Editorial

Por el Dr. Enrique Visillac

LA CRISIS POLITICA Y LA SALUD DE LA GENTE

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La crisis institucional que atraviesa el país no tiene sólo efectos económicos, repercute también sobre la salud de la comunidad porque transmite inseguridad y genera falta de credibilidad

Los argentinos hemos vivido con honda   preocupación los graves acontecimientos políticos que han conmocionado al país recientemente. La situación de exclusión social por la que transita un grupo creciente de la población incrementa aún más las eventuales consecuencias que la crisis puede ocasionar al conjunto de la sociedad.

Es difícil comprender que en momentos en que los índices que expresan el grado de bienestar de la población se encuentran estancados o se han agravado, no exista la sensatez suficiente como para impedir las conmociones institucionales, que sin lugar a dudas sólo sirven para reafirmar la angustia e incredulidad de la gente.

Evitar la angustia y la falta de credibilidad son los objetivos que deben perseguir quienes tienen la responsabilidad de conducir; si por el contrario éstas persisten, se torna en extremo difícil el de por sí ya complicado oficio de gobernar. Precisamente son estas circunstancias las que no se deben minimizar, porque son las que suscitan en la sociedad un estado de inseguridad, que paradójicamente ha sido producido por quienes fueron elegidos para transmitir lo diametralmente opuesto.

Cuando la gente intuye que estas situaciones pueden generar grandes perjuicios a la comunidad de la que forman parte, reaccionan de manera diferente, pero esa disimilitud no impide que el resultado final sea el deterioro de la salud de sus integrantes. Estas repercusiones no figuran en las preocupaciones de quienes comunican y especulan con las consecuencias que las crisis tienen sobre la marcha del país. Es dable observar y casi obvio recalcar, que en concordancia con las prioridades que manejan los gobiernos actuales lo esencial, por no decir lo único que interesa, es la repercusión sobre los índices de la economía. Nadie puede negar la predominancia de esos indicadores pero a la gran mayoría de los habitantes, que padecen de privaciones más allá de la evolución de los mercados, les interesa saber cuáles pueden ser los otros daños que la crisis genera.

Daría la sensación de que si la crisis institucional -por más grave que resulte- no trae aparejado un descenso, por ejemplo, de los índices bursátiles, no es una crisis preocupante. Todos hemos leído en los medios de comunicación acerca de las dificultades por las que ha atravesado el gobierno, y siempre predominan los vastos análisis sobre el futuro de la economía post crisis. En relación a las repercusiones sobre la salud de las personas e incluso de la sociedad, poco o nada se ha escrito. No es necesario ser un agudo observador de la realidad cotidiana para comprobar los efectos que la crisis ha tenido sobre una extensa franja de la sociedad, atribulada por la inseguridad que le transmiten sus propios gobernantes y que ocasiona un estado de desasosiego, que es el factor fundamental que afecta la salud de una nación que está pasando por un período de marcada endeblez.

La repercusión que producen estas crisis en lo económico pueden medirla a corto, mediano o largo plazo los analistas que tienen elementos tangibles para hacerlo. En cambio, para determinar los costos sobre la salud no se cuenta con medios exactos que valoren el daño, muchas veces oculto tras el desconcierto o el dolor que el hombre suele disimular.

En otras oportunidades, las evaluaciones no se llevan a cabo con el afán necesario y quedan los resultados negativos ocultos, no por simulación sino por falta de voluntad para evaluarlos. Esta afirmación nos lleva obligadamente a pensar que falta mucho aún para que el hombre sea el eje fundamental de las medidas que aplican los gobernantes en cualquiera de sus áreas. De ser el bienestar del individuo el fin fundamental de las acciones gubernamentales, no sería admisible por ejemplo, la aplicación de medidas económicas que produzcan como consecuencia directa e inmediata un aumento de la exclusión por parte de la sociedad, en lugar de tener como prioridad su inclusión.

De la misma manera se les debe solicitar a los gobernantes que pospongan actitudes o decisiones que conduzcan a situaciones que provoquen inseguridad y descreímiento, que es la forma más severa de aislamiento y, por ende, de la generación de algo que transcurre paralelamente con la exclusión: la autoexclusión social por desencanto. Lograr que los autoexcluidos vuelvan a participar se torna mucho más difícil que conseguirlo de aquellos que han sido forzosamente apartados; éstos están ansiosos por reingresar a la sociedad que los ha marginado.

De esta reflexión se colige que es más importante la crisis institucional o moral que la económica. Evitar las crisis institucionales depende de los hombres exclusivamente, no se puede culpar a organismos internacionales ni a pesadas herencias de manejos económicos inadecuados. De toda situación difícil se debe, o tal vez más correcto sería decir se puede, salir fortalecido. Para que esto ocurra tiene que existir una importante dosis de sensatez, inteligencia, y fundamentalmente autocrítica. Sin estos elementos es casi un hecho que no se asimilarán las experiencias y se incurrirá en los mismos errores, como hoy lamentablemente lo vivimos.

Hemos creído que como institución permanentemente preocupada por la salud de la población, era imprescindible hacer conocer nuestra opinión sobre los hechos mencionados, así como hacer un llamado a las autoridades del gobierno para que pongan al servicio de la comunidad toda su sensatez, inteligencia y autocrítica para que episodios como los vividos recientemente no se reiteren.