El 7 de abril se conmemoró nuevamente el Día
Mundial de la Salud.
En esta ocasión especial, siempre propicia para el reconocimiento, cabe
destacar recientes logros de nuestra lucha gremial pero también un
profundo dolor en la sociedad.
En primer lugar, la reciente firma de las actas paritarias en las cuales
se resuelve, por la vía de la negociación, mejoras en la condición
salarial y laboral de los pediatras a domicilio y médicos de cabecera,
arribando a feliz término una situación cuya resolución venía
postergándose innecesariamente.
En segundo lugar, la firma del acta acuerdo entre el Ministerio de Salud,
la Asociación de Médicos Municipales y la Asociación de Anestesia,
Analgesia y Reanimación de Anestesiología de Buenos Aires, se constituye
en un hecho gremial, sin precedentes, dado el urgente requerimiento de
contar con suficientes y calificados médicos anestesiólogos en los
hospitales públicos de la Ciudad de Buenos Aires.
Pero además, en la suscripción de este acuerdo se logra consenso y se
avanza sobre los siguientes puntos: al aumentarse en un número de
aproximadamente cincuenta residentes por año, se asegura una mayor
cantidad de anestesistas cubriendo cargos en los hospitales públicos.
Se eleva a cinco años la residencia para la especialización de los
anestesistas; un recurso crítico para el sistema de atención. Después de
finalizada la residencia, el profesional deberá prestar servicios por un
año, en el hospital público.
El llamado a concurso para cubrir 160 cargos de médicos anestesiólogos es
testimonio de esta resolución adoptada por las instituciones partícipes
del acuerdo, y resulta un hecho auspicioso de cara a resolver un problema
endémico para los hospitales de nuestra ciudad.
El reciente Día Mundial de la Salud también debe hacernos recordar que la
salud no es sólo ausencia de enfermedad sino es el logro de adecuados
niveles de bienestar psicológico y del aseguramiento de las condiciones
sociales propicias para quienes forman parte de ella.
Infelizmente, este aniversario se conmemora en un momento en el que
nuestro país se ve estremecido por un suceso ominoso, que obliga a
repensar nuestros supuestos acerca de lo que significa una convivencia
civilizada.
El episodio impacta sobremanera, y no excluyentemente, en el gremio
docente y afecta a toda la sociedad que en su gran mayoría, se movilizó
para repudiar el hecho y gritar otro nunca más en la República Argentina.
Si ningún hecho socialmente significativo puede ser comprendido
aisladamente, menos aún en casos como éste en donde se trastocan todos los
supuestos institucionales que rigen el orden social: el policía que debe
proteger, mata impunemente al maestro, a quien confiamos nuestros hijos
para poder ser parte activa y fun-dante de esta sociedad.
Como ocurriera ya en otras situaciones que condensan lo aberrante, la
sociedad repudia en el crimen o en el hecho delictivo la sensación de
hartazgo ante la impunidad y ante la violencia instituida como una
cuestión natural.
Cuando las instituciones regresen a su actividad habitual, nada volverá a
ser idéntico el día después del dolor: la sociedad registró el impacto y
el significado del lamentable episodio y reaccionó en reclamo de paz y
justicia.
Porque las demandas no pueden ser desoídas impunemente cuando alcanzan la
intensidad de un reclamo masivo, es allí cuando más se necesita ampliar
las fronteras del diálogo como contrapartida de lo sucedido.
Por eso, este Día Mundial de la Salud representa para nosotros una fecha
opacada por el dolor de hallar a una sociedad indignada por lo
inconcebible, pero a la búsqueda de alternativas de convivencia más
seguras, más justas, más merecidas para cada una de las personas que
forman parte de ella.
Este Día Mundial de la Salud debería servir, entonces, para testimoniar el
reclamo de la sociedad entera para evitar que la violencia y el horror
regresen una vez más a la República Argentina.

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