| Editorial
Por el Dr. Jorge Gilardi |
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Política de salud: los
riesgos de la inercia y la improvisación |
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Una
vez más se ha profundizado la brecha entre las necesidades de los
pacientes y los profesionales, y la respuesta que los funcionarios de la
Secretaría de Salud ofrecen para su resolución. A
través de los medios de difusión pública, hemos asistido en el último
tiempo a datos que nos informan sobre las prioridades sanitarias que
afligen a nuestra población: la prevalencia extendida de patologías
emergentes asociadas con el tabaquismo y la violencia, los escasos
controles para prevenir las epidemias estacionales, la dilatada espera de
los pacientes que necesitan ser operados en distintas especialidades y por
dolencias cardíacas. En
este último caso, la ombudsman de la Ciudad solicitó la emergencia
cardiovascular y puso en
alerta a la red asistencial. La lista de espera, que se engrosa en cada
hospital porteño y limita su capacidad resolutiva, nos señala la
necesidad de adecuar nuestros recursos a las situaciones existentes. Por
ello, la existencia de capacidad instalada ociosa representa un escándalo
en el actual cuadro de situación: mientras unos 630 pacientes componen la
lista de espera del hospital Argerich, en el hospital Santojanni se hallan
más de 80 camas desactivadas, muchas de ellas de alta complejidad. Otro
tanto sucede en hospitales con salas de terapia intensiva vedadas para el
uso asistencial o el propio hospital de Niños, que dispone de quirófanos
con baja incidencia de utilización, por no contar con personal en el área
de enfermería. En
el hospital Rivadavia se abortó el llamado
a licitación pública para la ejecución de un proyecto faraónico,
que amenazaba convertirse en una torre de Babel que sólo profundizaría
las desinteligencias en todos los niveles asistenciales, y en cada uno de
los profesionales que componen el equipo de salud. En
este escenario de inequidad sanitaria y dificultades para aprovechar los
recursos genuinos de los que dispone la Secretaría de Salud, se ha
promulgado el decreto N° 736, cuya principal justificación resulta ser la
necesidad de avanzar en el proceso de descentralización de competencias, concediendo
a las secretarías de Salud y de Hacienda la facultad de asumir decisiones
antes reservadas al Jefe del Ejecutivo Comunal. Hasta allí, correcto.
Pero esta descentralización debe impulsar una mejora en la gestión, sin
sumar un nuevo aporte a la arbitrariedad y la incertidumbre. La
centralización de los trámites para la selección y designación de
personal amenaza profundizar las dilaciones que hoy dificultan dar una
respuesta en tiempo y forma a las necesidades de la emergencia. La
decisión de iniciar los procesos de selección en base a las necesidades
del servicio y del personal representaría una decisión altamente
riesgosa si no se trabaja con estructuras previas y si no se titulariza al
personal que se halla en calidad de interino. Por
estas y otras razones, el decreto no cumple garantías mínimas para ser
considerado un adecuado instrumento de gestión y, como ha sido comunicado
por el Comité Ejecutivo de nuestra Asociación, sus efectos se consideran
lesivos para la dignidad del personal y perjudicial para el adecuado
funcionamiento del sistema de salud. El
memorando 8.074 que dejaba sin efecto todos los llamados a selección para
cubrir cargos de conducción que no hubieran ingresado a la Secretaría de
Salud antes del 31 de mayo de 2004, fue anulado a pocos días de ser
puesto en vigencia. Constituye,
por lo tanto, un ejemplo de improvisación en el cual se aplica muy bien
la frase napoleónica: orden, contraorden, de-sorden. En
este confuso panorama donde prevalece la inercia, continúan manifestándose
los problemas a los que sí se debe dar respuesta: -
El cumplimiento de los compromisos acordados mediante acta pública
paritaria para la titularización de interinos. -
La inmediata actualización de las estructuras hospitalarias, que permita
de una vez por todas facilitar las decisiones sobre asignación de puestos
y desarrollo de la carrera hospitalaria. -
La falta de una respuesta adecuada a los profesionales que se desempeñan
como médicos de cabecera, que no pueden acogerse al beneficio de la
licencia aún en situación de embarazo. -
Las restricciones al número de concurrentes que pueden acceder a los
servicios hospitalarios, cuando se trata de la única opción formativa
para la inmensa mayoría de postulantes que no acceden al sistema de
residencias. -
La carencia de una solución justa para remunerar las horas de trabajo de
los médicos que se desempeñan los días domingo. Restablezcamos,
a manera de antídoto, la cultura del diálogo y la participación, para
que las decisiones puedan ser aceptables y sostenidas por toda la
comunidad profesional. Evitemos los riesgos de la inercia y la improvisación
en las decisiones públicas. ¨ |