| Editorial
Por el Dr. Jorge Gilardi |
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Salud,
educación, empleo: diques a la inseguridad
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La gran mayoría de la sociedad ha encendido una luz roja ante el azote del crimen y la violencia, que se expresa en una sensación cotidiana de mayor inseguridad. El
secuestro extorsivo ha provocado el ominoso asesinato de Axel Blumberg, un
joven convertido en símbolo de lo que no debiera ocurrir nunca más en la
Argentina. Este suceso colocó en primer plano de la agenda pública el
problema de la inseguridad, que se arrastra sin solución aparente desde
hace ya más de una década. En
nuestro país, el deterioro de bienes públicos como la salud, la
seguridad, la educación y el empleo son parte del mismo proceso que
condujo al debilitamiento del Estado y a un avance excesivo del mercado en
áreas que demandan una respuesta basada, no en la maximización del lucro
sino en garantizar las condiciones que hacen posible la vida en
sociedad. La
percepción de que el entorno se ha vuelto más hostil e inseguro se
expresa también en el paisaje urbano: barrios cerrados, casas cercadas,
rejas en monumentos públicos y la presencia barrial de guardias armados
son los síntomas que demuestran cómo se han debilitado los lazos de
confianza entre los miembros de la sociedad. Como la inseguridad ha penetrado en la vida
cotidiana de las instituciones públicas, también es evidente su impacto
sobre las condiciones que enmarcan la labor de los profesionales de la
salud. El personal de guardias y servicios de emergencia
se hallan a menudo desbordados para atender el número de quienes son
damnificados por la violencia, que muchas veces los alcanza a ellos
mismos. La percepción de inseguridad, fundamentalmente
asociada con la posibilidad de ser víctima del atraco o la agresión, se
constituye en una barrera al acceso para aquellos grupos sociales ubicados
en situaciones de mayor riesgo social, y desalienta los programas
apoyados en la promoción de actividades comunitarias. Agrava esta situación la sensación de que han
desaparecido aquellos códigos que hacían más previsible la conducta de
quienes delinquían. Como ejemplo cabe señalar que el equipamiento
sanitario público se encuentra continuamente bajo el riesgo de la
depredación; un signo de la baja consideración que el mismo tiene para
toda la comunidad. Vivimos, como todos, el problema de la violencia y
la inseguridad. Más allá del debate que esta cuestión suscita y
el oportunismo de quienes cabalgan sobre el caso Blumberg para proponer
soluciones simples a un problema complejo, podemos destacar cómo millares
de ciudadanos han vencido el miedo y se han volcado a las calles
expresando un clamor común, que obliga a los tres poderes públicos a dar
una respuesta acorde a la magnitud del problema. Pero la acción penalizadora surge cuando a menudo
ya nada puede hacerse más que restituir con una pena el daño ya
ocasionado. Por
ello es necesario actuar en la prevención, que se logra protegiendo la
calidad de los bienes públicos, los que deben ser hoy más accesibles que
nunca para toda la ciudadanía. Existen evidencias de que la inversión en bienes públicos,
o en aquello que más recientemente se denomina capital social, se
constituye en uno de los diques más efectivos para contener la violencia
social, y que apostar al desarrollo, la equidad e integración social
es el camino más seguro para combatir la inseguridad. La salud, la educación, la fortaleza de las redes
sociales, la calidad de la vivienda y el empleo son bienes que toda la
sociedad debe empeñarse en defender y preservar. Y en este proceso el Estado debe erigirse como el
garante fundamental de lo público, entendido como aquello que nos
pertenece y nos concierne a todos los miembros de esta sociedad. Hoy, la
Organización Mundial de la Salud reconoce a la violencia como un
problema de salud pública, que cuesta millones de vidas en el mundo y
como una de las principales causas de muerte, sobre todo en los países en
vías de desarrollo. También señala que los profesionales de la salud
tenemos un rol que cumplir frente a esta “patología social”. Pongamos
luz roja a la violencia organizada, pero trabajemos también, como ya se
viene haciendo desde los hospitales públicos, para que la salud sea
accesible a toda la ciudadanía en condiciones de igualdad. Una ciudadanía
hoy como nunca, movilizada para su defensa y su restitución. ¨ |