Editorial

Por el Dr. Jorge Gilardi

CUANDO EL MEDICO NO PUEDE SOCORRER

Hace ya tiempo que la anomia y la pobreza se instalaron en la sociedad argentina y, consecuentemente, en el escenario en que se ejerce el arte de la medicina.

Desabastecimiento de fármacos, hospitales sin insumos básicos, desactualización tecnológica, carencia de móviles para traslados de emergencia, limitación de cupos para el personal auxiliar que apoya y asegura la calidad del acto médico, y dificultades en los nombramientos de los profesionales.

A este cuadro de restricciones, debemos añadir el impacto de la crisis social sobre las familias que demandan asistencia: empeoramiento de la salud, pérdida de la cobertura, caída de los ingresos necesarios para cubrir los gastos básicos que acompañan a toda prestación.

Como trasfondo de esta crisis, los valores y códigos que regulaban la interacción social han perdido su fuerza, y no se avizoran en el horizonte los nuevos que vendrán en su reemplazo.

La creencia de que no existen valores para inspirar la conducta justifica el nada se puede hacer y el todo está mal, haciendo evidente la inexistencia de un proyecto socialmente compartido: y es esto lo que está mal.

En este marco, el médico ejerce su labor soportando idénticas penurias a las que el paciente muchas veces trae a consulta. A menudo, una falsa idealización del médico, concebido como el dios de bata blanca impide reconocer los límites que se le imponen a su labor, y en qué medida ello pone en riesgo la seguridad del paciente y su propia responsabilidad profesional.

Los preceptos de la ética médica, tales como la beneficencia, la no maleficencia y la confidencialidad definen pautas para orientar y evaluar el acto médico, pero este se ejerce en situaciones que plantean muchas veces dilemas de difícil resolución, cuya respuesta debe partir de un examen de las condiciones en las que se ejerce actualmente la medicina. Porque el médico no es dios ni hace milagros, y su práctica se ajusta a la conciencia de lo que debe y puede hacerse.

Y esto ocurre en mayor medida cuando se multiplican las situaciones límite, tal como la que viviera una médica del Servicio de Emergencia, en cumplimiento de su tarea asistencial.

Más allá de las facetas del caso, resulta un síntoma de cómo esta situación de crisis irrumpe en el escenario de la medicina, tratando de convertir al médico en socorrista.

En primer lugar, identificamos el papel que ejercen algunos medios de comunicación social. Al capturar sólo ciertos detalles de lo acontecido, han sacrificado la complejidad del mismo para ofrecernos una visión esquemática de víctimas y victimarios, que impide la comprensión de las condiciones generales que propician estos hechos. Queda así en el ciudadano, un conjunto de sensaciones que no le ayudan a comprender, y agudizan su sensación de malestar. En una sociedad ávida por expiar sus culpas, esto se convierte en un atizador del descontento social.

Por eso, destacamos y agradecemos a todos aquellos que nos acompañaron y colaboraron contribuyendo al esclarecimiento a la población de la situación.

Para finalizar hablemos del rol del médico. Como ya señaláramos, las reglas sociales que tradicionalmente definían su accionar han cambiado, en la crisis la sociedad pide reafirmar la vinculación directa con el profesional cuya presencia permanente otorga seguridad y confianza al ciudadano común, prestigio a la institución en la que trabaja, refugio y atención al que necesita asistencia y que en su recetario firma con orgullo “médico de hospital”.

Repasemos el contexto. Fuera del hospital la tarea profesional esta cada vez más limitada por la acción de instituciones (prestadores, financiadores, evaluadores) que median en la relación con el paciente. La actividad padece restricciones económicas y sobrecarga emocional propia de quien trabaja en la emergencia de un país que se ha declarado en emergencia. Así lo testimonian los relatos escuchados en cada una de los servicios críticos y guardias hospitalarias, así como la información provista en los estudios dedicados a relevar el grado de estrés (síndrome de burnout) que sufren los médicos emergentólogos como grupo laboral. En ese contexto: más ética y más médico que nunca.

No hay otro camino posible, incluso cuando el peso de la crisis pueda colocarnos en dilemas de difícil resolución, como el que fuera motivo de tratamiento periodístico y en el cual como médicos sólo debemos evaluar si se ha violado o no precepto alguno de ética profesional (y en este caso no la hubo).

Porque el médico, que no es dios ni hace milagros, debe reconocer su falibilidad fundándose en el amparo de la ética, en la letra del juramento hipocrático que desde hace 25 siglos le ha permitido legitimar su dominio en la ciencia y el arte de curar.

El compromiso del médico con la sociedad es absoluto, día a día, y lo seguirá siendo a pesar de las dificultades. Al igual que el compromiso de esta institución con cada uno de los médicos que son su razón de ser. ¨