BOLETIN CIENTIFICO

Asociación de Médicos Municipales de la CBA

Instituto para el Desarrollo Humano y la Salud

Año 8 - Nº37 - Octubre de 2003


SUMARIO

Cambios culturales y epidemiológicos en el enfoque de la promoción de la salud

Alcanzar la excelencia en salud pública


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


CAMBIOS CULTURALES Y EPIDEMIOLOGICOS EN EL ENFOQUE DE LA PROMOCION DE LA SALUD

Lic. Ana María Méndes Diz

Secretaria Académica de la Maestría en Salud Pública de la Asociación de Médicos Municipales de la CBA y la Universidad del Salvador

IntroducciOn

La salud se ha convertido en los últimos tiempos en un tema de interés, tanto a nivel político como cultural. Lo “saludable” ha ocupado un lugar central en la cultura contemporánea como imagen de juventud, vitalidad y energía y como eje de los discursos populares: la gente debe poder vivir vidas saludables.

La promoción de la salud se convierte así en una clave emblemática de cambios sociales y culturales más amplios;  cambios que tienen que ver con procesos asociados con la modernidad tardía (1), con el surgimiento de la sociedad de riesgo (2) y con la creciente preocupación por el cuerpo vinculada a la cultura del consumo (3).

LA PROMOCION DE LA SALUD. UNA PERSPECTIVA DIFERENTE EN SALUD PUBLICA

El término promoción de la salud era aún desconocido hacia fines de los ‘70; adquirió notoriedad en menos de una década y actualmente ha irrum-pido en la agenda de la mayoría de los países occidentales industrializados. Todo se inició cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) se encontraba en proceso de planificar su programa de Educación para la Salud para el período 1980-1984.

Si bien empezaba a entenderse que el uso del sistema de salud era sólo una de las maneras de mantener y mejorar la salud, todavía se carecía de un marco conceptual que permitiera entender con más rigurosidad este enfoque de la salud pública.

Pero ¿por qué permaneció esta perspectiva de la salud a nivel de retórica y tardó tanto en trasladarse a la acción? Evidentemente no era fácil incorporarla dentro de un contexto en el que la medicina mantenía y aún mantiene un enfoque curativo. No hay duda de que el programa de Salud para Todos, impulsado por la OMS, sirvió de apoyo decisivo para imple-mentar este nuevo modelo en salud.

Cuando se hace referencia a la promoción de la salud, ésta aparece ligada generalmente a la denominada “Carta de Ottawa”, surgida de la Primera Conferencia Internacional de Promoción de la Salud realizada en 1986 en Canadá, y más recientemente a la Cuarta Conferencia Internacional que tuvo lugar en Jakarta (4). En esta instancia, se identificaron puntos de acción para llevar adelante la agenda de promoción de la salud en el siglo XXI:

a. promover la responsabilidad social de la salud, es decir, alentar la acción de los sectores público y privado en torno al objetivo de evitar los daños a la salud,

b. incrementar las inversiones en desarrollo de la salud, mediante un enfoque multisectorial y priorizar las necesidades de grupos particulares,

c. consolidar y expandir la cooperación entre actores sociales en torno a la salud,

d. incrementar la capacidad de la comunidad y empoderar a los individuos en temas de salud (es decir, concebir la promoción de la salud por y con las personas, y no hacia ellas),

e. asegurar una infraestructura para la promoción de la salud (en particular, a través del trabajo en ámbitos educativos y laborales).

LOS CONTORNOS POSMODERNOS DE LA PROMOCION DE LA SALUD

Se argumenta que la promoción de la salud contiene en su teoría y práctica elementos contradictorios, tanto del paradigma moderno como del posmo-derno (5).

Los breves comentarios que aparecen a continuación, acerca de lo que algunos autores entienden por modernidad tardía o posmodernidad, ayudarán a comprender el encuadre de la cuestión en promoción de la salud dentro de los valores que privilegia esta edad de la cultura, al decir de Lyotard (6). Cabe señalar que en nuestro país, por su situación de desarrollo incompleto, el fenómeno de la posmodernidad no llegó a instalarse como en los países centrales.

La cultura posmoderna acentúa el individualismo en un “proceso de personalización” que abarca todos los aspectos de la vida social, sostiene Lipovetsky (7). Se promueve como valor fundamental el de la realización personal y el respeto a la singularidad subjetiva, que coloca al individuo libre como valor cardinal. Este desarrollo de los derechos y deseos individuales ha sido posible gracias a la transformación de los estilos de vida estrechamente ligados a la revolución del consumo. Así, el hecho social y cultural más significativo de nuestro tiempo es el vivir con libertad, escogiendo íntegramente el modo de existencia de cada uno. Y por fin, un rasgo característico de lo posmoderno es la imperiosa necesidad de mantenerse joven (8). Se exalta el cuerpo a través de dietas, gimnasias, tratamientos revitalizantes y cirugías estéticas como si se tratara de una rebelión contra las leyes de la Naturaleza, intentando detener el paso del tiempo desde la camilla de un quirófano.

Parafraseando a Finkielkraut (9), “vivimos la hora de los feelings, ya no existe verdad ni mentira, sino una paleta infinita de placeres”, el egocéntrico posmoderno ha sustituido al individuo racional de la modernidad .

Así entendida, la concepción de posmodernidad está en consonancia con la concepción de la promoción de la salud en cuanto a diversos aspectos sobre los que reflexiono a continuación.

La negación de la ciencia médica como base única y la inclusión en su lugar de nociones de completo bienestar,  implica una postura relativista propia de lo posmoderno, que supera la verdad absoluta del estar sano o del estar enfermo: la promoción de la salud pone, entre otros aspectos, el acento en lo estético y en lo subjetivo proponiendo una noción de salud que se distancia de la racionalidad médica tradicional.

En la posmodernidad, la función del Estado como herramienta de regulación social y económica ha ido de-sapareciendo: esta nueva visión propone compartir el control de la salud entre el Estado y las comunidades, incluso con un fuerte énfasis en la responsabilidad individual que podría llegar a suplantar la responsabilidad estatal.

La hiperdiferenciación propia de la época posmoderna se plasma en la diversidad de paradigmas provenientes de distintas disciplinas -sociología, educación, psicología- que compiten y/o se complementan en el enfoque de la promoción de la salud, así como en los diversos grupos profesionales que abordan su práctica (médicos, enfermeras, trabajadores sociales, educadores sanitarios, trabajadores comunitarios, etc.).

La reflexividad posmoderna, que coloca las responsabilidades en el individuo, da pie a la creciente tendencia de colocar a la salud en la esfera privada de las personas. El promotor de la salud coloniza el mundo privado, invade sus hábitos sexuales, alimen-tarios, la forma de criar los hijos y el modo de vestirse, entre tantos otros aspectos. Lo cierto es que la promoción de la salud puede llegar a ser mucho más intrusiva de la vida privada de lo que pudo ser, o aún es, la medicina.

El hiperconsumismo está presente en el resurgimiento de la promoción de la salud; en sus orígenes estuvo ligada a un ethos orientado al consumo que desdibujó los límites entre la producción de salud y el consumo de salud. En este sentido, la noción de responsabilidad sobre la propia salud ha servido tanto a los intereses de empresarios comerciales como de promotores de la salud.

Al cabo de estas reflexiones, es justo reconocer que se vislumbra el derrumbe de algunos conceptos en las esferas dominantes de la Salud Pública, con la aparición de nuevas preocupaciones por la inequidad en salud y la necesidad de incluir los nuevos excluidos de los sistemas formales de salud.

LAS ENFERMEDADES CRONICAS COMO PIVOTE DE LA PROMOCION DE LA SALUD

El surgimiento de la promoción de la salud fue simultáneamente una necesidad epidemiológica y una conveniencia económica (10). La idea fue abrazada por el Estado y por los intereses profesionales y comerciales.

La sobreutilización de servicios de salud dio pie a una política de reducción de costos, que volvió a colocar en la agenda de las políticas de salud la promoción y prevención de enfermedades que durante décadas habían sido dejadas de lado por la preocupación en la formulación y estimulación de estrategias que incrementaran el uso de los recursos y servicios de salud.

Los datos mostraban que las enfermedades crónicas podían ser controladas a través de un mayor compromiso de las personas con su propia salud, y que la educación de los pacientes, los grupos de autocuidado y los esfuerzos comunitarios podrían lograr cambios significativos en la estimula-ción de comportamientos saludables y en la reducción de factores de riesgo.

Las iniciativas de autoayuda trasladaron el énfasis de las campañas o programas diseñados por el Estado a una suerte de movimientos sociales orientados al involucramiento e iniciativa personal en el control de las enfermedades crónicas.

Si la revolución epidemiológica del siglo XIX, sin lugar a dudas, se debió a los extraordinarios avances científicos biomédicos y tecnológicos logrados, la segunda revolución epidemiológica estuvo acompañada por una creciente aceptación en los círculos médicos y políticos de las enfermedades crónicas como tema fundamental de las sociedades industriales. Esto implicó un cambio en la perspectiva médica de la enfermedad hacia la salud y una profunda reflexión sobre nuevos para-digmas, nuevos métodos y aun nuevas definiciones de salud.

En este sentido, enfermedades tales como el cáncer o las enfermedades car-diovasculares han reposicionado las acciones médicas hacia la presión en los comportamientos de las personas, explicados por el concepto de estilos de vida. Sin embargo, el considerar que estas enfermedades podían deberse a comportamientos de las personas impuso una dosis de culpabilidad a las víctimas: si una enfermedad es preve-nible adoptando determinadas conductas, de esta argumentación se desprende que las víctimas de tales patologías son al menos parcialmente culpables de su padecimiento. Este argumento deja de lado la influencia que las condiciones de existencia tienen sobre los sujetos cuyas conductas sa-ludables o patogénicas distan mucho de ser elegidas.

Esta circunstancia nos enfrenta a un profundo debate al interior de la promoción de la salud.

A MODO DE EPILOGO

La vinculación entre salud y estilo de vida es fundamentalmente política, validada por una ideología liberal y alimentada por un profesionalismo tec-nocrático orientado hacia la perspectiva de resolución de problemas en salud. Si a fines de los ‘70 la vida cotidiana se volvió medicalizada, a fines de los ‘80 la salud se volvió persona-lizada , fragmentada y “estilizada”.

La salud pasó de conceptualizarse como ausencia de enfermedad, al concepto de bienestar que involucra lo social. Esto puede ser entendido como un proceso de diferenciación o apertura de la salud en el contexto de la vida cotidiana: un proceso en el que las metas, los valores, los derechos y los deberes responden a nuevas ra-cionalidades sociopolíticas. La salud salió del campo médico para fusionarse con estilos y contextos sociales, económicos y culturales.

Estas racionalidades han servido para transformar la salud de un estado a una condición a ser alcanzada y evaluada en un proceso sistemático de monitoreo; la salud se convierte así en un proyecto biográfico.

A esta altura cabe preguntarse por qué la mayoría de los cambios de comportamiento en el sentido de la promoción de la salud involucran a individuos mejor educados de los segmentos medios y medios altos de la sociedad. ¿Por qué no ocurre lo mismo con los segmentos más bajos? ¿Es tal vez porque las ideas acerca de la “vida sana” provienen de la clase media que adhiere a valores diferentes de los de los grupos a quienes apuntan o deberían apuntar las acciones de promoción de la salud? ¿Estas actividades no los estarán marginando a partir de distinciones entre “sanos” y “no sanos”? Deberíamos preocuparnos, pues, de que la promoción de la salud se erija como una estrategia que nos acerque a la meta de Salud para Todos y no que se transforme en una herramienta más de exclusión.

NOTA: agradezco a la Lic. Silvia Necchi sus valiosos comentarios, que enriquecieron este artículo.

1)   Giddens A. Modernidad e identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea, Ed. Península, Buenos Aires, 1994.

2)   Beck U. The Risk Society Toward a new modernity, Sage, Londres, 1992.

3)   Csordas Th. Embodiement and Experience: the existencial ground of culture and self, Cambridge University Press, 1994.

4)      Organización Mundial de la Salud. Declaración de Yakarta sobre la conducción de la Promoción de la Salud hacia el siglo XXI, HPR/HEP/41, Ginebra, 1998.

5)   Burrows R., Nettleton S., Bunton R. Sociology and Health promotion. Health, risk and consumption under late modernism, Routledge, Londres, 1995.

6)   Lyotard J. La condición posmo-derna, REL, Buenos Aires, 1989.

7)   Lipovetsky G. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Anagrama, Barcelona, 1986.

8)   Obiols G. y Obiols S. Adolescencia, posmodernidad y escuela secundaria, Kapelusz, Buenos Aires, 1995.

9)   Finkielkraut A. La derrota del pensamiento, Anagrama, Barcelona, 1990.

10)   Green L., Kreuter M. Health Promotion Planning. An Educa-tional and Environmental Appro-ach, Mayfield Publishing Company, 1991. 

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MAESTRIA EN SALUD PUBLICA

ALCANZAR LA EXCELENCIA EN SALUD PUBLICA

Organizada por la AMM y la Universidad del Salvador, se desarrolla con gran éxito la Maestría en Salud Pública. El objetivo es formar líderes en conducción, investigación y docencia con un fuerte compromiso social

Desde el mes de agosto se está desarrollando la Maestría en Salud Pública, organizada en conjunto por la Asociación de Médicos Municipales de la Ciudad de Buenos Aires y la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador, a partir de un convenio que suscribieron ambas instituciones en marzo de este año.

Con la concurrencia de 40 alumnos y la participación de un destacado cuerpo docente, la Maestría se propone, como explica su directora Dra. Liliana Licciardi, “constituir un ámbito de capacitación que genere un grupo de profesionales que reúnan las capacidades, para liderar en nuestros hospitales esta especialidad que es la salud pública”.

LA INVESTIGACION EN SALUD

Como trabajo final los alumnos deberán presentar una tesis, que los docentes orientarán hacia investigaciones que propongan proyectos alternativos de gestión: “Esta posibilidad permite incorporar investigaciones de acuerdo a la necesidad que las instituciones, como la AMM, puedan tener. Así se podrán estudiar problemas y establecer proyectos que no sólo enriquezcan al alumno sino también a las entidades de salud. El que elige una maestría no la elige por un título sino por la esencia de lo que es la salud pública. Siempre hay un compromiso ético, político y social”, explica la Dra. Licciardi.

UN POCO DE HISTORIA HACIA EL FUTURO

La Maestría en Salud Pública de la Universidad del Salvador se creó en 1996 para impulsar la capacitación de profesionales sustentada en un modelo interdisciplinario de competencias y para dar respuesta a la necesidad de promover líderes sanitarios comprometidos con los procesos sociales y las condiciones de vida y salud de la comunidad.

Este año, a partir de la firma de un convenio, la Asociación de Médicos Municipales participa de esta actividad no sólo desde la organización sino también aportando docentes, material de consulta, su compromiso histórico con la salud pública y la vasta experiencia de los profesionales de los hospitales públicos de la Ciudad, profundos conocedores del sistema de salud porteño.

Este convenio, explica Liliana Licciar-di, es parte de la iniciativa de fortalecer este posgrado: “En este mismo sentido, trabajamos en el proyecto de garantía de calidad en la educación, y en otro de compromiso con organizaciones comunitarias que nos permita incorporar a los maestrandos en programas de desarrollo social a través, por ejemplo, de las áreas programáticas de los hospitales”.

El año próximo se abrirá la inscripción para una nueva edición de esta actividad académica.

 

LOS OBJETIVOS DE LA CAPACITACION

“Consolidar un grupo humano proveniente de los hospitales de la Ciudad que lidere y esté en condiciones de liderar la administración de los organismos y efectores públicos. En este momento no existe el acceso a los cargos de conducción por concurso, pero nosotros tenemos la posibilidad de generar un grupo humano, que habrá incorporado habilidades y destrezas, que sea la reserva para que en el futuro se puedan presentar profesionales capacitados a los concursos”, explica Licciardi.

PERFIL DEL EGRESADO

- Que adquiera metodologías, herramientas e instrumentos para desempeñarse en niveles de conducción, en áreas de investigación y de docencia en salud pública.

- Que reafirme la capacidad de participar e integrarse en equipos multidis-ciplinarios.

- Que aborde estudios de problemas y que aporte intervenciones desde una perspectiva macrosocial.

- Que incorpore prácticas y estrategias abiertas e integradoras sustentadas en principios bioé-ticos.

NUEVAS ACTIVIDADES UNIVERSITARIAS

La AMM proyecta nuevos cursos universitarios para el año próximo:

- Curso Universitario en Auditoría de Servicios de Salud: dirigido a todos los profesionales de la salud que aspiren a formarse en esta área, no sólo para el ejercicio de la actividad sino como un proceso de educación permanente.

- Curso Universitario de Actualización para graduados en Administración de Salud: bajo programa como Curso Superior Universitario de Administración de Servicios de Salud.

Estos cursos, que contemplan una duración de 750 horas, permitirán consolidar la permanente dedicación de la AMM para impulsar la capacitación que, en definitiva, representa un beneficio para los pacientes. Cabe destacar la colaboración que la institución ha recibido de las autoridades en salud para desarrollar esta tarea.

La actividad académica de la AMM significa un importante aporte a la Secretaría de Salud del GCBA en la jerarquización del personal de salud de los hospitales públicos de la Ciudad.

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