| Editorial
Por el Dr. Jorge Gilardi |
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Proyecto Casa Cuna: crónica de una reforma anunciada |
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de que la Argentina naciera, allí estaba
la Casa Cuna. Sus raíces se arraigan en lo más profundo de nuestra
historia, cuando esta sociedad asomaba organizadamente como nación a la
realidad política del mundo. Bautizada
inicialmente como Casa de Expósitos, albergó durante siglos a los niños
que no conocieron la luz de un hogar, compensando con la entereza y
dedicación de sus trabajadores la amenaza que acompañó siempre a la
pobreza y a la enfermedad. Con labor
sostenida, respondió a una demanda que fue multiplicándose y com-plejizándose
al calor de las nuevas realidades sociales y del avance en los
conocimientos médicos. Distinguió siempre a sus profesionales el espíritu
de equipo y la adhesión institucional, que brindó a muchos de ellos una
trascendencia científica más allá de las fronteras nacionales. Esta
institución asistió a todas las fases de la historia de la atención médica
argentina: la creación del Protomedicato, la conformación de los
primeros centros especializados, la formación de los hospitales de
comunidad en el período de inmigración masiva, la fase expansiva de
inauguración de hospitales públicos que signó al período del ministro
Ramón Carrillo, la etapa impulsada de reforma hospitalaria. La
Casa Cuna, hoy denominada hospital Pedro de Elizalde, siempre estuvo:
albergando, cuidando, restableciendo. Está
ubicada en la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires, aquella que condensa
los indicadores sociales y sanitarios más críticos. Las múltiples vías
de transporte facilitan el acceso y satisfacen la demanda de la población
que vive en el conurbano sur y sus alrededores, a quienes nunca el
hospital ha retaceado ni retaceará la atención necesaria. También
acompañó, esperanzadamente, las iniciativas de reforma. Porque sus
profesionales, los pacientes que allí acudían y la dirigencia médica
gremial -que realizó intensas gestiones para efectivizar el proyecto-
tuvieron siempre presente la necesidad de mejorar sus instalaciones
ya obsoletas, requisito obligado para asegurar una mayor calidad y
seguridad en la atención. Pero
el propósito de reforma edilicia, que debía superar los trámites
administrativos necesarios para su concreción, ingresó en el cono de
sombra de la burocracia, desde donde ahora sale indemne. Dilaciones,
estancamientos, trámites licitatorios trabados en distintos escenarios e
idas y vueltas sin destino cierto, impedían la concreción de un proyecto
ya consensuado. Y
la Casa Cuna siguió esperando. Se
recurrió a otras instancias que, tratando de movilizar a la opinión pública,
intentaban ubicar el tema como una de las cuestiones que debía figurar en
la agenda de gobierno de las autoridades políticas y sanitarias de la
Ciudad de Buenos Aires. Esas
gestiones pretendían torcer un destino de inercia que llevaba una obra crónicamente
anunciada… y postergada. Al
momento del cierre de Mundo Hospitalario, el jefe de Gobierno,
cumpliendo con su promesa y el compromiso contraído, firmó el contrato
con la empresa constructora, lo que posibilitará el inicio de las tan
esperadas obras. Deseamos
firmemente el éxito de esta nueva etapa que se inicia, y confiamos en que
esa
firma se traducirá en cimientos sólidos, paredes remozadas,
ascensores habilitados para el uso y servicios en condiciones aptas para
que el equipamiento tecnológico pueda ponerse al servicio de la atención
de los pacientes. Las
entidades médicas y gremiales estarán siempre vigilantes para que
esta criatura, luego de superados los primeros tropezones, pueda echarse
definitivamente a andar. Y
para que cualquier hijo de esta tierra pueda encontrar en la Casa Cuna
aquello que sus propios padres y abuelos pudieron haberles contado: allí
se puso siempre la ciencia y el arte de la medicina al servicio de la
infancia, velando por la salud y asistiendo, sin desmayo, a quienes
padecen el infortunio de la enfermedad. ¨ |