| Editorial
Por el Dr. Enrique Visillac
REFORMAS EN EL SECTOR SALUD CRONICAS DE UN FRACASO ANUNCIADO |
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Los
cambios anunciados con el fin de aumentar la accesibilidad al sistema
fracasan sistemáticamente en lograr ese objetivo. Mientras, se sucede un
preocupante deterioro de algunos índices sanitarios. Una realidad que se
repite ya desde hace una década Desde hace más de diez años se han iniciado, según
los encargados de realizarla y difundirla, la Reforma del Estado. Se
argumenta que la finalidad es la transformación hacia un Estado
eficiente, aunque para lograrlo haya que limitar mucho sus roles
fundamentales. Dentro de esta reforma se encuentra la del sector salud.
Los cambios, siempre de acuerdo a la opinión de sus gestores, son
imprescindibles para que los países ingresen en una etapa floreciente,
protegidos por el mercado que se valdría por sí solo para garantizar a
la población el hallazgo de la ansiada equidad. Los
años han transcurrido, los discursos de los que tienen el poder continúan
hablando de las bondades de la Reforma, y nos plantean que sin ella
permaneceremos estancados como país o sumergidos en una recesión que
lleva años de instalada. Una pregunta elemental nos surge después de
cada nuevo intento de reforma -que tiene un gran parecido por no decir que
es sinónimo de ajuste- ¿Qué han logrado las reformas que la han
precedido? ¿Para qué ha servido el reiterado sacrificio de los de
siempre? Si
con cierto grado de irrespetuosidad se anuncia una nueva reforma, ¿no será
que no sirve este tipo de reformas y que se insiste en ellas simplemente
por un fundamentalismo económico? Fundamentalismo que no toma en cuenta a
la gente, lo que significa no considerar al Estado porque, como todos
sabemos, el Estado está conformado por la gente. Mientras
se suceden las reformas, crece en forma alarmante la exclusión social,
mas podemos decir que a cada reforma le sucede un aumento de los
excluidos. Este dato objetivo no causa el efecto que uno debe esperar en
los programas sociales. Es lamentable que no existan o al menos no se
visualicen quienes se opongan, o al menos se preo-cupen, de los costos
sociales que estos planes “reformistas” conllevan. Sin pudor se habla
del costo social, y de lo necesario del sacrificio para salir de la
crisis, sin detenerse a pensar el significado que tiene para una
importante franja de la población esa frase, oída con alarmante
frecuencia en el ámbito donde se pergeñan las políticas de ajuste. La
salud, definida por los órganos internacionales como un derecho
fundamental del que tienen que gozar todos los hombres, no ha podido
escapar a la reforma. En este caso se habla de reformas que persiguen
el objetivo de brindar una atención de la salud equitativa con un aumento
de la accesibilidad. En este ámbito ocurre lo mismo que con en el resto
de las reformas, los resultados obtenidos son diametralmente opuestos
a los resultados vaticinados. Es
necesario detenerse en este punto para reflexionar sobre los errores que
se cometen cuando se implementan las reformas del sistema de salud. Los
damnificados padecen la exclusión en esta oportunidad para acceder a una
atención integral de su salud. Esta paradójica consecuencia de la
reforma ya que debería tender a lo opuesto, la inclusión, se
repite con alarmante similitud en los cada vez más injustos y frecuentes
ajustes (elementos esenciales de los cambios que se proponen para
modernizar el Estado). Parece no ser suficiente con el progresivo
crecimiento de la pobreza, el incremento o reaparición de enfermedades
propias de épocas sanitariamente superadas, para pensar en modificar la
estrategia e intentar algún cambio no exclusor. En
la década del noventa surgió, como solución a los acuciantes problemas
del subsector estatal, el registro de los hospitales públicos de
autogestión (decreto 578/93). Nos agotamos de oír las virtudes de este
sistema que escandalosamente sólo apuntaba a disminuir la inversión en
salud. Los fracasos de estos hospitales para lograr objetivos que los
hicieran útiles desde el punto de vista sanitario, no fueron suficientes
para que se abandonara definitivamente este tipo de modelo de hospital. Se
hacía imprescindible para las autoridades buscar sistemas con la
suficiente creatividad y sentido de la justicia para que lograran
atemperar las actuales condiciones de desigualdad. Creemos que una vez más
se ha equivocado el camino, y los nuevos lineamientos no están destinados
a cambiar la filosofía del hospital de autogestión: se trata
primordialmente de un cambio de nombre y de una que otra modificación que
no revierte los principios fundamentales del decreto 578. La salud de la
gente no puede seguir esperando que los intereses económicos
insistan con maquillajes de sistemas de comprobada ineficacia para
aumentar la accesibilidad y disminuir la inequidad de los sistemas de
salud. En
salud el afán de recortar gastos repercute en áreas donde el ahorro se
puede contabilizar por pérdidas de vida y por la disminución de la
calidad de vida. Muchos argentinos hoy sufren daños irreversibles en su
salud porque el Estado pretende desentenderse de su responsabilidad. Los médicos
y el hospital público resistimos esta embestida multiplicando esfuerzos,
pero el futuro se presenta incierto y lo será aun más si se reproducen
los modelos que ya cuentan con años de probado fracaso. |