Editorial

Por el Dr. Jorge Gilardi

EL SISTEMA DE SALUD ESTA ENFERMO

Al desfinanciamiento crónico que resulta de la rebelión fiscal, la desocupación y la retracción de un Estado cada vez más ausente en la tarea de proteger y velar por la salud pública, debemos añadir hoy la mayor presión que ejercen las crecientes masas de pobres e indigentes que el actual modelo económico produce, se diría, con eficacia industrial.

El estallido de la crisis, que explotó sin control y aún derrama sus efectos en todas las áreas de la vida social, no hizo más que agudizar los problemas que dejaban al sector de la salud en una situación de mayor vulnerabilidad e indefensión.

Atenaceado por el incremento de los costos y la merma de los ingresos, el sector privado encubre sus limitaciones a la cobertura mediante la identificación de carencias, o bien mediante una evaluación y selección del riesgo que en los hechos representa atender, a quienes paradójicamente, demuestren menor necesidad de ser atendidos. Son estos, en definitiva, quienes presionarán sobre el sector público, que corre el riesgo de caer exhausto ante la magnitud de las necesidades y la precariedad de los recursos con los cuales se trata de ofrecer una respuesta eficaz al drama social, hoy expresado con carácter de emergencia.

La Seguridad Social, desfinanciada y sumida en una administración que ha pagado muy caro sus errores de gestión, busca afanosamente un equilibrio entre las demandas cada vez más exigentes de los usuarios y las regulaciones que el sector público ha tratado de introducir para reducir la iniquidad y asegurar mejores condiciones de acceso.

Quebrada la cadena de pagos, el ajuste de los financiadores y gerenciadores sobre los prestadores institucionales termina descargándose sobre los eslabones finales del proceso de atención: quienes pagan son, en definitiva, los profesionales y los pacientes, privados de los recursos necesarios para defender sus derechos y abrir justos canales de negociación.

El Programa Médico Obligatorio de Emergencia, surgido como solución para garantizar un piso básico y universal de prestaciones, al no contemplar las medidas preventivas y de rehabilitación que son necesarias para una atención integral, vuelve a descargar en las espaldas del hostigado hospital público la atención no cubierta por los restantes sub-sectores. Y vuelve a plantear una situación dilemática entre la prevención y la asistencia, cuando en realidad ambas son parte indisoluble del proceso de atención.

Completa este cuadro la aparición de ge-renciadores y aseguradores cuya principal finalidad –el lucro– entra en frecuente colisión con los objetivos de velar por la salud pública, que como en toda sociedad civilizada debiera constituirse de una vez por todas en nuestra suprema ley.

El hospital público, resistiendo al límite una campaña insidiosa que siembra sospecha sobre todo aquello que proviene del ámbito estatal, se reafirma como bastión de resistencia que ofrece una respuesta frontal a la emergencia. Es allí donde se concentran en la actualidad las zozobras que como sociedad en crisis nos vemos obligados a reconocer.

Todo a pesar de las carencias de nombramientos necesarios para el sistema, de las dificultades de acceso a ciertos medicamentos e insumos imprescindibles para los tratamientos adecuados, las reiteradas crisis de los servicios tercerizados (alimentación, vigilancia, etc).

Si bien la política del GCBA pretendería orientar los escasos recursos hacia salud, educación y acción social, dentro de la misma estructura del Gobierno persisten actitudes y discursos que son expresión sintomática de una ideología economicista que piensa en gasto y no en la inversión.

El Sistema de Salud está enfermo. Y quienes apostamos por su pronta recuperación no confiamos en paliativos que apunten a encubrir los síntomas y demorar la solución que todos necesitamos.

Pareciera que economistas y gerentes han abrazado la medicina, pues hace ya tiempo que nos hemos acostumbrado a escuchar sobre recetas confiables, medicinas amargas, ajustes sin anestesia, o sobre la depresión sintomática de una sociedad que ya no puede depositar su confianza en las instituciones que ella misma ha engendrado.

Los devenidos agentes de salud ofrecen además las recomendaciones que suponen efectivas para una cura que, lejos de alcan-zarse, se prolonga en una enfermedad crónica de cada vez más complicado pronóstico.

Esta situación de zozobra institucional se ve mitigada por la respuesta que en cada rincón de lucha los trabajadores del sector salud se empeñan en defender: aquella que, sin desconocer la defensa de mejores condiciones de trabajo, apuesta sobre todo al compromiso cotidiano por una mejor calidad de asistencia. Porque bien lejos de las abstracciones estadísticas, que adormecen la sensibilidad con cálculos cada vez más sofisticados pero alejados del drama cotidiano, está la gente.

Esta vocación de compromiso de los profesionales, que la angustia colectiva no alcanza a enturbiar, se ha puesto de manifiesto en un nuevo ejemplo de logro compartido.

El Jefe de Gobierno acaba de firmar el decreto que autoriza la liberación de los fondos necesarios para culminar las obras interrumpidas en nuestro querido hospital Santojanni, y que produjera de hecho la merma o desactivación de gran parte de su capacidad operativa. Una decisión que, si bien ampliamente postergada por los vaivenes económico-financieros, termina constituyéndose en un logro de todos los trabajadores (profesionales del hospital y la comunidad toda) que con su lucha contribuyeron a gestar la solución.

Ha triunfado una idea de bien público a la que nunca debemos abdicar y que obliga a repensar la política y la medicina en lo que tienen de semejante: la elección de los medios más aceptados, más razonables y más efectivos para el logro del fin último: el bie-nestar de la comunidad.

El Sistema de Salud está enfermo. Pero existe el remedio. Y está en la inteligencia, la pasión y la voluntad de quienes asumen su compromiso por la defensa de la salud, sosteniéndose en aquellos valores que jamás deben ser prenda de acuerdo: calidad en la prestación, equidad en la asignación y la distribución de los recursos cada vez más escasos, garantía en el acceso para toda la población.

El Sistema debe curarse en salud. Esta es la raíz de nuestro compromiso, y lo que renueva una vez más el sentido de nuestra convocatoria. ¨