, producen un daño difícil de reparar. En los sectores más sensibles, menoscabar injustificadamente la imagen de quienes allí trabajan produce un deterioro que atenta no sólo contra los trabajadores, sino, especialmente, contra aquellos que necesitan de esas áreas. El sector salud es incuestionablemente uno de los más sensibles, y por lo tanto, se acrecienta el grado de responsabilidad de quienes informan. Una noticia errónea en el ámbito de la salud puede tener consecuencias de difícil evaluación.

A lo que hemos mencionado, debemos agregar otro factor que, a nuestro entender, tiene gran relevancia a la hora de valorar los daños ocasionados por la desinformación: el prestigio del informador, que por ese motivo se torna más creíble. Como es obvio, mientras mayor es el prestigio del que informa o hace declaraciones a la prensa, mayor es el grado de responsabilidad que uno debe exigirle.

Es por este motivo que las declaraciones de los que teóricamente conocen el sistema de salud, adquieren gran relevancia para la población en general, e incluso para los profesionales de la salud.

Hace pocos días tuvimos la oportunidad de leer un reportaje a un prestigioso médico, que ha ocupado cargos de jerarquía en el sistema de salud y la docencia. Se trata del Dr. Hugo Arce, que presidió el reciente Congreso Internacional de Calidad en Salud. En sus declaraciones culpa a los médicos del sufrimiento que significan para los pacientes las prolongadas esperas para ser atendidos, y a las intempestivas horas en las que deben concurrir a los hospitales para sacar turnos. Hacer esta afirmación significa culpar de la severa crisis, por la que atraviesa el sector salud, a quienes permiten con su sacrificio que el sistema público esté funcionando. Los médicos de los hospitales públicos son los que solucionan los problemas de salud de la población, sin preguntar sobre su origen o su cobertura.

En una actitud que denota cierto grado de resentimiento y profundo desconocimiento, insiste en culpar a sus colegas. Para ello no trepida en afirmar que los “recursos financieros son suficientes, y si faltan es porque hay muchos médicos”. Posteriormente, compara el número de médicos con el de enfermeras, y luego agrega que no cumplen el horario. El significado que tiene esta comparación, por lo menos para nosotros es ininteligible, a no ser que cualquier falencia sea oportuna para culpar a los médicos. Lo que no menciona el colega es que el financiamiento de la salud, en muchas regiones del país, ha sufrido un despiadado ajuste, y que el presupuesto se ha recortado sensiblemente. No toma en cuenta la desocupación y la subocupación como factores determinantes de la falta de funcionalidad de la seguridad social, y de la crisis del sector privado. También olvida que el hospital público, pese a sus dificultades, se ha hecho cargo con el mismo numero de médicos de una demanda que crece incesantemente.

Es largo y lamentable lo expresado por el Dr. Arce en la nota que publica el diario La Nación (6 de octubre de 2001). No sólo culpa a los médicos por ser muchos y no cumplir el horario, sino que además califica, por ejemplo, a los prestadores del Pami, como de bajísima calidad. Nos  gustaría conocer qué métodos ha utilizado para evaluarlos, o tal vez su soberbia le permita hacer semejante afirmación.

Sin abundar en más detalles sobre las tendenciosas declaraciones del colega, podemos afirmar que estamos ante un claro caso de irresponsabilidad de un ocasional comunicador, que desprestigia sin argumentos válidos a una profesión a la que pertenece, además de ser una de las más nobles. Lo que puede mitigar en parte su irresponsabilidad es el desconocimiento de lo que son nuestros hospitales en la actualidad, vale decir, que las declaraciones del Dr. Arce, como dijéramos al comienzo de este editorial, rondan entre el desconocimiento y la irresponsabilidad.