BOLETIN LITERARIO Suplemento Especial del Diario del Mundo Hospitalario de la Asociación de Médicos Municipales de la Ciudad de Buenos AiresDiciembre de 1999 Cuentos Cuento ganador de la categoría "Cuentos y Relatos Cortos" del "Premio Dr. Eduardo Wilde", organizado por la Asociación de Médicos Municipales durante 1999 Moléculas Por Pablo Diego Abelardo González"Todo lo que puede ser inventado, ya ha sido inventado" Charles Duell, jefe de la Oficina de patentes de los Estados Unidos, 1899 Fabián bajó cansadamente de su auto mientras miraba la casa donde los hechos se habían desencadenado. O mejor dicho, el hecho, ya que desde luego se trataba de un asesinato. Como era lógico lo habían llamado a él, detective primero de Policía de investigaciones del Sector Seis, ¿a quién más? Afortunadamente aún no se había dormido a pesar de la avanzada hora, estaba leyendo un libro (de los de papel, nada de monitores) con la luz del velador mientras su esposa dormía pesadamente a su lado. El videotel sonó, y Fabián aceptó la llamada prioritaria proveniente del Comando, aunque se dio el lujo de no activar su cámara. Fue informado escueta y concisamente del problema, y diez minutos después se encaminaba al lugar en cuestión en su pequeño auto monoplaza. Luego de echar una rápida ojeada a la lujosa casa se dirigió al portón principal. Los mecanismos de seguridad habían sido convenientemente anulados y reacondicionados para aceptar el paso de los policías asignados al caso. Fabián palpó como al descuido su botón detector y por supuesto lo llevaba encima, veinte años de trabajo creaban ciertos hábitos de difícil olvido. Sonrió al recordar la primera y última vez que lo había olvidado en su casa, cuando apenas era un novato, el sonido de las alarmas y la rápida congregación de las chapas de Investigaciones con sus gestos adustos y a la vez burlones. Atravesó la arcada y se encaminó hacia la casa, distante unos treinta metros de la reja perimetral. Los agentes que flanqueaban la puerta le cedieron rápidamente el paso. - Buenas noches, detective. Lo están esperando dijo uno de ellos seriamente, venia mediante. - Veo que no pueden hacer nada sin mí respondió al descuido con una semisonrisa, mientras subía los cinco escalones que finalmente lo introducirían en la casa. Una vez dentro observó el lujoso hall, grande como su propio departamento, y no pudo dejar de decirse una vez más que la muerte no hacía distinciones entre ricos y pobres. Y en verdad, la parca acechaba más a aquellos peces gordos como - Ming Zu la voz vino de su derecha, y Fabián giró su cabeza hacia allá. Por supuesto que la voz era la de su jefe inmediato, Víctor García. - ¿Ming? ¿De él es esta casa? preguntó el detective. García lo miró fijo, y replicó: - ¿Me estás cargando? - No, jefe. Pero creí que Ming vivía en Nueva China ese era el nombre popular del extenso territorio de quinientos kilómetros cuadrados ubicados en la provincia de San Luis, prácticamente un país dentro de otro, habitado por más dos millones de chinos. - Claro que vivía allá. Pero tenía una casa en Buenos Aires, como suelen tener todos los empresarios chinos. Acá era más fácil boletearlo, vino apenas con un par de guardaespaldas. - ¿Qué están ? - Bien, sólo los durmieron con alguna droga. Querían únicamente al pez gordo. Mirá Bloise, estamos metidos en un buen quilombo. Las autoridades chinas empezaron ya a protestar - Supongo que los guardaespaldas se encargaron de avisar. - Sí. El tipo apenas lleva cuatro horas de muerto y ya quieren respuestas. - Una cagada, verdaderamente. - Así es. Vos sabés que esta gente tiene cada vez más peso político. - Son muchos chinos. Dos millones. - Y van a ser más todavía dijo García enarcando las cejas, mientras bajaba el tono de voz-. Nadie se anima a cerrarles la entrada al país a esta altura del partido. - En fin, problemas de la política en los que lamentablemente no podemos intervenir respondió Fabián, bajando a su vez la voz, y de algún modo dando amablemente por terminada la cuestión-. ¿Y el cuerpo, jefe? - En la habitación que usaba de escritorio. Seguime. Fabián siguió a García a través del amplio living, subió unas escaleras y llegó a un pasillo suavemente iluminado. Al final del corredor dos chapas se apartaron de la puerta que estaban custodiando haciendo sendas venias, brevemente correspondidas por los dos hombres. Atravesaron el umbral luego de que la hoja de acero se abrió automáticamente ante su cercanía, luego de lo cual sintieron el leve siseo de la puerta cerrándose por detrás. Era una habitación relativamente pequeña, de unos cinco metros de lado; un cuadrado perfecto. El techo tendría unos cuatro metros de altura. Había dos hombres más, un chino y otro occidental parados a un costado, quienes saludaron a ambos con un breve movimiento de sus cabezas. Y por supuesto la estrella de la noche, Ming Zu, sentado frente a su escritorio con una bala en el medio de la frente. Un trabajo limpio y rápido. Su rostro denotaba sorpresa, pero bien podía ser alguna reacción neuromuscular tardía. No había ventanas en la habitación, pero sí falsas claraboyas que durante el día derramaban agradable luz natural proveniente del exterior, fibra de vidrio mediante. La iluminación actual era suave y escasa como la del pasillo. El detective se detuvo a contemplar las claraboyas por unos instantes. - Nadie pudo pasar por allí. Los conductos de fibra no han sido removidos en lo absoluto dijo García- Además el diámetro es muy pequeño. - ¿Qué hay de la entrada? preguntó Fabián. - Una sola cámara de vigilancia que fue convenientemente anulada. Los guardaespaldas para ese entonces dormían plácidamente. No recuerdan gran cosa de lo sucedido. - ¿Podrían haber sido ellos? - Quizás. Pero lo dudo, vos sabes que estos tipos reaccionan incondicionalmente a sus jefes. Se suicidarían si Ming se los ordenara, sin más. De todas formas ya fueron interrogados por el psicólogo del Sector, y están limpios. - ¿El psicólogo ? - Jorge Chen. - Que casualmente es chino. - Sus abuelos lo eran. Él es tan porteño como nosotros, salvo por sus rasgos y su apellido. - Me refiero a que es una coincidencia a tener en cuenta. Me cae bien Chen, se lo aseguro se defendió Fabián, quizá innecesariamente. - No te pongas paranoico, Bloise. - Es mi oficio, jefe. Presumo que en la habitación no había cámaras. - Presumís bien. Las cámaras pueden ser un arma de doble filo, cualquiera puede interceptar la información que graban y vigilar a Ming con sus propios artefactos se encogió de hombros-. Es obvio que un tipo tan importante deseaba privacidad en su trabajo. Fabián miró de reojo a los otros dos hombres, quienes a su vez los miraban de tanto en tanto. - Creo que mejor vamos a presentarnos, ¿no? - Sí, estamos siendo maleducados -se dirigieron un par de pasos hacia ellos-. Señores, quisiera presentarles al detective primero Fabián Bloise, de esta jurisdicción. Ellos son el embajador Liu Khan y el asesor Juanig Menéndez. Estrecharon sus manos, incluso el embajador, lo que brindó a Fabián dos convicciones: primero, que la presencia en persona de Liu significaba la trascendencia del caso; segundo, que aceptara darle la mano en lugar de la clásica inclinación denotaba la desesperación de los chinos por llegar a un rápido esclarecimiento del asesinato. Conocía a Menéndez de nombre, su función era la de mantener cordiales las relaciones entre argentinos y chinos, un «limador de asperezas». La tensión de su rostro indicaba también la gravedad del problema. Iban a comenzar a cambiar opiniones cuando la puerta se abrió de repente. Un hombre se hallaba en el umbral. Era bastante joven, poco más de veinte años, flaco y esmirriado; y estaba enfundado en un desabrochado guardapolvo con insignia de Investigaciones. Miró con verdadero horror a los cuatro hombres, como si estuviera viendo sendos fantasmas. - ¡Oh, no! Dije claramente que nadie entrara a la habitación. ¡Nadie! Jefe García, con todo respeto, le comenté la importancia de ello -el muchacho temblaba visiblemente, en una reacción que a Fabián le pareció al menos curiosa. ¿Acaso ya no se habían tomado huellas dactilares, muestras orgánicas para testeo genético y otras yerbas? Además, ellos no habían tocado nada, y estaba seguro de que los otros dos hombres tampoco. Miró inquisidoramente a García, y éste comprendió, años de trabajar juntos. - Aún no se han tomado las muestras, Bloise. Lo siento, Selvaggi, apenas nos hemos movido por la habitación dijo dirigiéndose al hombre del guardapolvo. - Qué raro lo de las muestras, no va con el procedimiento habitual. ¿Quién es el muchacho? Fabián cabeceó en dirección al recién llegado, con cara de pocos amigos. Por cierto no le gustaba que un joven a quien llevaba un cuarto de siglo de edad anduviera cuestionando su proceder. - Uno que mandaron del Sector Dos. Un iluminado, según dicen. Está desarrollando un nuevo método de investigación que veremos en pocos instantes, muy novedoso por cierto. Caballeros dijo Selvaggi-, siento haber irrumpido de este modo, pero a los fines de la investigación resulta esencial que desde este momento permanezcan en sus lugares los más quietos posible. Ya no podrán salir del recinto hasta que finalicemos. Pueden hablar si lo desean, pero poco y en voz baja. Les aseguro que lo que les estoy pidiendo no es un capricho, y pronto comprenderán la importancia de estas indicaciones su tono de voz era calculadamente bajo, y así lo sería durante el resto de la investigación. Fabián miró de reojo a García, y éste le contestó enarcando las cejas, como diciendo «esperemos a ver». La puerta se abrió nuevamente, y pudieron ver algunas personas que portaban extraños aparatos esperando la indicación de Selvaggi para ingresar a la habitación. - Entren, por favor. Ya saben las precauciones. Los hombres ingresaron lenta y silenciosamente. Primero entraron cuatro de ellos, portando sendas planchas espejadas de aproximadamente dos metros de altura por un metro de ancho. Se dirigieron a los cuatro extremos de la habitación y procedieron a ensamblar las planchas en las esquinas, mediante una base que les permitía quedar paradas. Activaron una pequeña caja en cada una de las bases, y sendas luces rojas se encendieron. Una vez hecho esto, los hombres se retiraron tan silenciosamente como habían entrado. Entraron dos más, portando un carrito con varios estantes donde se hallaba un dispositivo que vagamente asemejaba a una computadora, aunque era evidente que no lo era. Tenía un monitor de un tamaño bastante grande, de proyección bidimensional, como el viejo sistema de televisión. Varias cajas de función a todas luces desconocida se apilaban por debajo en numerosos estantes, interconectadas por infrarrojo. Pusieron el dispositivo a un costado de la habitación y otro ayudante entró una silla giratoria, ubicando todo de tal modo que el operador quedara de espaldas a la pared y observando tanto el artefacto como el resto de la habitación y a sus cuatro ocupantes (o cinco, considerando al difunto). Selvaggi se sentó al mando, como un pianista a punto de interpretar una obra, y procedió sin más a conectar el instrumento. Varias luces de colores parpadearon por la superficie de las cajas, las que atrajeron la atención del detective de una forma casi hipnótica. El monitor también se encendió, pero sólo mostró una pantalla azul brillante. El equipo emitía en conjunto un zumbido leve, pero que sin embargo era extrañamente molesto. Fabián seguía tan desconcertado como al principio. - ¿Jefe, quisiera explicarme qué es todo esto? comenzaba a sentir las sombras del sueño, y por tanto su fastidio iba levemente en aumento. Y lo que estaba ocurriendo le parecía a todas luces una soberana estupidez. - Creo que será mejor que te lo explique el geniecillo elevó la voz un poco-: Selvaggi, cuando termine de operar su máquina, quisiera que nos explique qué es lo que sucederá. - Por supuesto, disculpe Jefe García. En un par de minutos estoy con ustedes siguió conectando terminales, y de pronto las planchas en los ángulos de la habitación comenzaron a crecer hacia el techo, deteniéndose a escasos centímetros del mismo. Finalmente el muchacho activó un mando y el zumbido aumentó un poco. Fabián hizo una mueca de disgusto, pero se propuso ser paciente una vez más. Los otros dos hombres no parecieron inmutarse-. - Bien, Jefe, todo está listo. En aproximadamente media hora tendremos al culpable dijo Selvaggi con la misma seguridad con la que afirmaría que el sol saldría al día siguiente. - ¿Tan sencillo? Disculpe si le pregunto cómo conseguirá tamaña información con su juguete -Fabián habló con tono burlón, y no intentó disimularlo. Estaba hartándose del sujeto. Selvaggi se levantó de la silla y se acercó pausadamente al grupo de los cuatro hombres. - Detective Bloise, caballeros, ahora les explicaré el fundamento de este dispositivo, que como ven ya está trabajando su tono no denotó haber acusado recibo del despecho de Fabián-. Esto es, a falta de un nombre mejor, un detector molecular de imágenes. Si todo va bien, y seguro que así irá, nos permitirá conocer la identidad del asesino reconstruyendo su imagen. - Quisiera saber, en palabras simples ya que no soy científico, cómo opera esta máquina. Y concretamente, qué grado de fiabilidad posee intervino Menéndez por primera vez. Su voz era pausada, siguiendo las indicaciones de Selvaggi. - Claro. Verán, nosotros estamos viéndonos entre sí, podemos ver al difunto señor Ming, y podemos ver el resto de esta habitación, su mobiliario, mi máquina, etcétera. Pero en realidad lo que detectamos no es la materia en sí, sino tan sólo el reflejo de la luz en ella. Si quieren, todo lo que vemos no es más que una representación indirecta de la realidad. - La dimensión desconocida. Lo que vemos no existe dijo Fabián seriamente, sin mostrar si su comentario era real o en sorna-. - Nada de eso, detective. Es simple física. Supongamos que esta habitación estuviera a oscuras, y que ninguno de nosotros hablara, y además estuviéramos a una distancia tal que aún extendiendo los brazos no pudiéramos tocarnos o tocar algún mueble. Nos sería imposible discernir si estamos aquí o en una habitación completamente vacía. Sin embargo, basta con acercarse a algún objeto o persona y tocarla para advertir su existencia. Podríamos decir que usamos otro sentido, el tacto, que reconoce algo que quizás efectivamente no existe; pero entraríamos en cuestiones metafísicas que, reconozco, no son mi fuerte - Continúe, por favor dijo Liu, mostrando interés en su rostro. A Fabián lo sorprendió esa atención que el embajador dispensaba a tamaño relato, y comenzó a pensar que quizá hubiera algo de cierto en esta historia del detector nosecuánto. El zumbido de la máquina y su propia somnolencia impedían su concentración total, reconoció para sus adentros. Hizo un esfuerzo consciente por seguir la explicación. - por ejemplo, yo estoy mirando al detective Bloise en este instante. Veo el reflejo de la luz que proviene de esa lámpara señaló hacia el techo-, la luz rebota en su rostro y llega a mis retinas. Supongamos una mesa de billar. La fuente de luz es el jugador, el rostro del detective la banda, y mis ojos la bola a contactar. ¿Qué es lo que hay en el trayecto, además de lo mencionado? sus ojos brillaron, manteniendo el suspenso como un buen maestro de ceremonias. - Aire respondió García-. - Correcto. Millones de moléculas de nitrógeno y oxígeno, y en mucha menor medida otros gases que no vienen al caso. Sucede que la luz se compone de fotones, los que salen disparados de la fuente lumínica hacia su objetivo, rebotan en todas sus caras y salen nuevamente disparados en todas direcciones pero ahora con determinadas longitudes de onda, correspondientes a los colores del objeto o persona. Estos nuevos fotones interactúan con las moléculas del aire, si bien no las «golpean» pues su masa es despreciable, sí les transfieren energía. Los electrones periféricos de las moléculas pasan a órbitas superiores, luego caen y a su vez emiten fotones de energía exactamente equivalentes en cuanto a su frecuencia - Bueno, Selvaggi, todo eso está muy bien, pero intente ir al grano dijo García secamente-. - Muy bien, jefe. Imaginen un cuarto con millones de pequeños espejos, flotando lenta y desordenadamente en el aire graficó con sus manos, intentando no agitar demasiado el mismo-. La luz que primero iluminó al asesino ha impactado luego en estos espejitos, y va rebotando rápida y continuamente, virtualmente sin pérdida de energía y sin modificar su color. Son millones de puntos de información cromática, llamados pixels. Las imágenes de los hechos transcurridos aquí siguen estando aquí, pero en una forma desordenada, fragmentadas en millones de pixels que aún siguen rebotando anárquicamente por esta habitación. El tema es detectar los pixels y ordenarlos. Y ahí entra en acción mi máquina dijo con evidente orgullo. - A ver si entendí, ¿quiere usted decir que puede ver los sucesos del pasado? ¿Puede ver la foto del asesino? preguntó un ya algo exasperado Fabián. - ¡Por supuesto! Voy a darle un ejemplo burdo pero efectivo, que le ampliará el concepto, detective. Las estrellas señaló al techo-, muchas de las que usted ve noche tras noche ya no existen desde hace millones de años. Pero su luz ha seguido viajando para que usted sepa cómo se veían hace milenios. ¿Acaso no está así viendo el pasado? Por cierto que Fabián podía ser escéptico pero no era tonto, así que entendió la analogía perfectamente. Y considerando los personajes presentes en la habitación, y que ninguno parecía dudar de la eficacia del extraño dispositivo, tuvo que aceptar la posibilidad de que la máquina realmente funcionara. - Bien, ya entendí. Sólo una pregunta, Selvaggi - Por supuesto. - ¿Acaso los reflejos moleculares no serían totalmente caóticos? Millones de choques, fotones, nuevos choques ¿Puede sacarse algo en limpio de semejante caos? - La respuesta es sí, detective. No es sencillo, pero lo hemos logrado. Si bien el caos existe desde el inicio, sólo luego de unas pocas horas llega a un punto en el que resulta imposible reunir datos útiles. El detector ya ha sido probado otras veces, aunque esto no ha tomado estado público. Y siempre ha funcionado. - ¿Y qué hay del tema legal? preguntó Menéndez-. ¿Acaso una corte aceptaría una prueba semejante? - Selvaggi sonrió ampliamente: - El Juzgado Federal, caballeros, ayer por la mañana ha aprobado le método para casos excepcionales. Y éste cuadra dentro del rótulo. Estamos de estreno, si se quiere - ¡Increíble! - Tan sólo ciencia, jefe García miró de reojo a la pantalla-. Y ahora si me permiten volverá a mi detector, pues veo que tenemos algo preliminar. Todos se acercaron lentamente, ya acondicionados a las indicaciones impartidas por el extraño sujeto. Selvaggi tomó asiento frente al monitor, y éste mostraba una imagen totalmente sin sentido, un verdadero rompecabezas con piezas diferentemente enfocadas que mareaban cuando se intentaba fijar la vista. Por alguna razón Fabián sintió un vago deseo de vomitar, que prontamente suprimió. - Disculpe, pero no entiendo la figura dijo Liu amablemente. «Con paciencia china», pensó Fabián. - Es la preimagen. Ahora la computadora enfocará los retazos y los ensamblará de la forma más conveniente, y en pocos segundos tendremos algo que ver. Efectivamente, pocos segundos después apareció una imagen asombrosamente nítida. En la misma se veía a dos corpulentos chinos. Uno parecía dirigirse al escritorio donde yacía Ming, mientras que el otro se hallaba apoyado en una de las paredes laterales, mirando al piso. Fabián miró a su jefe. - Son los guardaespaldas respondió García a la muda pregunta de su subalterno. Entones, ¿el detector afirma que han sido ellos? preguntó sorprendido Fabián. - No respondió Selvaggi mientras miraba las lecturas de la máquina-. Esta toma tiene una hora de expuesta. Interpreto que es el momento en que los guardaespaldas hallaban a su patrón muerto. - ¿Qué está haciendo el hombre apoyado en la pared? Liu señaló al mismo. - Parecería que está vomitando dijo extrañado Fabián. - Un guardaespaldas no vomitaría por ver un cadáver. Debió ser el efecto de la droga acotó Liu. Mientras tanto, Selvaggi ya se había levantado y dirigido al sector de la alfombra en cuestión, guiado por la imagen. Llamó a los otros y señaló el piso, donde podía verse una mancha seca con pequeños restos de comida. Fabián no la había advertido hasta ese momento. - Aquí está el vómito dijo seriamente, refrenando su emoción. - Funciona dijo perplejo García-. No puedo creer lo que veo. - ¿Por qué la toma no muestra al asesino? preguntó Fabián. - El proceso no es exacto, pero una vez obtenida la imagen, la computadora sí puede determinar la diferencia horaria entre el presente y la toma del pasado. En este caso, hace exactamente una hora sucedió esto que ven, en este cuarto. El vómito lo prueba. Ahora calibraré el detector para fijar otra imagen más hacia el pasado, creo que luego de algunos intentos lo lograremos dijo confiado. Se sentó nuevamente en los controles y manipuló los mismos. El zumbido aumentó aún más. - Cuanto más tiempo ha pasado, más caótica es la señal molecular. Las planchas deben trabajar más sobrecargadas dijo Selvaggi, a modo de disculpa por el molesto zumbido. Fabián cabeceó ligeramente con los ojos cerrados, intentando librarse del sonido en cuestión, pero fracasó. Se resignó a esperar que todo ese suplicio pasara pronto. Una segunda imagen apareció en la pantalla pocos minutos después. Era más o menos similar a la primera, totalmente confusa. Fabián la miró brevemente y quitó la vista, no fuera que le diera náuseas otra vez. Selvaggi procesó nuevamente la toma y obtuvo una segunda foto, tan nítida como la primera. La foto mostraba la habitación vacía, a excepción de Ming, quien ya yacía en su silla con su balazo en la frente. - Bueno, esta toma tiene casi tres horas según lo que dice la máquina dijo Selvaggi, algo contrariado por el escaso aporte de datos de la nueva toma. - No nos dice nada que no sepamos observó García. - Nos muestra al hombre asesinado, antes de que nadie lo hallara objetó Selvaggi. - Lo lamento, no quise ofenderlo replicó rápidamente García. - No tiene que disculparse, jefe. En breve tendremos al asesino, se lo aseguro. Selvaggi quitó la foto del monitor y se dispuso a una nueva búsqueda. El zumbido aumentó aún más. Fabián tenía ya los nervios de punta, y notó que el resto de los presentes (a excepción, claro, del científico) también comenzaban a hallarse molestos por el tema, incluso el imperturbable señor Liu. Resignado, se dispuso a soportar un poco más. Si las cosas salían como parecía, pronto acabaría todo. Luego de unos minutos interminables apareció otra preimagen. La computadora la procesó rápidamente, y esta vez sí obtuvieron la información deseada. Y la precisión, para una máquina que no podía ajustarse a un período de tiempo determinado, fue realmente notable. En la foto se veía, desde un imposible ángulo lateral, a un sorprendido Ming a la derecha de la imagen en el preciso instante en que una bala le atravesaba la frente. Incluso podía verse la salpicadura de sangre en un trayecto de pocos centímetros por delante del punto de impacto. A la izquierda por supuesto estaba un ininmutable Fabián Bloise, con el brazo en alto empuñando un arma, de la que aún salía una débil voluta de humo. La foto era totalmente convincente. Todos los presentes elevaron la vista hacia casi un histérico Fabián, sólo Selvaggi la desvió al cabo de un par de segundos para fijarla en su detector. - Cuatro horas y tres minutos hacia el pasado. Hemos captado el instante preciso se limitó a decir, mirando nuevamente a Fabián. Fabián dio un par de pasos hacia atrás, mientras miraba horrorizado a cada uno de los presentes, y luego nuevamente su propia foto asesinando al señor Ming. El zumbido era totalmente insoportable en esos momentos. Sacó un arma del saco rápidamente, con la naturalidad con la que sacaría un pañuelo, y apuntó a Selvaggi. - Pibe, apagá esa máquina, ¿querés? - Yo ya la he desconectado, detective. Las planchas tardarán un poco en enfriarse, y es por eso que Fabián desvió el arma sólo un poco, y disparó un par de tiros sobre el artefacto. Saltaron chispas y se produjo una pequeña explosión, y por fin el detector enmudeció. Nadie se atrevió a moverse. Inmediatamente apuntó hacia el dispositivo de apertura por encima de la puerta, y disparó nuevamente. Un chispazo, y la puerta había quedado definitivamente sellada. Por detrás de la puerta pudo escuchar el revuelo de los chapas, quienes habían sido tomados por sorpresa e intentaban a los gritos averiguar qué era lo que estaba pasando del otro lado de la ahora inexpugnable puerta. Fabián apuntó nuevamente al grupo, sin ninguna idea preconcebida. Había sido tomado literalmente por sorpresa, ya que su trabajo había sido completamente limpio. Ninguna huella ni material orgánico, los guardaespaldas anulados, un sencillo tiro y a casa a esperar el curso de los acontecimientos. Por supuesto que había verificado que no hubiera cámaras que eventualmente pudieran filmarlo, excepto la de la entrada que había desactivado, pero aunque lo hubieran registrado sabía que ninguna corte aceptaría un video como prueba, video que podía ser fraguado de la manera más simple por cualquier chico con una computadora. - Bloise, dejate de joder y dame el arma dijo García. - Olvídelo, jefe. No pienso entregarme. Nada personal, ¿comprende? Tanto Liu como Menéndez permanecían tranquilos pero sin sacar la vista del arma que empuñaba. Fabián pensó fugazmente que el asesor había sido bien elegido: imperturbable como los chinos. En cambio García parecía manifiestamente incómodo ante la situación, teniendo en cuenta que el imputado era su subordinado de muchos años. En cuanto a Selvaggi, temblaba y sudaba como una hoja, y no podía disimularlo. Por un momento pensó que iba a echarse a llorar. - Me imagino que el muchacho trabaja mucho en el laboratorio y poco en la calle, ¿no? No lo noto muy fogueado dijo, intentando ganar tiempo mientras decidía qué hacer. Bloise, quisiera aclararte ciertas cosas pero antes, por favor, necesitamos saber por qué mataste a Ming. Fabián miró a su jefe, dudando unos instantes. Suspiró brevemente y comenzó a contar su historia, sin dejar de apuntar al grupo. - Mire, jefe, usted puede deducir perfectamente por qué lo maté. Me conoce demasiado bien. Las razones son dos: la primera es que no me agradan los chinos miró con desprecio a Liu, quien por primera vez denotó algo parecido al odio-. Nos están invadiendo, jefe. Cada vez son más, están abarrotados literalmente. No les permiten tener hijos, salvo a una elite, aunque seguramente el embajador dijo esto con manifiesta sorna- negará esto. Aquí tienen territorio y peso político. Espere un par de décadas, y el presidente será chino. Se lo aseguro. - La segunda razón, supongo, es dinero. Los Nacionalistas te pagaron por ello dijo García. - Sí, cobré algún dinero. De todos modos lo necesitaba, no sabía cómo progresaría la investigación y calcule que existía una pequeña posibilidad de tener que irme del país. Claro que no es lo que deseaba, pero en fin. - Un idealista dijo Menéndez, perdiendo su parsimonia habitual. Fabián le apuntó con su arma, y decidió callar mientras hacía un gesto de «muy bien, ya no hablo» con sus manos. - ¿Por qué Ming? preguntó Liu, haciendo caso omiso de los comentarios anteriores de Fabián. Sabía perfectamente por qué, pero necesitaba escucharlo de los labios del asesino. - Ming era un hombre poderoso en la comunidad china. Su muerte creará un sentimiento de inseguridad en las masas poblacionales que desean venir a la Argentina, y tenga por seguro que lo pensarán dos veces antes de orientar sus naves hacia nuestra costa. - Las leyes nos amparan, detective. No puede creer que asesinando a algunos compatriotas, usted y otros como usted lograrán evitar la inmigración dijo casi sorprendido. - Quiero que le quede claro a usted, embajador, y a los otros, que no me gusta matar gente, sea de la nacionalidad que fuere. Pero sí creo que esta muerte era absolutamente necesaria. Y tenga por seguro que no será la última, como bien sabe no soy el único que piensa que nos están invadiendo. - Bloise, ahora que está aclarado, escuchame atentamente -dijo García. Fabián escuchó un siseo detrás de la puerta, e hizo un gesto de silencio a los hombres. Sabía lo que estaba por pasar, y tenía poco tiempo. Segundos después una zona de la puerta metálica adquirió una luminosidad blanquecina, y luego apareció la luz que horadaba el acero. Un soplete láser. La luz comenzó a caminar muy lentamente. Tenía unos cinco minutos, no más, antes de que los chapas entraran y todo acabara. - Bloise, miralo a Ming dijo perentoriamente García, y Fabián (quizá más por reflejo) le hizo caso, mientras daba un paso atrás sin perder de vista al grupo. - ¿Qué pasa con él? replicó. - Ming no está muerto. - ¿Qué? - Ming no está muerto repitió García-. Lo que ves ahí es un muñeco de silicona y tejido biológico de cultivo. Un doble, si querés, pero inanimado. Poco después de que le disparaste a Ming los guardaespaldas lo encontraron. No fueron tres horas después como dijo Selvaggi, fueron unos quince o veinte minutos, quizá calculaste mal el sedante. Ming está en terapia intensiva, pero va a quedar como nuevo en menos de un mes. Están reconstruyendo su trama neuroaxónica - ¡No es cierto! gritó Fabián. Retrocedió un par de pasos hasta quedar al lado de Ming, y sin dejar de vigilar a los hombres extendió su mano y tocó la del difunto. Frialdad pegajosa, típica del muerto reciente. Le estaban mintiendo. - García entendió la maniobra de Fabián: - No te fiés de su mano. Es una reproducción literalmente perfecta de su exterior - Sigo sin creerle, jefe. Los cargos por intento de asesinato son mucho más leves que por asesinato. Eso lo sé yo y cualquier ciudadano que vea hipervisión. Me está verseando para que me entregue pacíficamente. La gran puta, si no fuera por esa máquina - La máquina no sirve para nada sentenció García-. Eso sí es mentira, y no lo de Ming. - ¿Qué? - La máquina es un engaño repitió García pacientemente-. Selvaggi, que por supuesto no se llama así, es un actor. Por eso está temblando como una hoja. Y el detector molecular sencillamente no existe, es un invento del Departamento de Psiquiatría del Sector Dos. - Me tendieron una trampa dijo Fabián totalmente desconcertado. Un ligero mareo se estaba apoderando de él, pero logró mantenerse firme mientras de reojo observaba el avance del surco en la puerta, a la vez que el griterío aumentaba por detrás. - Sí habrás observado las luces y las imágenes, y el zumbido - El zumbido ese de mierda. - Teníamos que desconcertarte, de lo contrario hubieras detectado el engaño. - ¿Cómo supieron que había sido yo? - Ming tenía un botón de grabación y registro de veinticuatro horas, que no notaste. Similar a los botones del chaleco del falso cadáver. A partir de esa información supimos que vos le habías disparado al hombre, luego reconstruimos por computadora la imagen lateral tuya y de Ming. - Las otras dos fotos - Reconstrucción del hecho, como en la hipervisión. Pusimos al muñeco, y en la otra a los guardaespaldas actuando. Fabián miró los botones, que eran realmente muy pequeños como para albergar cámara y a la vez una grabadora de un tiempo aceptable. - Tecnología china dijo simplemente Liu, sin intentar ser peyorativo. Fabián miró nuevamente al embajador, con ojos fríos que no eran precisamente despectivos. García captó inmediatamente la idea. - Ni lo pienses, Bloise. Si matás al señor Liu, vas a tener problemas de verdad. Te repito que aún no mataste a nadie se apresuró a decir. - Sigo sin creerle, jefe. Ming está ahí. Bueno, entonces creé esto: tu disparo me dará tiempo a desenfundar mi arma y dispararte. Y te juro que lo haré. Fabián se quedó mudo, pensando en las probabilidades de lograr algún éxito. Miró por última vez la puerta, y la pesada plancha de acero ya crujía, doblándose en una improvisada bisagra por su propio peso. Finalmente cayó con un estruendo, y cinco chapas se abalanzaron al interior apuntando a Fabián con sus armas. Sus rostros mostraban genuina sorpresa, muchos lo conocían y era evidente que no sabían nada de la trampa que se había gestado en el interior de la habitación. Fabián apuntó firme y rápidamente a García, sabía que el condicionamiento de los chapas por mantener vivo a su jefe sería mayor del que pudieran sentir por cualquiera de los otros tres hombres. - Muchachos, el más mínimo amague y disparo dijo con la mayor tranquilidad que le fue posible. Los policías se mantuvieron apuntándole, expectantes. - Bloise, todo acabó. Dejate de pavadas y entregame el arma, ¿querés? dijo García, esta vez casi suplicando. - No puedo hacerlo, jefe. De veras lo siento. - Pensá en tu esposa siquiera. - Con la pensión seguro va a hacer una fiesta. Desde luego está invitado. - Pero cortala, querés? Si te hacés matar tu esposa no va a cobrar ni un centavo. - Si me llevara bien con mi esposa, no me habría metido en este lío. Si no cobra, mala suerte. - Por última vez te pido, Bloise, entregate. Te juro que Ming está vivo. Fabián sonrió por última vez, se introdujo el arma en la boca y apuntó hacia la coronilla. Y disparó. La ambulancia morguera se hizo presente veinte minutos después, ya no había prisa pues poco quedaba por hacer con Fabián Bloise. El detective sabía lo que hacía, y conocía perfectamente la forma correcta de suicidarse sin ninguna posibilidad de quedar con vida. García miró el cuerpo inerte de su subordinado de años, y suspiró. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes. El cadáver fue embolsado y cargado prestamente por dos policías, y llevado a la ambulancia que partió sin prisa rumbo a la Morgue Judicial. El actor que había personificado a Selvaggi ya se había retirado, cobrando sus honorarios con jugoso extra por mantener la boca cerrada en todo lo que se refiriera a los sucesos acaecidos esa noche. El embajador Liu y el asesor Menéndez aún se encontraban en la escena, supervisando los movimientos de la policía. Liu se acercó a García, y le hizo un a profunda inclinación de cabeza. - Detective en jefe García, en nombre del pueblo chino le doy mi más humilde agradecimiento por el rápido esclarecimiento de este caso. - Sólo cumplí con mi trabajo, señor embajador. - Sabe, sin intentar interferir con los procedimientos de rigor, desearíamos que estos lamentables sucesos no tomaran estado público en la forma en que han sucedido. Si así fuera, el detective Bloise sería un mártir, y no es lo que deseamos. - Claro que no dijo García entre dientes. - Tampoco creemos necesario denigrar la memoria del detective Bloise. Un lamentable accidente, sufrido en el cumplimiento del deber. Desearíamos que su esposa cobrara su pensión, con una ayuda extra que el gobierno chino estaría deseoso de aportar. - Por supuesto. Pero así no tendremos un culpable. Nadie excepto nosotros y los guardaespaldas saben lo que ha sucedido aquí, tanto el señor Ming como con el detective Bloise - ¿Y cómo se encuentra el señor Ming? - Reponiéndose satisfactoriamente. Como usted bien dijo, en menos de un mes estará como nuevo. Diremos que estuvo internado por una enfermedad cardíaca. Su familia está de acuerdo, y sé que el señor Ming cuando se halle lúcido también decidirá que esa pequeña mentira es lo correcto. Muchas gracias nuevamente, detective en jefe García. Una nueva inclinación, y él y su asesor salieron por la ahora totalmente abierta puerta. El utópico detector molecular ya había sido retirado por la policía. Obreros chinos ya estaban trabajando para cambiar la puerta y la alfombra, y en menos de una hora nadie sabría lo que había sucedido allí. García se acercó al escritorio enfrentando al falso Ming, que seguía imperturbable con su balazo en la frente. Apoyó los nudillos de sus manos cerradas en el escritorio, mirándolo fijamente, no pudiendo en verdad creer que lo que veía no era más que un muñeco. - Malditos chinos dijo en voz baja, casi inaudible. 24 de abril de 1999 Poesías Selección de poesías de la obra ganadora del Premio "Dr. Baldomero Fernández Moreno", organizado por la AMM RegresoPor Francisco Alberto Giúdice VOCES DE LAS MERCEDES (II) Amanda, pájaro y viento Sobre la verde hierba bajo las copas verdes, apenas se va, regresa, pájaro y viento, mientras, umbría la tarde se extiende bajo el tejado. Vienen y van sus pasos cortos. No queda en su boca loca más que una palabra sola musitada como un rezo. El murmullo del otoño -hojas doradas sobre el sendero- restó su voz al paisaje. Viene y va a saltitos cortos.
ANABASIS Lauda Quiere alabarte, Señor; esta mi carne breve; quiere rogarte, Señor; esta esperanza mía; ayúdalas, Señor. Guarda mis labios para orar, para la palabra justa y oportuna que otorgue amor, sendero y paz a quien la escuche; aquel sonido que exprese, cabal, lo que otros buscan en las noches sin fronteras: un simple destello, una señal apenas. ¡Escúchame, Señor!
Poesía que va Confuso yo, tú me acaricias hábil y discreta: ingenio inalterado que te afirmas popular o selecta; indiferente, a veces; a veces, sorprendida. ¿Somos tú y yo o es que estoy solo? ¿Eres tú la solitaria o te dibujo para hablarte? He de quedarme aquí a responder a nadie. Hablo a medias palabras para que algún... me siga. Soy contigo cada día aquel amor arrodillado, aquel beso primero, aquel que fue final, pasado adiós. Mi caricia supo ser llanura bajo la lluvia; mi boca y el silencio compartieron las tardes. Nada que odiar ni perdonar, al fin, el drama elemental: fragilidad y tormenta; inocencia y destino. Soy cada instante y siempre. A veces mi pluma escribe; a veces, vuela; otras, espera. Eres la fuente transparente y vuelves a erguir sobre la tierra una esperanza de arena. Somos el ser absoluto, el ser definitivo. Somos un sueño que sueña. Una palabra pesa y abre; otra le sigue: tras la lengua experta, mi corazón alerta. Surgimos, renacemos, y, sueltos de lenguaje, desechamos excusas y razones: subimos un peldaño... y eso basta. Buenos Aires, 10/05/97 ¡Felíz Cumple!
Redención Se yergue lento y bello el remendado defecto; crecen espaldas que mal capa las encubre y odiosamente ilumina la redondez de una úlcera. La tierra núbil se escapa como carne de ilusión. Brota, crece y sube embrión azul de redención finita, de sonrisas o ironía... y un alta se eleva tras otro que declina. El alma despierta cada sueño para luego reposar en la vigilia y el hombre vuelve a decir ¡yo creo! Bs. As., 08/05/87 |