| Suplemento del Diario del
Mundo Hospitalario BOLETIN CIENTIFICO Asociación de Médicos Municipales de la CBA Instituto para el Desarrollo Humano y la Salud Año 6 - Nº24 - Abril de 2001LA COMUNIDAD COMO RECURSO HUMANO Y EL ROL DEL HOSPITAL PUBLICO
LA
COMUNIDAD COMO RECURSO HUMANO Y EL ROL DEL HOSPITAL PUBLICO Síntesis del trabajo que obtuvo el Premio Anual de Salud
Pública, edición 2000, organizado por la Asociación de Médicos
Municipales de la Ciudad de Buenos Aires Eduardo
del Cerro 1.
UNA APROXIMACION CULTURAL 1.1.
Salud: un concepto no unívoco En
nuestra sociedad el concepto de salud ha estado fuertemente vinculado con la
enfermedad y su recuperación a través de la acción asistencial, la utilización
acrítica del medicamento o la demanda de internación. Esto ha impedido que
concibamos la salud y la enfermedad como un proceso dinámico que afecta al ser
vivo en su ambiente, y que resulta de la interacción entre factores
psicosociales, culturales y biológicos, actuando en un tiempo y espacio
determinados. La
salud, por ende, aparece como una construcción socio-cultural en donde las
representaciones comunitarias se asocian a los conocimientos científicos, a las
costumbres y a las representaciones sociales. Es en este marco que el papel de
la comunidad y de las influencias que sobre ella se ejercitan y producen
adquieren una dimensión protagónica. Así,
Sigerist afirmaba que la medicina es una de las actividades más estrechamente
vinculadas con la cultura, porque toda transformación de la atención médica
está condicionada no sólo por el avance en el plano de los conocimientos médicos
y la disponibilidad de los adelantos tecnológicos, sino por las
transformaciones en las ideas dominantes de la época (Sigerist, H.1985). Una
primera relación entre salud y cultura parte de constatar la visión que los
distintos grupos y comunidades tienen acerca de lo que significa sano o patológico.
Por
ejemplo, las pautas o normas que rigen en torno al consumo aceptado de bebidas
alcohólicas, la alimentación normal, el uso de tabaco, la violencia aceptada,
la iniciación sexual y la condición de maternidad, plantearán variaciones
normativas en cada grupo cultural y condicionarán a su vez la representación
social de la comunidad acerca de lo normal o patológico. Es
en este contexto que la visión de la comunidad como sujeto y objeto del
accionar en salud y como espacio donde se crean y resuelven las tensiones entre
enfermedad y salud, entre demanda y necesidad, entre promoción, prevención y
recuperación, definen un espacio donde la comunicación y las relaciones
in-tersectoriales exponen su papel protagónico para la creación, el cuidado y
la recuperación de la salud. Es
allí, para nuestra realidad concreta de la Ciudad de Buenos Aires, donde la
relación comunidad-hospital se plantea como un espacio de indagación y análisis
indispensable para la generación, expansión y sustentabilidad de una Política
de Salud que dé énfasis y sentido a las acciones concretas que se propongan. 1.2.
Hegemonía y subalternidad de los modelos Existe
una matriz sociocultural que da sustento y legitimación a los distintos modelos
de acciones en salud. Es en esa matriz valorativa que toman relevancia y
adecuación las distintas respuestas que los grupos van configurando para
atender la salud de sus poblaciones. Esto
nos permite pensar lo médico desde una óptica descentrada, abierta, adecuada a
las circunstancias históricas que conforman una realidad determinada. Uno de
los temas importantes que surgen actualmente en la práctica asistencial es la
coexistencia de modelos que, según la tradición cultural que los sustenta,
combinan muy distintas alternativas de cuidado y recuperación de la salud. Por
basarse en un sistema de conocimiento apoyado en la legitimación científica,
el modelo imperante en nuestra sociedad se apoya en el desconocimiento de los
condicionantes sociohistóricos que le dan fundamento. Este
modelo se cimienta sobre el saber y prestigio del experto, a quien se confieren
las competencias para actuar en casos de dolencias o trastornos reconocidos de
salud. El
modelo descripto tiene consecuencias prácticas en las competencias que
desarrollan los profesionales mediante la capacitación, así como en la
asignación de recursos y prioridades políticas del sector salud. Pero
un análisis de su evolución histórica permite identificar, en dichos
sistemas, distinto estatus y reconocimiento oficial. Algunos sistemas de
conocimiento son aceptados socialmente por una mayoría o una minoría con
poder, merced a lo cual se van instituyendo como hege-mónicos o dominantes
respecto de otros modelos, que aparecen como subalternos o subordinados.
Claramente, el modelo que es hegemónico en nuestras sociedades tiene como
características ser biologicista, ahistórico, curativo, pragmático, está
controlado por el experto que de forma casi impersonal administra un
conocimiento a quien se ubica en el rol de paciente (Menéndez, E. 1988). 2.
EL ROL DEL HOSPITAL PUBLICO Y LOS DISTINTOS PARADIGMAS DE LA ATENCION SANITARIA 2.1.
El Hospital Público como eje del Sistema En
la Ciudad de Buenos Aires, el Hospital Público Municipal se ha constituido históricamente
en referencia insoslayable para la ciudadanía en lo que concierne al cuidado y
recuperación de su salud. Su
presencia se ha instalado en las representaciones socioculturales como una de
las Instituciones fundamentales que garantizaba la seguridad en la atención, y
en tal sentido fue expresión principal del derecho a la salud, tan incorporado
a la conciencia colectiva de nuestra sociedad. Incorporado
naturalmente a la vida cotidiana, conformaba una red insti-tucional con la
escuela, la iglesia, la comisaría, en ocasiones con el comité o la unidad básica,
siempre con organizaciones de bien público y acciones de educación,
mejoramiento barrial o apoyo a las más variadas iniciativas comunitarias. Esta
presencia otorgaba seguridad y confianza al ciudadano común, prestigio al
profesional que trabajaba en él, refugio y atención a los que necesitaran
asistencia. El
Hospital es de la comunidad, y el médico complementa su actividad entre el
trabajo institucional en condiciones de gratuidad y la actividad privada en su
consultorio. Hospital por la mañana-consultorio privado por la tarde resultó
una fórmula muy común y extendida que marcó por años, y aún influye, sobre
la dinámica del trabajo médico y la de los mismos hospitales. En
este sentido, aunque por su origen histórico y social se segmenta claramente la
relación entre el Hospital para los carecientes y el consultorio particular
destinado a los pudientes, el Hospital era el lugar elegido para la atención de
la patología complicada, el accidente o la enfermedad transmisible para todos
los grupos sociales, no limitando su acción ni su prestigio a los más pobres. La
práctica médica se ejercía en íntima vinculación con las más diversas
instituciones barriales, y se constituía además en apoyo natural e
insustituible para el desarrollo de actividades de educación sanitaria
dirigidas hacia la comunidad. Los certificados prenupciales o la libreta laboral
eran ejemplos de cómo estaba ubicada la Institución Hospital en la vida del
porteño, no tan sólo para asistirlo en la emergencia o la enfermedad, sino
también en otros aspectos básicos de su vida social. “Aquí
se vacuna” fue una referencia sistemática para la población que acudía en
busca de los últimos avances que, en materia de inmunizaciones básicas, se
volcaban masivamente hacia la comunidad. Algunas
de las innovaciones que han jalonado este proceso son la definición de áreas
programáticas, la definición de Hospitales de Puertas Abiertas (se incluyen
aquí los procesos de desinsti-tucionalización de crónicos y las nuevas
modalidades asistenciales como las distintas formas de internación
domiciliaria), la extensión extraterritorial, el concepto de red local y la
articulación de la misma mediante los mecanismos de referencia y
contrarreferencia. Paradójicamente,
pareciera ser que durante este proceso, cuanto mayor es el extrañamiento del
Hospital respecto de su comunidad, mayor es la necesidad de institucionalizar la
misma: el papel de las cooperadoras, los Consejos Asesores Técnico-Administrativos
(CATA) o los Consejos de Comunidad han sido diferentes formas de
institucionalizar esa relación. Eje
estructurador de la atención médica, el Hospital Público consolidó una visión
del sistema de atención cuya influencia persiste en la actualidad con distintos
grados de influencia y poder, expresó determinados valores y hasta logró
difundir un léxico propio. Así, pueden enumerarse conceptos tales como Derecho
a la Salud, Accesibilidad, Gratuidad (en una triple dimensión: gratuidad del
trabajo médico, gratuidad de la enseñanza y la formación, y gratuidad en el
acceso a los servicios); en el plano más técnico, área programática, planes
y programas, regionalización, redes, referencia y contrarreferencia etc. O, en
el plano de la actividad profesional, Carrera Médica, escalafón, concursos,
comisión cooperadora, estabilidad. Merece
una pequeña digresión lo referente al concepto de gratuidad. Si bien por un
lado fue expresión efectiva del derecho a la atención y colaboró para
instalar este valor en la sociedad argentina, una deformación en su aplicación
tendió a confundir la accesibilidad con recursos y presupuestos ilimitados,
introduciendo y consolidando, en ocasiones, una cultura del manejo desaprensivo
de los recursos, en donde el venteo sistemático de gas por los mecheros de
Bunsen, la pérdida de oxígeno, la apropiación de parte del patrimonio
hospitalario, el incumplimiento de los horarios y las designaciones innecesarias
fueron moneda corriente que hicieron de la calidad de gestión un recurso
escaso. Este
contexto explica, si bien no justifica, las dificultades posteriores para la
modernización institucional y las resistencias a medidas tales como la
departamentalización, la centralización normativa y, aún más, la
estructuración de una modalidad de retribución al trabajo médico que se
adapte a las necesidades institu-cionales y no a hábitos y costumbres;
tales como eran el trabajo sin remuneración pecuniaria y, más adelante,
los bajos niveles de sueldos, el horario mínimo, tres horas matutinas y
flexibles en su cumplimiento, la legitimación del paso veloz por el hospital,
la resistencia al horario prolongado, la dificultad a la facturación de
servicios a las aseguradoras por la atención de accidentes, o bien la habitual
simbiosis entre actividad hospitalaria y ejercicio de la medicina privada. La
evolución de este paradigma acompañó los cambiantes escenarios económicos y
políticos de nuestro país. Los esfuerzos de ordenamiento y cambio mediante los
cuales distintas administraciones trataron de superar su progresivo
desfinanciamiento y su anquilosada estructura organizativa, tuvieron el éxito y
la persistencia que la discontinuidad política y la improvisación permitieron. Por
otra parte, cabe destacar que la voluntad política de tomar al Hospital Público
como eje del Sistema Nacional Integrado de Salud se consagró como ley en
momentos en que el Hospital había perdido ya el protagonismo y poder de sus
mejores años, y el poder político-económico se había desplazado hacia otros
actores. Como
una expresión concreta y sectorial de la visión de Thomas Kuhn sobre las
revoluciones científicas y el reemplazo de los paradigmas, la hora de las Obras
Sociales había llegado. Veamos este proceso. 2.2.
El Hospital Público y la vigencia de las Obras Sociales La
política inmigratoria de fines del siglo XIX y principios del XX plantea un
elemento demográfico de directa influencia en el sistema de atención médica,
en especial en nuestra Ciudad de Buenos Aires. Por una parte, esta población se
incorpora a nuestra realidad como un elemento dinamizador y transformador que en
el sector salud significó la aparición de nuevas demandas y necesidades;
condicionaron la organización de Mutuales o sistemas de ayuda recíproca
fundados habitualmente en afinidades étnicas y geográficas, que con el
transcurso del tiempo dieron lugar a establecimientos tales como los hospitales
sin fines de lucro de la envergadura del Hospital Británico, Francés, Alemán
o Italiano, entre otros. Conjuntamente,
la presencia casi masiva de estudiantes de medicina que al recibirse se
incorporaron al sistema de atención, conformaron nuevas camadas de
profesionales que, adaptados a la estructura existente y en muchos casos
ejemplos brillantes de profesionales y académicos, significaron sin embargo una
realidad distinta en cuanto a sus posibilidades de financiamiento y a sus mismas
aspiraciones de ascenso social. Puede
encontrarse en ellos el origen del gremialismo médico y gran parte de su empuje
corporativo y su presencia social. También
la población y el mundo habían cambiado. Desde lo tradicional y establecido,
Otto von Bismarck había lanzado las bases de la Seguridad Social, con aportes
obligatorios vinculados a la fuerza laboral. Desde la Revolución Social,
anarquistas, socialistas y luego comunistas planteaban ideas y propuestas de
cambio que desplazaron los equilibrios tradicionales impulsando demandas,
denunciando injusticias y pretendiendo imponer nuevas ideas que impactaron al
conjunto social. Por
otro lado, el avance tecnológico y la fluidez de las comunicaciones
multiplicaban desafíos y aspiraciones en el área de la salud, haciendo su
cobertura más costosa y compleja. Es
en este marco, y como parte de la política social del primer gobierno
peronista, que se crean las primeras Obras Sociales en relación al Movimiento
Obrero organizado e integrando el conjunto de las llamadas “conquistas
sociales”. Debe
destacarse que esta creación, en cierto modo contemporánea al Seguro de Salud
en Gran Bretaña y dentro de un proceso que desde la gestión ministerial del
Dr. Carrillo impulsaba y jerarquizaba el subsector público, no plantea de hecho
una alternativa organizacional diferente al modelo tradicional de la atención médica
vigente en nuestro país. Se crea, eso sí, una fuente de financiamiento
alternativa que permitió brindar a empleados y trabajadores una atención
similar a la de sus patrones, en una sociedad que todavía permitía diferenciar
familiar y cotidia-namente a dueños y dependientes, quienes por otra parte
compartían en general un mismo hábitat social. La
privatización de la atención médica, que de hecho significó en el plano económico
la creación y expansión de las Obras Sociales, modificó progresivamente la
relación médico-paciente y en gran parte la relación de la comunidad con el
hospital. Esa
desviación tuvo su correlato estructural en la atención sin cargo de la
población asegurada, que continuaba asistiendo al Hospital por diversas
razones: prestigio institucional, costumbre, atención de patologías no
cubiertas por la seguridad social; en especial crónicos, ancianos, infecciosos
o de salud mental y en general, la atención de emergencias. Estas prestaciones
significaron eroga-ciones para el presupuesto hospitalario hacia pacientes teóricamente
cubiertos por la seguridad social o privada. Conocida
es la dificultad para recuperar honorarios por las prestaciones brindadas a
población accidentada y cubierta por los seguros clásicos como los laborales o
de tránsito; pero a estos se le agregan los de la seguridad social y, más
recientemente, los de entidades de medicina prepaga con fines lucrativos. Esta
situación generó un flujo real de recursos desde la población más
despro-tegida hacia las instituciones del seguro y los efectores privados,
consolidando lo que se dio en llamar “inversión de la Solidaridad” (Bello,
J. 1975), que el Dr. Nosiglia destacara en su presentación en la Cámara de
Diputados con motivo del debate parlamentario de la ley de creación del Seguro
Nacional Integrado de Salud. En
el plano nacional, la regionalización y descentralización de los
establecimientos, la Reforma Hospitalaria en la Pcia. de Buenos Aires, la creación
de las residencias médicas y la articulación de las Facultades de Medicina con
los planes del gobierno nacional, el Hospital de la Comunidad en tanto política
nacional replicada en provincias como Santa Fe y en experiencias como el
Hospital de El Dorado en Misiones, o bien la ley de descentralización
hospitalaria fueron los intentos más serios para renovar la imagen y
funcionalidad del Hospital, buscar recursos genuinos y articularse con una nueva
realidad que con fuerza política y poder económico aparecía en el campo
sanitario. En
el pasado reciente, la propuesta del Hospital de Autogestión desde el nivel
nacional y con apoyo financiero e ideológico de los organismos internacionales
de crédito (Banco Mundial, 1993) se agregó al listado de experiencias
tendientes a integrar el financiamiento de la seguridad social al Hospital Público,
y promover nuevas formas de administración de los establecimientos. Si bien
esta tendencia fue acotada políticamente en la Ciudad de Buenos Aires, el
Hospital se intentó integrar a la licitación de gerenciamiento del PAMI
formando parte de una red de efectores. 2.3.
Los problemas de gestión La
complejidad creciente de la institución hospitalaria desde el punto de vista técnico,
económico o financiero, y los cambios cualitativos y cuantitativos en las
necesidades y demandas de la población no tuvieron un correlato adecuado en el
mejoramiento de su gestión. Los intentos de transformación aportaron cambios
organizacionales orientados a lograr una mejor utilización de los recursos. Así,
apareció la progresiva tecnificación de los niveles de conducción de los
establecimientos, con exigencias de especialización en administración
hospitalaria y una jerarquización de la presencia administrativa en el nivel
superior; la departamentalización, la capacitación continuada con presencia
protagónica de organismos gremiales y académicos en la formación del recurso
humano, la progresiva descentralización administrativa, etc. Un
ejemplo de la necesidad de transformación lo plantea la diferente utilización
y aprovechamiento de los recursos financieros provenientes de las cooperadoras,
en relación a los provenientes del presupuesto. Los recursos provenientes de la
cooperadora, si bien fueron tradicionalmente mucho menores (habitualmente no
llegan al 10% del total de recursos), se han cristalizado en numerosos y
visibles emprendimientos. Esto constituye un ejemplo de cómo puede rendir un
recurso de ágil utilización y disponibilidad, apareciendo como dinero de mayor
valor cuando en realidad es dinero gestionado de diferente modo. Otro
elemento central entre las dificultades de gestión de los hospitales públicos
es la carencia o la dificultad de utilización de herramientas de gestión
destinadas a estimular las conductas laborales de excelencia en el trabajo de
los profesionales, o en otros términos, desalentar la indolencia, el descuido o
la irresponsabilidad. Al
debilitarse el liderazgo personal de las distintas jefaturas o desaparecer la
continuidad de la pertenencia a un equipo por el número de profesionales o las
modificaciones en el trabajo médico, parece irrelevante para la permanencia y
el progreso en el hospital el grado de cumplimiento y la perfección de la tarea
que se realiza. Por
otra parte, y con excepción del aumento en la cantidad de nombramientos, son
casi nulas las posibilidades de adaptación de la oferta hospitalaria a las
necesidades y demandas de la población, tanto en magnitud como en el tipo de
oferta. Un análisis de la misma muestra la distancia existente entre las
mismas, y plantea un interrogante sobre las distintas racionalidades que
influyeron en el diseño y expansión de la estructura de la oferta. 2.4.
Transitando un nuevo paradigma Quebrados
como ejes estructurantes, el Hospital Público y las Obras Sociales perviven sin
embargo como realidades substanciales que deberán ser consideradas en la
propuesta de futuro en la medida que un nuevo eje estructurador dé sentido al
ordenamiento de los recursos. La
construcción del mismo ya ha comenzado y es un desafío central caracteri-zarlo
correctamente identificando sus protagonistas, sus intereses, su modalidad
operativa. Su marco referencial se inscribe en la crisis del estado de bienestar
y particularmente en la crisis económica, con las distintas modalidades de
ajuste y ordenamiento. La
globalización sobrepasa lo económico-financiero y se extiende a los campos de
la información, la comunicación y la cultura. El capitalismo como ideología
de base, la redefinición del papel del Estado, las privatizaciones, la
transformación de lo público definen una transición cuyo destino final si
bien resulta incierto, asegura sin duda un cambio que no se limita al campo de
las relaciones económicas para instalarse en el seno mismo de la relaciones
institucionales y sociales (Banco Mundial, 1996). Nuevos
actores aparecen en el ámbito sectorial, el “negocio” de la salud se
plantea como tal, sin pudor y sin temor; los pesos para lograr más pesos como
eje y validación del accionar empresario incluyen en el campo de la salud a
instituciones que al mismo tiempo regentean supermercados, realizan inversiones
inmobiliarias o se expanden en el turismo y la agrotecnia. Arriban financiadores
deseosos de incorporar instituciones florecientes o de prestigio, el seguro
privado integra en sus beneficios la salud, la muerte, el accidente de trabajo o
la situación de retiro. Se borran los límites entre público y privado.
Conjuntamente, se revaloriza la eficiencia, se jerarquiza la calidad y se
defiende, en el marco de la competencia, la libertad del usuario para elegir su
cobertura. La eficiencia en la gestión aparece, entonces, como un desafío
permanente en el reclamo de equidad y la búsqueda de marcos éticos que ordenen
y den sentido y límites a las propuestas de reforma. 3.
LA COMUNIDAD COMO PROTAGONISTA EN EL MARCO DE LA NUEVA SALUD PUBLICA 3.1.
Ideas sobre la comunidad Son
variadas las posiciones que en este siglo han descripto los efectos que el
desarrollo económico capitalista plantea en relación al debilitamiento de los
lazos sociales que conforman el sentimiento de comunidad. Cabe citar los
trabajos de Tonnies y su ya clásica tipología sobre comunidad y sociedad, que
ha causado un profundo impacto en sociólogos como Weber, quienes preanunciaron
el progresivo desencantamiento del mundo merced al avance del racionalismo
mecanicista en las distintas esferas de la vida social, y a Durkheim, quien
prea-nunciaba en su ya clásico trabajo sobre el suicidio los riesgos de anomia
que planteaba el proceso de transición de las sociedades modernas. El
advenimiento de las sociedades burguesas consagran el principio de libertad, y
la reivindicación de los derechos individuales tiende a amenazar o socavar los
lazos orgánicos que tradicionalmente vinculan a la familia, el clan o la tribu. Con
el advenimiento del socialismo, se recupera nuevamente el valor de la
solidaridad, en la medida que se transfiere a un sujeto colectivo gran parte de
las expectativas de cambio y progreso social. Aparece entonces destacado el
concepto de solidaridad, y la idea de que cada individuo integra una totalidad
superior, a cuyos fines debe subordinarse el comportamiento individual. La
caída del socialismo y la emergencia de un nuevo paradigma centrado en la
satisfacción de los deseos individuales se expresa, en el terreno económico,
en la hegemonía de una nueva ideología, imperante en casi todos los países
del mundo: el neoliberalismo. Subyace
detrás de este modelo una concepción atomística de la sociedad, conformada
por una miríada de individuos que persiguen interesadamente aumentar su
utilidad, sin que los ligue compromisos y responsabilidades sociales por la
colectividad. Por encima de todo valor, se destaca la apelación a la libertad y
a la posibilidad de desvincularse de las restricciones que plantea la fratría.
Desde este modelo se han cuestionado aquellas iniciativas que centran en el
accionar de la colectividad la principal fuente de responsabilidad por el
cuidado de la salud, pues no considerarían la responsabilidad básica del
individuo el cuidado de su propia salud. Basado
en este modelo, se ha promovido el desmantelamiento del Estado Benefactor
(peyorativamente calificado como Estado Providente), al señalarse las
restricciones que su accionar plantea al campo de las libertades, y la falta de
incentivos para que las personas aumenten su cuidado o responsabilidad personal. La
crisis planteada en la modernidad, vistas las consecuencias que se siguen del
modelo socialista y del modelo neoliberal, destacan la necesidad de conjugar los
principios de la libertad y la fraternidad, pero enfatizando la interdependencia
que vincula a las personas que forman parte de la comunidad. Es así como pueden
recuperarse valores tales como el vínculo o lazo social que une a los miembros
de la comunidad, y favorecer el desarrollo del capital social, que designa los
recursos de que dispone la comunidad para asegurar la calidad de vida de su
población. Estas
ideas, provenientes de las ciencias sociales y de las ciencias de la vida, han
estimulado un rico debate en el plano de la salud pública, merced al cual se
han podido replantear las complejas relaciones entre el individuo y la sociedad
en lo que concierne al cuidado de la propia salud. Las concepciones tradicionales de la atención de la
salud, fundadas en la primacía de la figura del médico y del Hospital, son
asimilables a los sistemas físicos aislados. De hecho, una revisión amplia y
honesta de la evolución de la salud en el mundo muestra que los grandes avances
no se dieron en función del trabajo médico ni de tecnologías específicas. El
avance de las condiciones de vida, de la mano del progreso económico, social y
político, es el principal responsable de la mejoría de la salud en el mundo.
La evidencia que sostiene esta afirmación no deja de aumentar. De cualquier manera, para que la atención de la
salud se optimice, es necesario recurrir a las pautas termodinámicas. Un
encierro en una actitud tecnocrática, con exclusión de la comunidad, llega rápidamente
a sus límites, y es devorado por la entropía. Apertura a la comunidad
significa complejización, enriquecimiento, legitimación. En definitiva, creación
y sostenimiento de la actividad antientrópica. El
grado de participación de la comunidad incluirá la posibilidad de expresar
opiniones o canalizar demandas de atención, o bien la capacidad de generar
respuestas que, a nivel informal, sean capaces de realimentar, enriquecer o
fortalecer la actividad que desarrollan los servicios formales de salud. La
población no puede ser tomada como simple objeto de las políticas, sean estas
universales o focales. La complejización del basamento sobre el cual se apoya
el sistema lo enriquece, lo consolida y lo legitima éticamente. Debe ser
concebida como un actor capaz de informarse, decidir, evaluar alternativas y
proponer orientaciones de cambio. El modelo vigente expresa la primera alternativa. Es
absolutamente imprescindible, para escapar al equivalente de la muerte térmica,
el diseño y puesta en marcha de un modelo diferente. 3.2.
Promoción de la salud basada en la comunidad La
misma idea de comunidad, concebida como un espacio generador y promotor de
oportunidades favorables o desfavorables para la salud, estaba presente entre
quienes propulsaron la reforma sanitaria vinculada con las revueltas populares
de mediados del pasado siglo. En el pensamiento de las principales figuras del
período, la medicina social se hallaba fuertemente vinculada con las
condiciones sociales de su época. Al decir de Virchow, eminente sanitarista de
la época, “La medicina es una ciencia social, y la política no es más que
medicina a gran escala” (Rosen, G. 1986. Pág.79). Este
nuevo enfoque se opacó con los indiscutibles éxitos obtenidos por las ciencias
de la vida sobre las enfermedades infecto-contagiosas de la época, y con la
hegemonía del modelo biomédico, al que se le atribuyó gran parte de las
conquistas obtenidas en la mejora del estado de salud de la población. Esta
ilusión comenzó en el siglo XIX, fue robustecida por la filosofía positivista
de Auguste Comte y por los hallazgos de la era bacteriológica a partir de 1880,
cuando en pocas décadas se descubrieron casi todos los principales responsables
biológicos de las enfermedades infecciosas que asolaban a la humanidad. Estos
elementos –fundamento filosófico de fe ilimitada en el progreso de la
ciencia, y efectivo progreso en la identificación de los gérmenes patógenos-
llevó a consolidar una visión biologista, simple, unicausal, reduccionista,
del enfermar humano. De estos elementos se pasó a la esperanza en sueros,
vacunas y antitoxinas específicas, y posteriormente a las sulfas y antibióticos.
Si bien resulta imposible negar o minimizar la trascendencia de este camino, al
mismo tiempo resulta imprescindible señalar las groseras limitaciones que
surgen de este planteo. Es
hacia finales del siglo XIX que este modelo alcanza sus mayores logros y,
consecuentemente, su mayor prestigio social. La medicina occidental, basada en
un sólido estatus científico, se difunde entonces como el sistema de
conocimiento más legítimo para comprender y actuar sobre las determinaciones
de lo sano y de lo patológico. Los
estudios sanitarios enfocados desde una perspectiva histórica (Mc.Keown, 1976;
Morris, J. 1980) han puesto de manifiesto cómo han sido las mejoras en la
higiene ambiental, la disponibilidad de alimentos y el tamaño medio de las
familias, factores de mayor incidencia que los avances provenientes del campo
biomédico. Nuevamente se ponía de relieve cómo los factores sociales y
ambientales se asociaban con la salud, y cómo las intervenciones debían
guiarse por estrategias de tipo poblacional más que por estrategias denominadas
de alto riesgo. Por
otro lado, existe una fuerte tendencia a proponer una mirada colectiva,
participativa y promocional acerca de los problemas de salud. Esta tendencia,
que tiende a desplazar el paradigma tradicional sobre la Salud Pública, corre
el riesgo también de ser un sustituto bizarro de la deserción por parte de los
poderes públicos en cuanto a su responsabilidad colectiva. Asociado
históricamente con aquellas intervenciones ambientales que permitirían
controlar las epidemias que diezmaban a grandes contingentes poblacionales, el
rol del sanitarismo se modifica conforme se transforma el perfil epidemiológico
y comienzan a predominar las enfermedades no transmisibles. Nuevos enfoques teóricos
y el predominio de técnicas más complejas de análisis son la respuesta al
predominio de las enfermedades no transmisibles. El
sanitarismo, hoy desjerarquizado por el predominio del enfoque gerencial y
administrativo, se encuentra sin embargo confrontado a los retos de una realidad
epidemiológica en la cual se destacan la inequidad, el peso de las condiciones
ambientales y el papel que tienen los comportamientos o estilos de vida. En
la actualidad, la promoción de la salud se ha convertido en un campo multifacético
que comprende actividades legislativas, de investigación, de desarrollo
comunitario, de coordinación de políticas, de formación profesional y de
educación para la salud, cuyas contribuciones se pueden sintetizar del
siguiente modo: a)
Instalar en la agenda una nueva perspectiva para evaluar los determinantes
sociales de la salud. b)
Identificar los sistemas de servicios de salud como uno de dichos determinantes,
evaluando su peso relativo en la generación de morbimortalidad. c)
Otorgar una base teórica y empírica a la reforma del sistema de salud,
enfati-zando los aspectos preventivos y promo-cionales. 4.
EL NUEVO ROL DEL HOSPITAL PUBLICO Y SU RELACION CON LA COMUNIDAD. PROPUESTAS
PARA LA ACCION La
identificación de una matriz socio-cultural de la salud y la enfermedad nos
permite comprender la atención sanitaria occidental como una alternativa no
exclusiva ni excluyente, sino como una respuesta legitimada culturalmente y,
como tal, hegemónica en relación con otros modelos de atención. Esta
respuesta se ha organizado históricamente, dando lugar a una distinta interacción
entre los actores comprometidos en la marcha del sistema: Hospital Público,
Seguridad Social, Sector Privado. Los
nuevos imperativos planteados ponen en el centro de la atención al sujeto
principal de la salud: la comunidad, entendida como sujeto colectivo que
comparte intereses y valores comunes, pero también aspiraciones que se expresan
como proyectos para la acción futura. Es
en el marco hasta aquí descripto donde las propuestas de acción deberán tener
en cuenta las múltiples influencias que han construido la actual realidad de
nuestro sistema hospitalario. Deberá
ofrecer alternativas de transformación que reconociendo valores y desviaciones
permitan reconstruir el sistema desde una perspectiva que incorpore el
protagonismo comunitario y reinserte al Hospital en una realidad que, respetando
tradiciones, valores y representaciones sociales fundamentales tales como el
derecho a la salud y la solidaridad, incorporen los avances disponibles en
materia de gestión y de concepción sanitaria. Donde
la intersectorialidad, en especial representada por la comunicación y la
educación, sea un recurso habitual para una propuesta que deberá reconocer en
la red de servicios de creciente complejidad, una respuesta que en lo conceptual
comience en la promoción de salud y en la prevención de las enfermedades, para
culminar en el diagnóstico temprano, el tratamiento oportuno y la rehabilitación
eficaz, como ya lo señalaban en los años 50 Leavell y Clark, en su conocida
concepción de Historia Natural de las Enfermedades (Leavell, H. y Clark, J.
1958) Esta
concepción supone concebir una gradiente de prácticas de salud que, iniciándose
en el seno mismo de las familias, sus hábitos, conductas y costumbres se
prolongue a través del accionar del médico de cabecera en una red de
complejidad creciente e integrada de la oferta de servicios. 4.1.
La perspectiva ética: hacia un modelo
diferente de atención médica
La
perspectiva ética en la práctica de la salud nos asalta cotidianamente. Bajo
cualquier enfoque de atención de la salud que consideremos, debemos dar una
respuesta ética. Esta suele ser tarea difícil, pues por un lado es frecuente
que se registre tensión entre diferentes principios éticos, y por otro lado
los avances tecnológicos y las transformaciones culturales plantean hoy
cuestiones inéditas. Considerar
a la comunidad como recurso humano significa que la misma participa en la atención
de la salud. Esta participación no debe ser tomada en el sentido de un efector
más que cumple un rol técnico, sino sumándose al proceso de toma de
decisiones. Al incluir la asignación de recursos según prioridades
consensuadas, se garantiza que la comunidad ejerza el principio de justicia. Por
el mismo hecho de que la comunidad integra el poder, se ubica en un lugar
diferente al tradicional y puede resaltar, sobre bases colectivas, el principio
de autonomía, restituyendo así al paciente su derecho a la subjetividad. El
mismo actor –la comunidad- que salvaguarda estos dos principios –justicia y
autonomía- tiene así el desafío de buscar su articulación, procurando
superar sus eventuales tensiones. Queda
a un lado el principio de no maleficencia, que no admite discusiones. En
cuanto al principio de beneficencia, queda ubicado en términos relativos
nuevos. Tradicionalmente expresó la actitud profunda del médico de buscar el
bien del paciente, hecho que no debería cambiar en su esencia. Pero esta
postura quedará relativizada en función del desarrollo de los dos principios
comentados, y que son garantizados por la propia comunidad. Al
parecer, esta suerte de remodelamien-to ético no aporta nada cualitativamente
nuevo. Sin embargo, implica una objeción al modelo médico vigente, que
consagra la asimetría entre médico y paciente e implica una posición autocrática
que refuerza el sentimiento de omnipotencia profesional. La
entrada de un nuevo actor en la estructura del poder significa necesariamente
limitar la cuota de poder correspondiente al equipo de salud, por lo cual cabe
también esperar resistencias en la medida que ninguna persona, grupo o
institución cede poder espontáneamente. Sin
embargo, parece importante percibir que esta propuesta de participación
comunitaria no se limita a la expresión de una ideología. Se trata de una
discusión ética, con trascendentes consecuencias culturales y sanitarias. De
hecho, las prioridades y la consiguiente asignación de recursos frecuentemente
no coincide con el enfoque médico tecnocrático. Un
enfoque que sitúe a la comunidad como protagonista de su salud y al Hospital
como un recurso más para atender las necesidades de salud que la propia
comunidad define como tal, debe superar necesariamente las limitaciones del
Modelo Médico Tradicional, y buscar nuevas formas de entender y practicar la
salud. Por
ser una propuesta que implica un cambio cualitativo, implica una ruptura -más
que una simple modificación- con el orden vigente. Asimismo, cabe esperar que la
comunidad, mediante su real participación, será un factor de control de la
corrupción. Es más fácil que ésta ocurra en pequeños círculos
manipuladores del poder que en ámbitos participativos amplios. El
modelo médico vigente tiende a alejarse -con diversos grados de conciencia- del
ideal primitivo de la atención del paciente. Pasan a ser más importantes
aspectos académicos, de consumo de tecnología sofisticada y factores económicos.
Resulta interesante comprobar cuán frecuentemente los elementos citados van por
caminos diferentes al interés de los pacientes. La comunidad que participa
puede así jugar un rol trascendente ayudando a reorientar las tendencias
vigentes hacia el interés del paciente y de la propia comunidad. De
esta manera, más que efectora de acciones técnicas específicas, la comunidad
jugaría un rol como instancia de reaseguro ético. 4.2.
La eficiencia y calidad de la gestión Uno
de los desafíos centrales de la propuesta es la consolidación de una respuesta
que brinde al Hospital, tanto para la conducción intramuros como en su acción
comunitaria, niveles de excelencia en la gestión que no sólo brinden eficacia
y eficiencia a la acción sino que aseguren sustentabilidad a las propuestas de
transformación. Las
mismas deberán transitar el difícil equilibrio entre lo establecido y la
innovación, en un camino donde los medios y su aplicación tienen tanta
importancia como los objetivos finales a los que se oriente la propuesta. En
tal sentido, si bien la enunciación general de políticas de modernización y
adecuación del Hospital y las políticas de salud en su conjunto tienen ya
características de “Políticas de Estado” en su aceptación por parte de la
mayoría de instituciones académicas o agrupaciones políticas y gremiales, el
camino hacia esos logros es que está pendiente de propuestas consensuadas que
le otorguen viabilidad y continuidad en el tiempo. Existe
consenso general para apoyar una mayor descentralización en la administración
de los establecimientos hospitalarios, que permita una conducción ágil y
eficiente en términos de utilización de recursos y adaptación a los cambios
en la demanda y las necesidades de la población, a su articulación con la
comunidad y su integración con la red de atención local. La
determinación y el conocimiento de los costos de operación, la informati-zación
de la gestión, el desarrollo de patrones y modelos de asistencia, el
fortalecimiento de la calidad de atención con la concurrencia de normas y de
mecanismos de control de la misma, el uso racional de los medicamentos, la
investigación como base del conocimiento y la docencia continua para mantener
la calidad del recurso humano aparecen como líneas de trabajo indiscutibles. Algo
similar ocurre cuando nos referimos a la extensión de los horarios de atención,
la articulación de los médicos de cabecera y los centros periféricos en un
desarrollo adecuado de la referencia y la contrarreferencia, la reinserción del
Hospital a la red social comunitaria son asimismo acuerdos de fácil obtención,
aunque la experiencia parece demostrar sus dificultades de implementación
efectiva. Otros
temas aparecen como más conflictivos: ¿Hasta dónde la descentralización? ¿Cómo
afrontar la designación de personal o la modificación de la estructura de los
planteles profesionales? ¿Cómo impacta esto en normas tales como la Carrera Médico
Hospitalaria y en la estabilidad de los trabajadores? ¿Cuáles son los alcances
en la modificación del trabajo médico? ¿Se mantiene la posibilidad de
trabajar en el sector privado y en el público, o la dedicación se orientará
hacia el horario prolongado y la dedicación exclusiva? ¿Se mantiene el acceso
directo del público a la consulta hospitalaria especializada o se lo canaliza
por un nivel primario de atención? ¿Cómo se plantea la distribución de lo
ingresado por la venta de servicios, si se acepta un financiamiento
extrapresupuestario? ¿Se tenderá a un financiamiento por la demanda o se
avanzará hacia formas mixtas de gestión? Muchas
de estas respuestas exceden el marco hospitalario y plantean temas tales como el
seguro público a la población no cubierta, la integración con los efectores
privados o la relación con la demanda de otras jurisdicciones o países. En
términos de financiamiento aparece como un tema de necesario consenso la relación
del Hospital Público con las Obras Sociales y los seguros privados, defendiendo
la accesibilidad de los desprotegidos en términos de cobertura, patología o
grupo etareo. Los
autores opinan sobre estos temas, pero consideran que a partir de marcos éticos
en los que se plantee la solidaridad, la accesibilidad y el sentido del Bien Común
como base de la acción política su implementación exigirá espacios de
discusión y consenso, en los cuales se expresen y articulen las distintas
racionalidades e intereses. En
este sentido, debe ser de especial interés promover la participación de los
profesionales, los pacientes y la comunidad en general en estas discusiones, ya
que su voz es ocultada por el énfasis y el espacio que encuentran quienes
defienden intereses sectoriales o de mercado. La
calidad es una exigencia ética y una línea operativa de posicionamiento. No se
agota en el acto individual, del cual tenemos instrumentos suficientemente
desarrollados para evaluar su pertinencia, sino que debe valorarse como un hecho
social, dimensionando la accesibilidad al sistema, su costo, su sustentabilidad
y su valor estratégico para enfrentar decisiones alternativas de asignación de
recursos. La
fortaleza de su posicionamiento, desde el plano profesional, deviene en la
posibilidad de que a partir de ello se puedan discutir con otros intereses,
presupuestos y medidas de acción, valorar la disponibilidad de recursos para
asegurar una buena relación médico-paciente y sus desviaciones, de acuerdo a
las normas consensuadas y conocidas. Esta propuesta supone la construcción de respuestas en tres ejes principales: mejoramiento de la gestión, aseguramiento de la calidad en las prestaciones y, finalmente, sostener todo el proceso con valores de ética social y bioética que den sentido a una tarea que ya no será solo de una institución, el Hospital, sino de la sociedad entera protagonizando su compromiso con la justicia y la solidaridad. En definitiva, su compromiso con la salud. BIBLIOGRAFÍA -
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