Editorial

Por el Dr. Jorge Gilardi

RECURSOS HUMANOS: ANTE LA CRISIS, UNA APUESTA POR LA CALIDAD

Hasta en la peor de las crisis coexisten el peligro y la oportunidad.  Y en esta crisis devastadora, cuando la mayoría del país se siente asolada por la penuria material y la creciente sensación de incertidumbre, surge con claridad que estamos en la encrucijada de dos caminos. En nosotros está ver a qué destinos conducen, adelantar el paso o detenerlo.

Este último camino se orienta por la idea de que la crisis es peligro y amenaza, lleva a idealizar el pasado como un refugio y a suponer que inevitablemente nos acercamos cada día un poco más hacia el abismo.

Desde esta mirada, la crisis puede constituirse en un pretexto que justifica la inacción, al no esperar otra respuesta que asistir como espectadores a nuestro propio derrumbe. Entonces sólo quedaría sumergirse en esa certidumbre de lo peor que caracteriza al nihilismo militante, tan de moda en estos tiempos.

A medida que aumenta la incertidumbre respecto del futuro próximo, la crisis puede legitimar también la poca voluntad de planificación y previsión, justificando una acción que sólo reacciona mecánicamente a las oportunidades y amenazas del medio.

El segundo camino se propone mirar la crisis como una oportunidad (excepcional, a veces única) para cambiar lo que es necesario cambiar si queremos conservarnos como sociedad integrada y autónoma.

En la medida en que ponen en cuestión el orden vigente, las crisis son fuente de zozobra, pero son también la posibilidad de pensar lo que nunca nos atrevimos a pensar porque nuestro modelo mental ni siquiera nos permitía ver como problema, y a no hacer lo que debíamos hacer por miedo a las consecuencias que se derivaban de nuestros actos.

En síntesis, la perspectiva del naufragio puede justificar el sálvese quien pueda, practicando ocultamente aquellas conductas que nos escandalizaría ver reflejadas en nuestros semejantes; o bien reforzar los lazos solidarios que unen a los miembros de nuestra comunidad, abrazando un proyecto de sociedad que no subordine todos los valores al de la competencia, el lucro y el individualismo más extremo.

Toda esta descripción se aplica especialmente al tema de los recursos humanos, ya que ante la crisis se puede legitimar el abandono de toda política de selección, formación y evaluación de los mismos, o proponerse una estrategia que, al dotar de mayor excelencia al personal para su desempeño, arroje como resultado final una mejora  en el manejo de los recursos y en la eficacia de la asistencia brindada. 

Porque en tiempos de crisis, la apuesta es aumentar la calidad.

Y la calidad bien entendida empieza por casa, mirando lo que está más próximo: nuestros profesionales, los técnicos, y el personal hospitalario que sostienen diariamente a la institución con  su dedicación y su trabajo.

Porque cuando no se dispone de los insumos indispensables para efectuar las operaciones de urgencia o programadas, es cuando más se valora la destreza de quienes reducen el riesgo de complicaciones.

Cuando la escalada de precios y el desa-bastecimiento ponen en riesgo el acceso a los medicamentos para la gran mayoría de nuestra población, más se necesita la atenta disposición a esclarecer, orientar y promover las alternativas más justificadas y viables para el consumo.

Cuanto más aumenta la cantidad y gravedad de los cuadros clínicos que acuden a consulta, más necesario resulta el trabajo en equipo, compartiendo los criterios y articulando los recursos en función de las necesidades y prioridades de la gente.

Cuando el encarecimiento de los insumos hace más dificultoso el acceso a algunos procedimientos diagnósticos auxiliares, más se valora el juicio y la experiencia clínica asociada con la buena medicina, que a nuestro juicio debe regirse por principios universales: solvencia técnica, empatía, calidez, compromiso y respeto irrestricto por los derechos del paciente.

Por eso en salud, la calidad bien entendida empieza por nosotros mismos.

Pero para que no descarguemos el sostenimiento de las instituciones totalmente sobre las espaldas de nuestros profesionales, debemos diseñar políticas que fortalezcan la capacidad de estos recursos, a través de medidas sostenidas en tres ejes rectores:

1. Garantizar la estabilidad del personal cuya dedicación y nivel de responsabilidad lo convierte en un recurso crítico para la marcha del sistema;

2. Promover el desarrollo de carrera mediante concursos que aseguren justicia y estabilidad en la asignación de cargos al profesional que se desempeña en el sistema municipal de salud;

3. Titularizar y adjudicar nombramientos al personal que aporta con su trabajo al sostenimiento de la institución y no ve reflejada su designación formal.

La concreción de estas medidas, que no requieren ingentes desembolsos financieros, resultan de sencilla instrumentación y tendrían un impacto rápidamente observable en la mejora del sistema. Aumentaría la contención y la motivación del personal, mejoraría el sentido de pertenencia, promovería el ascenso en base al mérito. Por otro lado, si se cristalizaran también se beneficiarían nuestros pacientes, que son los destinatarios principales del sistema de salud.

Pero ninguna de las medidas antes descriptas tendrá mejoras en la calidad si no se apoyan a un tiempo sobre la capacitación del personal, que con su esfuerzo y su dedicación hace posible la supervivencia misma del sistema de atención. Capacitar es transferir información, promover destrezas, reforzar actitudes proactivas y solidarias; pero es también generar las oportunidades para que los trabajadores del sector salud refuercen su sentido de equipo, y puedan compartir una visión de las metas comunes que debemos perseguir hacia el futuro.

Varios siglos de acendrado humanismo nos han persuadido de que el trabajador no puede convertirse sólo en un medio para los fines de quien contrata o administra su trabajo, sino que debe reconocerse siempre como un fin en sí mismo. Este principio de ética universal pone un límite al abandono o al descuido por razones económicas, políticas o de imposición cultural. Los recursos humanos son el cerebro, el corazón y el músculo de las organizaciones, sin el cual ningún otro recurso tendría utilidad ni sentido, porque permite la existencia y utilización de todos ellos en función de los fines y valores que la sociedad se ha trazado.

Ante la crisis es imperioso, además del sustento ético, apostar a la calidad.

Porque en salud la calidad es madre de todas las mejoras, es la palanca que moverá nuestro proyecto de cambio en búsqueda de una respuesta cada vez más aceptable y duradera para toda la comunidad.  ¨