Editorial

Por el Dr. Enrique Visillac

REFORMAS EN EL SECTOR SALUD

CRONICAS DE UN FRACASO ANUNCIADO

Edit copy (2).JPG (40495 bytes)

 

Los cambios anunciados con el fin de aumentar la accesibilidad al sistema fracasan sistemáticamente en lograr ese objetivo. Mientras, se sucede un preocupante deterioro de algunos índices sanitarios. Una realidad que se repite ya desde hace una década

Desde hace más de diez años se han iniciado, según los encargados de realizarla y difundirla, la Reforma del Estado. Se argumenta que la finalidad es la transformación hacia un Estado eficiente, aunque para lograrlo haya que limitar mucho sus roles fundamentales. Dentro de esta reforma se encuentra la del sector salud. Los cambios, siempre de acuerdo a la opinión de sus gestores, son imprescindibles para que los países ingresen en una etapa floreciente, protegidos por el mercado que se valdría por sí solo para garantizar a la población el hallazgo de la ansiada equidad.

Los años han transcurrido, los discursos de los que tienen el poder continúan hablando de las bondades de la Reforma, y nos plantean que sin ella permaneceremos estancados como país o sumergidos en una recesión que lleva años de instalada. Una pregunta elemental nos surge después de cada nuevo intento de reforma -que tiene un gran parecido por no decir que es sinónimo de ajuste- ¿Qué han logrado las reformas que la han precedido? ¿Para qué ha servido el reiterado sacrificio de los de siempre?

Si con cierto grado de irrespetuosidad se anuncia una nueva reforma, ¿no será que no sirve este tipo de reformas y que se insiste en ellas simplemente por un fundamentalismo económico? Fundamentalismo que no toma en cuenta a la gente, lo que significa no considerar al Estado porque, como todos sabemos, el Estado está conformado por la gente.

Mientras se suceden las reformas, crece en forma alarmante la exclusión social, mas podemos decir que a cada reforma le sucede un aumento de los excluidos. Este dato objetivo no causa el efecto que uno debe esperar en los programas sociales. Es lamentable que no existan o al menos no se visualicen quienes se opongan, o al menos se preo-cupen, de los costos sociales que estos planes “reformistas” conllevan. Sin pudor se habla del costo social, y de lo necesario del sacrificio para salir de la crisis, sin detenerse a pensar el significado que tiene para una importante franja de la población esa frase, oída con alarmante frecuencia en el ámbito donde se pergeñan las políticas de ajuste.

La salud, definida por los órganos internacionales como un derecho fundamental del que tienen que gozar todos los hombres, no ha podido escapar a la reforma. En este caso se habla de reformas que persiguen el objetivo de brindar una atención de la salud equitativa con un aumento de la accesibilidad. En este ámbito ocurre lo mismo que con en el resto de las reformas, los resultados obtenidos son diametralmente opuestos a los resultados vaticinados.

Es necesario detenerse en este punto para reflexionar sobre los errores que se cometen cuando se implementan las reformas del sistema de salud. Los damnificados padecen la exclusión en esta oportunidad para acceder a una atención integral de su salud. Esta paradójica consecuencia de la reforma ya que debería tender a lo opuesto, la inclusión, se repite con alarmante similitud en los cada vez más injustos y frecuentes ajustes (elementos esenciales de los cambios que se proponen para modernizar el Estado). Parece no ser suficiente con el progresivo crecimiento de la pobreza, el incremento o reaparición de enfermedades propias de épocas sanitariamente superadas, para pensar en modificar la estrategia e intentar algún cambio no exclusor.

En la década del noventa surgió, como solución a los acuciantes problemas del subsector estatal, el registro de los hospitales públicos de autogestión (decreto 578/93). Nos agotamos de oír las virtudes de este sistema que escandalosamente sólo apuntaba a disminuir la inversión en salud. Los fracasos de estos hospitales para lograr objetivos que los hicieran útiles desde el punto de vista sanitario, no fueron suficientes para que se abandonara definitivamente este tipo de modelo de hospital.

Se hacía imprescindible para las autoridades buscar sistemas con la suficiente creatividad y sentido de la justicia para que lograran atemperar las actuales condiciones de desigualdad. Creemos que una vez más se ha equivocado el camino, y los nuevos lineamientos no están destinados a cambiar la filosofía del hospital de autogestión: se trata primordialmente de un cambio de nombre y de una que otra modificación que no revierte los principios fundamentales del decreto 578. La salud de la gente no puede seguir esperando que los intereses económicos insistan con maquillajes de sistemas de comprobada ineficacia para aumentar la accesibilidad y disminuir la inequidad de los sistemas de salud.

En salud el afán de recortar gastos repercute en áreas donde el ahorro se puede contabilizar por pérdidas de vida y por la disminución de la calidad de vida. Muchos argentinos hoy sufren daños irreversibles en su salud porque el Estado pretende desentenderse de su responsabilidad. Los médicos y el hospital público resistimos esta embestida multiplicando esfuerzos, pero el futuro se presenta incierto y lo será aun más si se reproducen los modelos que ya cuentan con años de probado fracaso.