65º Aniversario de la Asociación de Médicos Municipales

de la Ciudad de Buenos Aires

 CONFERENCIA

DR. MARCOS AGUINIS

Una mirada sobre la realidad argentina de un prestigioso médico y escritor

 Miércoles 27 de junio de 2001

20:00 - Hotel Bauen

Presentación

El Dr. Enrique Visillac, presidente de la Asociación de Médicos Municipales de la Ciudad de Buenos Aires (AMM), presentó al Dr. Marcos Aguinis:

“En el marco de los festejos del 65º Aniversario de la AMM, hemos dispuesto que durante el año tengan lugar distintas expresiones culturales, y hemos creído muy importante poder contar con la presencia de un colega de los quilates del Dr. Marcos Aguinis, y por eso es un motivo de satisfacción poder escuchar hoy sus opiniones.

El Dr. Aguinis es médico y cirujano, recibido en 1958. Especializado primero en neurología y neurocirugía, y después en psicoanálisis. Su tesis doctoral, presentada en 1963, fue calificada con sobresaliente y se basó en investigaciones realizadas en Alemania.

Hizo cursos de perfeccionamiento e investigación en el hospital de Salpetriere en París y en hospitales de Alemania. Tiene más de 40 trabajos sobre temas médicos publicados en revistas de Argentina, Francia, Alemania y Austria.

Como escritor, tiene en su haber más de 20 libros entre novelas, ensayos, cuentos y biografías. Entre los premios que le han otorgado, se pueden nombrar: el Premio Planeta de España; el Premio de la Agencia EFE por su contribución a la Cultura Iberoamericana; es Caballero de Letras y Artes de Francia; y la Sociedad Argentina de Escritores le otorgó el máximo galardón, el Gran Premio de Honor por la totalidad de su obra.

Entre sus últimos libros se cuentan La gesta del marrano, La matriz del infierno, Los iluminados, y su última obra, El atroz encanto de ser argentinos, agotó su primera edición de 30.000 ejemplares en 20 días. Actualmente, se editan 5.000 ejemplares por semana, y la venta ya supera los 50.000”.

 

Conferencia

El Dr. Marcos Aguinis disertó durante más de una hora, y al finalizar respondió algunas preguntas del público:

“Estimados Colegas: créanme que con la presentación que me acaban de hacer me siento –salvando las distancias- como Borges cuando una vez iba caminando por la calle Florida y lo reconoció un admirador, que se le abalanzó y lo empezó a sacudir por los hombros diciéndole Usted de Borges, usted es Borges, y Borges revoleando los ojos ciegos dijo A veces, a veces. Uno se encuentra dividido entre los datos que escucha y que, bueno, son ciertos pero al mismo tiempo tienen una resonancia, una connotación que da la impresión de que exageran; y uno es un ser humano con sus limitaciones, conflictos y debilidades como cualquiera.

La invitación que me han formulado es un honor para mí, y a la vez un placer hablar a los médicos de la ciudad de Buenos Aires, colegas de una profesión que ya no ejerzo, pero a la que dediqué tantas horas y tanta pasión que queda marcada en el corazón de un ser humano para siempre. He dicho, y eso es cierto, que jamás un sacerdote y un médico dejan de serlo, por más que el sacerdote abandone la sotana y el médico el guardapolvo blanco.

Cuando yo elegí ser médico lo hice porque en la época en que terminé el secundario vivía en la ciudad de Córdoba y no tenía opciones que satisficiesen mis aspiraciones humanísticas. Córdoba en esa época era una ciudad donde las facultades humanísticas estaban en manos de gente muy arcaica, y yo tenía la sensación de que cualquiera de las carreras humanísticas que en ese momento estaban en oferta no me iba a enseñar gran cosa, ni me iba a sentir bien. Entonces opté por la carrera que más me podía aproximar al hombre, al ser humano y que fue la medicina. No me equivoqué porque ustedes saben, tan bien como yo, que si hay un mirador que le permite a uno una mirada muy vasta y también muy profunda sobre la condición humana, es el consultorio del médico.

Cuando joven yo ya quería ser escritor pero no me animaba a decirlo, era una vocación secreta; ser escritor equivalía a convertirse en una especie de Prometeo, alguien que va a cometer el delito de robarle el empleo a los dioses, entonces mi deseo se mantuvo secreto. Escribí mucho y aprendí a escribir por tenacidad, por romper, escribir y leer con atención, pero no me animaba a decir que iba a ser escritor.

En algún momento yo envidié a los escritores que antes de escribir o mientras lo hacían viajaban mucho, y obviamente esos viajes significaban encontrarse con escenarios distintos, con personalidades muy variadas y en general acceso a conflictos múltiples. Cuando empecé a ejercer la medicina me di cuenta que yo no tenía que viajar, porque no me hacía falta ir al encuentro de los conflictos sino que ellos venían a uno. El consultorio médico es donde uno tiene el contacto directo con el sufrimiento, la muerte, la esperanza, la angustia. Todo lo que caracteriza al ser humano pasa por el consultorio médico y depende de cada profesional que lo pueda registrar, que lo pueda recibir. Yo estoy muy agradecido a la etapa en que hice neurología y neurocirugía, después al consultorio médico propiamente dicho porque allí aprendí mucho y creo que en esa etapa afiné mi sensibilidad y mi percepción de una manera que no lo hubiera logrado por otros caminos.

En una época me sentí muy conflictuado entre mis deberes humanísticos y mi profesión médica, que la hice con responsabilidad y con apasionamiento -como dije recién- lo que me llevó a especializarme, y a dedicarme; pero esa actividad médica en cierto momento me parecía que era contradictoria con mis intereses humanísticos y empecé a buscar antecedentes de escritores que hayan sido médicos, o las relaciones entre literatura y medicina. Y en una época di incluso algunas conferencias sobre las relaciones entre el arte, la literatura y la medicina, y me encontré con una gran cantidad de artistas que fueron médicos; no solamente en el campo de la literatura, que hay muchos nombres, sino en el campo de la música. Por ejemplo, en Viena hubo una orquesta constituida por médicos que dirigió nada menos que Johann Strauss que era un músico extremadamente exigente; ni hablar de la cantidad de médicos que realizan esculturas y están los otros médicos que son los escritores.

Grandes figuras de la literatura han sido médicos, por ejemplo, Anton Chéjov que ejerció la medicina hasta el final de sus días. Cuando estuve en Moscú visité su casa y me encontré con unos formularios que dejaba el policía del Zar y que debían llenar diariamente señalando las personas que él había visitado; es decir que fue perseguido u observado como sospechoso por el régimen autoritario de aquel tiempo, y Chéjov murió de tuberculosis, joven, pero ejerciendo hasta el último día, un escritor de esa fuerza. Otro médico escritor como el autor -el creador de Sherlock Holmes- Arthur Conan Doyle, y así podríamos continuar con una lista muy larga. Somerset Maugham dijo que ningún escritor puede transmitir en profundidad la complejidad del alma humana si no pasa un tiempo por un hospital.

Bueno, ustedes lo saben muy bien cómo el médico está en contacto con las miserias y las glorias de la condición humana y, evidentemente, yo estoy muy agradecido a la medicina por lo que me ha brindado en conocimientos y en percepción, y seguramente eso se ha trasladado a mis libros.

En esta ocasión me han pedido que trazara una visión de nuestro país como médico y como escritor. Los médicos sabemos –voy a revisar un poco la historia de esta profesión- que se han producido cambios muy importantes recientemente. La ciencia comenzó a progresar en forma acelerada en el siglo XVII y produjo los cambios notables a mediados de siglo XIX. La medicina parecía una especie de ciencia detenida a lo largo del tiempo, con una concepción medievalista de la enfermedad. Era un mal externo que se apoderaba del paciente como el demonio se apodera de alguien, y el médico actuaba como exorcista: tenía que quitarle el mal, la enfermedad, que era algo ajeno al ser humano y de ahí todas esas técnicas extractivas desde la sangría, los vomitivos, las ventosas, todas terapias que en ese momento tenían el propósito de quitarle, arrancarle al paciente la enfermedad sin entender que la enfermedad tiene que ver con uno; como cuando se dice que los seres humanos tenemos un cuerpo y nos olvidamos que somos el cuerpo que tenemos, esto un médico lo percibe claramente.

Y los cambios que se han dado en la medicina han sido vertiginosos y muchas veces con el progreso del conocimiento se perdió, o se dejó de tener en cuenta, que grandes cambios se generaban no sólo por el avance de la ciencia sino por el avance de las medidas sanitarias. Se afirma que muchas enfermedades endémicas han desaparecido gracias a las mejoras sanitarias y no gracias a la medicación, como ser el caso de la TBC. Recién en 1822, cuando se produjo un gran incendio en Hamburgo comenzaron el sistema del alcantarillado, que tardó un par de décadas en hacerse también en Berlín y después se hizo en Roma y en todos los demás lugares. Hasta esa época no había alcantarillas, es decir la materia fecal y la orina estaban por todas partes, en las paredes y en las calles, y la basura también era arrojada a las calles; de ahí la expresión española agua va, que significaba que abrían las ventanas y arrojaban todo a la calle, y de esa época viene la costumbre de que las damas caminan junto a la pared. Esa historia es de 1850 aproximadamente, y llegó a decirse que las enfermedades eran producto de una especie de miasma, que circulaba por todas partes y no se tenía noción de las enfermedades específicas.

Cuando se descubre el microscopio se entiende que esos microorganismos son seres vivos pero no se sabe exactamente qué hacen, para qué sirven; además hubo un gran debate porque decían ¿qué son esos seres vivos que ni siquiera están mencionados en la Biblia?. Porque el manejo que se hacía en esa época era absolutamente escolástico, es decir de libros, y si la Biblia decía que la mujer fue creada de una costilla del hombre, muchos pensaban que el hombre tenía una costilla de menos porque con esa se hizo la mujer, y que al tener una costilla de menos se permitía el desarrollo torácico. Y eso se asocia también con una versión de que Aristóteles había dicho que la mujer tiene dientes de más y que por eso era mucho más peligrosas y otras cosas, y todo eso se creía. Pero a nadie se le ocurría abrir la boca y contar los dientes, claro que en esa época los dientes se caían mucho más rápido, entonces las estadísticas no funcionaban muy bien.

Pero todas esas fantasías recién comenzaron a ser vencidas por una ciencia rigurosa a fines del siglo XIX y ustedes saben que el promedio de vida cuando pasamos del siglo XIX al XX era de 30 años. En esa época la gente moría de todo tipo de infecciones; de cinco niños cuatro se morían de fiebre puerperal, una mortalidad tremenda producida por las infecciones que no tenían forma de ser detenidas hasta que aparecieron los antibióticos. A partir de ahí se alarga el promedio de vida y al término de este siglo XX, un siglo tan devastador, con sus cosas negativas: los genocidios, las guerras nucleares, los campos de concentración, la matanza industrial -decía- que el promedio de vida pasó de 30 a 80 que es el que hay ahora. Hoy en día ya no sólo se trabaja para alargar la vida sino para mejorar la calidad de vida, no es cuestión de ser viejo sino de que uno lo sea con todas las potencialidades.

Y comienza ahora a trabajarse con las enfermedades crónicas que antes no se las conocía o no se las estudiaba: la artritis reumatoidea era una cosa natural, nadie se preguntaba de dónde viene, cómo se puede modificar, se la tomaba como algo natural. De modo que todas esas enfermedades crónicas que antes no se analizaban ahora sí se analizan y nos encontramos con una medicina que en este tiempo ya no puede prescindir de la tecnología de punta, ni de la vacuna, ni de los antibióticos, ni de la terapia intensiva, ni de los trasplantes. Todas las cosas que actualmente se hacen han implicado una revolución tan impresionante que cualquiera de los que estamos acá sabemos muy bien, que cuando nos recibimos los conocimientos médicos que teníamos eran muy limitados con respecto a todo lo que se sabe ahora.

En estas últimas décadas, cuánto se ha progresado, cuántas cosas nuevas han aparecido y que exigen al médico esa tarea incesante de actualizarse y de ponerse al día; es una de las carreras en ese sentido más exigentes, nunca se termina de aprender, no solamente con la experiencia práctica sino también con la teoría que exige conocer cada vez más, y las especializaciones y subespecializaciones que se han producido en la medicina la han convertido en una carrera que no todo el mundo puede llevar adelante. Pero junto con esa exigencia y esa excelencia que se ha dado en el campo de la medicina, al extremo de que cuando se hace referencia a las cosas buenas del mundo en este momento tenemos que mirar a la medicina, donde se han hecho cosas milagrosas que antes parecían imposibles de lograr, nos encontramos también con que el profesional médico está cada vez más deteriorado en su calidad de trabajo y de vida, en el respeto que en otros tiempos tenía el médico.

Es cierto que años atrás uno entraba en un hospital –yo ese recuerdo lo tengo muy fresco como lo tienen todos ustedes- y entraba a un templo. Era el lugar donde estaban los maestros y se hacía la mejor medicina, había investigación, una rigurosa carrera donde los mejores tenían que organizar una especie de permanente competencia y lo que se hacía en los hospitales argentinos después se publicaba en revistas de gran circulación, que excedían nuestras fronteras. Tuvimos muchos nombres que tenían aceptación universal, y ni hablar de un médico argentino que se iba a al exterior era recibido con los brazos abiertos. Sabemos muy bien cómo se ha deteriorado el hospital público, así como se han deteriorado tantas cosas en nuestro país, como se ha deteriorado nuestra universidad pública, y otros aspectos que vamos a mencionar.

Lo cierto es que el médico hoy en día está mal pagado, es menos respetado que antes y existen negocios vinculados con los juicios por mala praxis; por cierto que una mala praxis no puede ser impune, pero saben muy bien que en EE.UU. surgió este negocio, que se va extendiendo cada vez más y que en muchos casos son justos y en muchos no lo son, y por cierto algunas manchas resultan indelebles.

Recuerdo que en una época surgió la unidad con respecto a los pagos que le hacían a los médicos que era la unidad galeno -creo que sigue existiendo-. Galeno nació en la ciudad de Pérgamo donde estaba el culto de Esculapio, y Galeno cometió una gran estafa con respecto a la ciencia de su tiempo porque la descripción anatómica que hizo de los seres humanos no estaba basada en disecciones de seres humanos, sino de monos. Se tardaron muchos siglos en descubrir esa tremenda estafa, Galeno era estudiado de memoria y era considerada una palabra infalible hasta que, muchísimo tiempo después, en el Renacimiento, Resabio fue quien descubrió esa trampa y fue muy dura la lucha que tuvo que llevar adelante para que se reconociese que lo de Galeno era una mentira. De verdad, Galeno nos había vendido una medicina de monos diciendo que era de hombres.

Yo decía que, inconscientemente, los médicos adoptaron la unidad galeno como una forma indirecta de denunciar que si la medicina de Galeno era una medicina de monos, el pago que se hacía a los médicos era un pago que estaba como la mona, entonces tenía que ver con numeración actual, como una especie de globalización de lo de Galeno. Y efectivamente, el médico en nuestro país y en el mundo entero está viviendo una etapa crítica donde, más que en otras épocas, debe jugar un rol decisivo la vocación. El que tiene vocación de médico se siente bien, tiene placer en su trabajo -el trabajo que no da placer es realmente una tortura-, pero ya no es la carrera con la que soñaban nuestros abuelos, que decían mi hijo, el dotor como una cosa fácil; bastaba tener el título y todo lo demás ya funcionaba solo. Estas cosas han cambiado.

Pero el propósito de la charla de esta noche no era referirme solamente a la medicina, sino aplicar la situación casi específica, muy especial que tiene el médico que sufre en carne propia la decadencia argentina y la percibe en carne ajena cuando atiende a sus pacientes. Entonces se pone en contacto con la pobreza, con la miseria y con la desesperación, y tiene que enfrentar momentos que se parecen al campo de batalla porque no le alcanzan los medicamentos, no hay con qué comprarlos o no se consiguen, y a pesar de eso hay que continuar. Cuántas veces el médico es héroe y tiene que arreglárselas como puede y usar la imaginación, además de tener una vocación que sea muy, muy fuerte y que le permita sobrellevar con buen ánimo ese destino tan difícil. Porque no le resulta fácil estar bien, sostener su familia, tener tiempo para estudiar y tener margen económico para poder ir a perfeccionarse, enterarse de otras cosas, comprar libros. Y estamos, entonces, todos en este país donde el hospital dejó de ser un templo y se ha convertido en un sitio al que esforzadamente se trata de sostener, y recuerda mucho lo que decía hace un siglo y medio Florence Nigthtingale cuando decía que muchas veces en los hospitales la gente se enferma. Claro, era una época en que en una sola cama había dos y tres pacientes, se defecaba y orinaba en el suelo, no había agua potable, y entonces los hospitales eran lugares donde muchas veces entraba un hombre más o menos enfermo y se iba muy enfermo o se moría.

Esta situación de deterioro es grave, pero esto en la Argentina no tiene mucha lógica porque en este país había un panorama mucho más alentador. Algunos sostienen que los argentinos nos sentimos tan angustiados y nos quejamos tanto, y no porque nos tocó ser pobres sino porque no fuimos pobres, somos ahora pobres pero éramos ricos, y es mucho más difícil pasar de rico a pobre que ser siempre pobre. Y cuando se habla de comparaciones de Argentina con otros países, por ejemplo hace poco leí un análisis, un paralelo que se hizo entre Perú y Argentina y se decía que en Perú el estado de ánimo de la población es bueno en un porcentaje mucho más alto que en la Argentina. La gente en Perú no se queja tanto como en Argentina y no está tan deprimida como aquí, pero la situación económica de Perú es muchísima peor que esta. Lo que pasa es que Perú -excepto en la época de la colonia cuando los incas tenían oro hasta la altura de su cabeza, que es un tiempo muy lejano- es un país que aceptó antes que nosotros la pobreza; nosotros recién ahora nos damos cuenta de que somos pobres.

En mi último libro El atroz encanto de ser argentinos aunque allí no lo digo en la forma que voy a decir ahora –que lo digo de una manera más directa-, se llega a la sensación siguiente: la Argentina cuando fue opulenta lo fue de una manera ilógica, la riqueza argentina cuando se tiraba manteca al techo y cuando los oligarcas prácticamente se alquilaban la mitad de un barco para llevarse hasta la vaca, hasta maíz, esa riqueza no era producto del esfuerzo, ni de la imaginación, ni de la perseverancia, ni del riesgo inversor, era el producto de que aquí Dios regaló la pampa húmeda, el pasto crecía solo y las vacas también. Y Europa necesitaba nuestras carnes y nuestros cereales, entonces compraba eso y aquí no había que trabajar y se produjo algo muy negativo: la tradición del hidalgo español, que consideraba una denigración trabajar; él usaba bigotes, conquistaba mujeres y jugaba a las cartas, el trabajo lo realizaban los indios y los esclavos negros.

Ese hidalgo español fue continuado por la oligarquía argentina, ganadera, que tampoco trabajó, no hacía falta porque las cosas se producían solas. Ello llevó a que nuestra dirigencia fuese una dirigencia pasiva, sin imaginación, sin perseverancia, que no entendía lo que es el esfuerzo ni el riesgo. Tan es así que en el año 1932 se realizó la Conferencia de Ottawa donde Gran Bretaña –que en ese momento era todavía el Gran Imperio Británico- resolvió comprar solamente a los países que integraban el Commonwealth, entonces nuestra dirigencia entró en desesperación y fue a Gran Bretaña el entonces vicepresidente Julio Argentino Roca, sobrino del que fue presidente, y allá les explicaron que Argentina no iba a tener los privilegios de antes, entonces les pidió que por favor consideraran a la Argentina como otra gema de la corona británica: por favor, trátenos como colonia ¿qué hacemos si no nos compran?, en vez de darse cuenta de que el mundo estaba cambiando y de que hacía falta imaginación, coraje, renovación. Se firmó el pacto Roca-Runciman y las cosas se fueron deteriorando, y luego llegó la década del 40, y del 50, y los golpes de Estado, y la demagogia, y el facilismo, y el asistencialismo desenfrenado, y todo eso fue haciendo que el país empezara a decaer.

De manera que esa riqueza, que no era lógica, llegó un momento en que se perdió y cuando un río se va secando aparece el fondo del río que no se había visto antes, y lo que no se había visto antes eran los defectos argentinos que existían incluso en la época de opulencia. Por eso en mi último libro yo comienzo contando las opiniones de muchas visitas ilustres que fueron invitadas para el Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910. La Argentina era uno de los siete países más ricos del planeta e invitaba a todo el mundo para que viese este país, ahí estaba cantando Rubén Darío como la Canaan de la leche y de la miel, y llegaban acá y los argentinos les preguntaban qué opinan, miren, y se construían palacios, avenidas, monumentos; sobraba el mármol, se importaba todo de afuera. Incluso recuerdo que en la década del 70 lo visité a Arturo Jauretche y me dijo venga por favor al balcón, salí y me mostró todos los balcones de la calle Esmeralda y me hizo notar que eran todos de hierro y no de madera, si nosotros no tenemos tanto hierro. Esto se importaba de Europa, los balcones y los faroles, y ni hablar de que se importaba todo lo que se podía y que se producía acá, había una dependencia colonial extraordinaria.

Y bueno, esa Argentina que fue decayendo, que se fue deteriorando ponía a la vista los grande defectos que ya detectaron los que nos habían visitado, muchas de las frases son conocidas porque se han repetido tantas veces, pero vale la pena recordar: Clemenceau, que fue presidente de Francia, un gran político y un gran periodista también -fue el que le publicó a Émile Zola la famosa página J´acusse! por el caso Dreyfus-, en fin una personalidad reconocidísima, dijo que la Argentina es rica porque los políticos no pueden robar de noche mientras duermen, y lo dijo en 1910. Una década después llegó Cantinflas, que hablaba y no se entendía lo que decía dentro de su comicidad, y dijo una frase muy cortita este es un país que tiene millones de habitantes que se empeñan en hundirlo sin conseguirlo; es decir que hay un deseo de hundirlo.

Y luego, en 1925, vino Albert Einstein y dijo no puedo entender cómo este país es tan rico con semejante desorden administrativo, él era un físico y ya percibía la burocracia, el clientelismo político, la falta de ley. Por ejemplo, Charles Darwin pasó por acá en 1833 y dijo que se asombraba de que la sociedad argentina miraba con simpatía al ladrón, porque suponía que le había robado al gobierno y no al pueblo; y después lo explicó diciendo que los argentinos tenemos una dificultad en abstraer por eso no entendemos al Estado, no entendemos a las instituciones, nos parecen cosas abstractas, por lo tanto robarle al Estado es robarle al aire, a nadie porque una cosa es meter la mano directamente en otro ciudadano, pero al Estado... Y eso es cierto, hasta el día de hoy nos cuesta entender el valor de las instituciones, hablamos siempre en términos de individuos, de personas; los esquemas de campañas políticas no hablan de partidos sino de una u otra persona: Cavallo, De la Rúa, Moreau, pero ¿y las ideas y las instituciones? Siempre el nombre, el nombre por arriba y la institución por debajo. De modo que estos son los cambios que la sociedad argentina tiene que realizar para enderezarse porque allí están los grandes defectos que han llevado a que nuestro país sea lo que es.

Una característica muy negativa en que se ha sumido nuestro país es el facilismo, la cosa fácil, que se da sola. El otro día pasaban por televisión la película Plata Dulce y ahí se repiten las frases Dios es argentino, con una cosecha se arregla todo, hasta hace poco se decía eso; y ese facilismo ha llevado a que los argentinos tuviésemos la sensación de que nos tiene que llover de arriba la solución, esto llevó a una actitud pasiva donde el asistencialismo demagógico ha tenido tanto éxito, esperando que venga de otra parte la solución, y siempre la pedimos y la pedimos. Y ahora estamos con un desafío extraordinario: resulta que el poder en este momento en la Argentina está muy repartido, ya no hay un polo de poder; el poder concentrado terminó con Menem, porque era el hombre que dominaba al Ejecutivo y tenía dominio sobre el Parlamento, sobre el Poder Judicial y sobre los sindicatos. Hoy en día está el gobierno por un lado –a su vez fragmentado-, está el Parlamento por el otro –también fragmentado-, la Justicia por otro lado, los sindicatos por otro –todos fragmentados-, y nos encontramos con que el poder se ha fragmentado. Entonces pedir a un sector o a otro es muy difícil, es complicado articular hoy en día, y ese es el desafío que tenemos los argentinos. Y quizás pueda significar el comienzo de algo novedoso, en lo cual estamos reordenando a nuestro país.

En otras ocasiones he dicho que los argentinos hemos logrado formar un Estado pero todavía es una asignatura pendiente formar una Nación, porque la Nación es aquella comunidad donde todos los hombros y las cabezas se unen tras objetivos comunes. En este momento no encontramos qué es un objetivo común, es mucho más fácil encontrar que la mejor de las iniciativas siempre es objetada por algún sector que considere que esa iniciativa no lo beneficia. Hay una puja sectorial, mezquina en la que cada uno quiere para sí algo, sin pensar en lo que le ocurre al otro, y esto es muy grave porque estamos violando algo que hemos aprendido de chiquitos y que no recordamos, algo tan simple como esa famosa frase que el derecho de uno termina donde empieza el derecho del otro, nos hemos olvidado del derecho de otros. Nos hemos olvidado, por ejemplo, que los espacios públicos nos pertenecen a todos y nadie tiene derecho a ocupar un espacio público porque está lesionando a otro; cuando un piquetero cierra una ruta no lo está atacando al presidente de la Nación que tiene su helicóptero para ir a donde quiere, sino a otro ciudadano quizás tan pobre o tan afligido como él y que no puede volver a su casa. No se toma la iniciativa de que los legítimos reclamos se hagan sin dañar al otro, y esto es lo que hace falta denunciar como un serio defecto que tenemos los argentinos: el no respetarnos los unos a los otros.

Yo lo describí hace tiempo como la cultura del desprecio, diciendo que en la Argentina desde la época de la colonia se fue desarrollando esa cultura del desprecio: llegaba el conquistador que despreciaba al indio, que tenía hijos con las indias y eran los mestizos, y despreciaba después a los mestizos; que apareció una gran cantidad de gente sin padre que eran los gauchos -la etimología de la palabra gaucho significa guacho o sea bastardo, sin padre-. Y ese desprecio del conquistador hacia el indio, hacia el mestizo, hacia el negro, por supuesto que tenía doble vía porque a su vez ellos despreciaban al blanco, y luego llegó la inmigración que despreció al criollo por perezoso, y el perezoso despreció al inmigrante por tacaño y por tenaz, y tardamos mucho tiempo en articular todo esto. Y este desprecio por el otro ha llevado a que acuñáramos frases tan terribles como cabecitas negra o que muchos argentinos digan ¿Ese famoso? ¡Qué va a ser famoso si vive a la vuelta de casa!, con lo cual está diciendo, si vive a la vuelta de casa no puede valer nada porque yo no valgo nada, en el fondo quien desprecia está despreciando a sí mismo, y necesita despreciar a otro.

Esto llevó al desarrollo de algo que denuncio como una de las peores enfermedades argentinas que es la viveza criolla. Durante mucho tiempo fue elogiada como una virtud: Borges recuerda el caso del hombre que dijo Don Borges, no se equivoque, yo estuve preso por ladrón no por zonzo. Muy importante hacer la diferencia, lo peor es ser zonzo, ladrón no importa; y no importa ser el ladrón, lo que importa es que a uno no lo descubran, eso es ser vivo. Entonces este defecto de la viveza, de la trampa está vinculado con que quien practica la viveza criolla en el fondo no se siente muy seguro de sí mismo y necesita hacer trampa, y ¿quién hace trampa? El que por el camino recto no puede lograr un triunfo. El que hace trampa, el que practica la viveza criolla es un exitista que no es lo mismo que un exitoso. El exitista es el que necesita un triunfo rápido, inmediato, aunque sea pequeño, que le calme la certeza de que él no es nadie; en cambio el exitoso no tiene apuro, invierte esfuerzo y tiempo porque sabe que al final va a lograr un éxito grande.

Y los argentinos nos acostumbramos a ser exitistas, a tener éxitos rápidos, inmediatos, tramposos, y las trampas acá vienen de hace rato, y la viveza criolla es algo que se ha popularizado, se ha convertido casi en folclore, por eso lo de vender buzones o vender el obelisco, y también argentinos que exportaban zapatos de un solo pie. Hubo una época en que se exportaron zapatos al continente africano y se mandaron zapatos de un solo pie, y el empresario dijo total los negros no se van a dar cuenta; entonces esa es la mentalidad del empresario tramposo, exitista que mandó ese embarque, pero después nunca más vendió y ahí es donde se queman las oportunidades. Todos esos defectos han llevado a que la Argentina sea un país que ha perdido muchísimas oportunidades, y yo diría algo mucho más duro todavía, que casi somos expertos en perder oportunidades, en echar a perder las oportunidades. Argentina tuvo y sigue teniendo muchas oportunidades, porque todos los días se presentan, pero las echamos a perder justamente por luchas mezquinas, por esas presiones innecesarias y los esfuerzos que se esterilizan y que nos llevan al deterioro que padecemos en la Argentina.

Entonces yo lo digo que así como fue incomprensible esa riqueza argentina de décadas atrás, es también incomprensible este estancamiento argentino de hoy. Y aquí daré una vuelta de tuerca bastante fuerte porque lo que le pasa ahora a la Argentina realmente no tiene lógica. Los recursos naturales y humanos que tiene Argentina siguen siendo términos comparativos muy importantes, y yo he comparado nuestro país con el pirata loco que logró cargar en su barco tantos cofres llenos de joyas que tenía miedo de que se le hunda el barco, entonces comenzó a arrojar las joyas al mar. La Argentina es así, arrojamos joyas al mar: estamos exportando neuronas, formamos profesionales gratuitamente dentro de las universidades públicas que las regalamos a los países opulentos. Ningún país del mundo hace eso y la Argentina lo hace, es uno de los pocos países que exporta neuronas sin cobrar nada a cambio, por supuesto. Esta situación habla de una dificultad muy seria con respecto al gerenciamiento del país, como que este país tiene una cantidad de recursos como si fuera una empresa que tiene un stock impresionantemente grande y no lo sabe aprovechar, no lo sabe guardar, no lo sabe vender bien ni promocionar bien.

Sin embargo, creo que nos estamos dando cuenta de que estas cosas pueden modificarse pero necesitamos iniciarlo desde la sociedad, y le doy una gran importancia a la que yo llamo la Argentina decente, porque junto con los canallas que aparecen en los medios y que actualmente tienen condena de la Justicia, hay millones de argentinos que son decentes, que trabajan o que buscan trabajo, que quieren progresar en forma honesta, en forma legal, que transmiten valores a los hijos a pesar de que los valores están tan devaluados, y esos argentinos son quizás la mayoría, pero lamentablemente sabemos que el mal necesita de menos soldados que el bien, lamentablemente es así. Un sicótico puede más que un montón de cuerdos y un criminal puede más que un montón de gente que no comete crímenes.

Destruir es muy fácil, construir es muy difícil. Entonces, en Argentina creo que tenemos una reserva humana y moral enorme, pero quizás todavía no ha superado el punto crítico para convertirse en una cantidad que determine el giro que debe dar nuestra dirigencia. Porque cuando se habla de cada país tiene la dirigencia que se merece, André Marraux perfeccionó esa frase diciendo no sólo la que merece sino la que se le parece. Entonces nuestros dirigentes se nos parecen, no surgen de un tomate, vienen de nuestra sociedad, son el producto de la sociedad, el emergente de la sociedad.

Y si en esta sociedad pasamos el punto crítico donde haya una mayoría evidente de esa gente decente, eficiente, trabajadora, seria, responsable, entonces esta dirigencia va a tener que modificarse.

Y esto se está dando, y yo lo tomo como el dato más notable de la Argentina, la presencia del llamado tercer sector o el voluntariado social, o las organizaciones no gubernamentales, o las ONG’s, como se las quiera llamar, que son entidades que comenzaron a surgir en nuestro país en la década del 80 y que actualmente son más de 80.000 en el país, donde trabajan más de 3.000.000 de personas. No es un chiste, es una fuerza extraordinaria porque allí hay vocación de servicio, hay motivación, hay imaginación, hay esfuerzo, hay solidaridad y hay acción. Cuando a veces me preguntan qué se puede hacer con la depresión argentina, les digo mire, la depresión argentina es una traslación mecánica de una cuestión que clínicamente tiene otro tipo de descripción. Yo digo que la depresión argentina tiene que modificarse a través de la acción, hay que hacer cosas. Ustedes saben que Goethe, cuando estaba escribiendo su Fausto tenía muchas dificultades para terminar la segunda parte, cómo cerrar. La primera parte era mucho más sencilla, pero la segunda no, y la cierra modificando una palabra de la Biblia, diciendo En el principio fue la acción, como diciéndonos más importante que el verbo es la acción, y la acción significa no limitarnos a quejarnos.

Cuando votamos a un gobierno no podemos pretender que nos den las soluciones, se vota a un gobierno que tiene que crear las condiciones para que la misma ciudadanía haga las cosas, no todo lo puede hacer el gobierno. Cuando era Secretario de Cultura creámos el Programa de Democratización, trabajábamos con la comunidad, nos reuníamos y luego que venían la propuesta, que muchas eran muy buenas, había que llevarlas a la práctica, decían y bueno, que se ocupe el gobierno, y decíamos no, se van a ocupar ustedes, formen comités para llevar adelante muchas de estas cosas. Hay cosas que no pueden hacer y cosas que sí, y las que pueden tienen que hacerlas ustedes. Y créanme que se generaba un clima de tanto entusiasmo, de tanta alegría a pesar de que había pobreza de todo tipo, porque se sentían ciudadanos de verdad, creadores, protagonistas, sentían que estaban haciendo, que tenían rostro, nombre y voz, no era ese anónimo gris inexistente, dominable, manejable, era gente que tenía su voz y se hacía oír, que mostraba su cara, y que tenía su nombre.

Esta participación, esta acción es la que se tiene que poner en marcha en la Argentina, y está ocurriendo ya hoy mismo con este sector del voluntariado social, organizaciones de todo tipo. Incluso yo hice una propuesta de que muchos de los dineros que se destinan al gasto social desde el Ministerio de Bienestar Social y otros organismos de la Nación y de las provincias, tendrían que canalizarse en gran parte por estos organismos del sector social, que son organismos sanos donde no hay corrupción, y donde ese dinero llegaría a destino.

Lamentablemente, lo que ocurre es que los dineros del Estado –que no son pocos- no llegan a destino porque se pierden en el camino o en ese laberinto de la burocracia que no termina jamás.

De modo que en Argentina hay muchas razones para entender que las cosas pueden modificarse, pero lo harán desde la sociedad; es ella la que va a generando un clima, una atmósfera que influye sobre los dirigentes. Pero si la sociedad se ríe, se calla y no protesta, esa dirigencia empeora; es lo que decía Lord Acton, que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. En la década pasada, cuando aquí se farandulizaba todo y lo tomábamos a broma, evidentemente la farándula se afirmó y produjo un quiebre de valores gravísimo en el cual se perdieron las tradiciones argentinas de decencia, de trabajo, de honestidad, a favor del modelo de los ricos y famosos, que como sabemos muy bien se hacían súbitamente ricos –no se sabía cómo- y eran famosos porque eran amigos de la farándula, no por algo en especial.

Y ahora, cuando en el Senado de la Nación se quisieron atribuir un aguinaldo, que no correspondía porque ellos tienen dietas y no sueldos, la sociedad protestó y tuvieron que poner violín en bolsa, y en la Cámara de Diputados ni siquiera sacaron adelante el proyecto. Es decir que la sociedad influye. Yo recuerdo aquella vez estando en Mendoza me plantearon un problema que ocurría allí y que la prensa no se hacía eco de ello. Les dije seguramente, si ustedes diariamente mandan 50 cartas al diario local, la prensa se va a hacer eco, me dijeron que no las iban a publicar y les contesté que no importaba, que el hecho de recibir 50 cartas diarias iba a hacer modificar la política del diario.

Es decir, los ciudadanos tenemos instrumentos para actuar, pero no los usamos y el catálogo de las acciones que hay que analizar es infinito. Ustedes me preguntarán qué hacer en la parte médica, es infinito el catálogo de cosas que se pueden hacer, pero lo esencial es no quedarnos en esa especie de lamento, de triste suspiro, porque es como descargar nuestra energía, es como decir he cumplido, usé mi cuota diaria de queja, y ya estoy en paz conmigo mismo.

Este es el panorama que tenemos los argentinos hoy en día: un panorama difícil con desafíos nuevos. Cada generación tiene sus propios desafíos; el nuestro es un desafío muy especial, entramos en una época diferente, se han incorporado a nuestro lenguaje cotidiano palabras como la posmodernidad, globalización y evidentemente todo eso nos perturba, no sabemos cómo manejarlo y tratamos de atarnos a ciertas ideologías, y discutir si está bien, si está mal. Creo que lo importante es tomar un ejemplo muy claro de lo que ocurrió en 1930 cuando el mundo cambió, esta dirigencia se resistía a cambiar y le decía a Gran Bretaña sigan comprándonos bajo cualquier condición.

En este momento decimos ¿está mal la globalización? ¿tenemos que luchar contra ella? Me parece que no es el camino correcto. En alguna ocasión alguien dijo luchar en contra de la globalización es como querer oponerse a la ley de la gravedad, es como querer combatir a los medios de comunicación, que nos está convirtiendo la masa encefálica en un callo plantar, con ese Gran Hermano y cosas así. Leía el otro día un chiste Nik muy bueno que mostraba el cerebro de un personaje que no quiero mencionar para no entrar en política, pero después de mostrar varios cerebros mostraban el de Gran Hermano que era un puntito chiquito. Entonces eso existe pero si la gran mayoría de la sociedad mira Gran Hermano, va a continuar por supuesto; depende de nosotros si a eso lo descalificamos, si conseguimos –el sector más racional de la sociedad argentina- que quien mire ese programa tenga vergüenza de contarlo, decirles ¿vos mirás eso? ¿qué te pasa?.

Entonces hay una sociedad que tiene mucho que hacer desde cada lugar, y ni hablar -ya que estamos en una reunión de colegas médicos- del rol del médico, cuya palabra, cuya presencia sigue siendo tan importante. No se olviden que la sola presencia física del médico ya está provocando una resonancia en el paciente, a pesar de todas las dificultades y los problemas de diferente tipo que existen, el médico sigue siendo el ser al cual el paciente confía su salud, su vida, deposita en él esperanza y confianza. De modo que el médico tiene un gran rol no solamente desde el punto de vista específico de su profesión, sino un gran rol social. Y el médico tiene que saber de todo, por supuesto, tiene que saber lo que le pasa al país, al mundo, porque a él le piden que diga algo más o que haga algo más que lo que marca su profesión, no es una especie de simple contador que escribe dos columnas, el debe y el haber, el médico se expande hacia otras áreas. Recuerdo una frase de Gregorio Marañón –muchos de ustedes la habrán leído, seguramente- que dice el médico que sólo sabe de medicina, ni medicina sabe”.

 

Respuestas al público (selección)

Respecto de la droga en la argentina dijo:

“Bueno, es cierto que la Argentina, hasta la década del 80 más o menos, era un país de tránsito de drogas y el consumo era mínimo. Empezó a crecer mucho por la pobreza, porque los narcos encuentran en los más desesperados sus agentes, al que le venden o hacen vendedor, y que evidentemente hacen mucha más peligrosa la violencia porque el que asalta drogado mata sin darse cuenta de lo que hace, de modo que es un problema que hacen los argentinos y que yo creo que no ha sido declarado en nuestro país con la necesaria responsabilidad. En mi última novela, Los Iluminados, yo cuento cómo entra la droga en nuestro país y cómo esto está asociado con la gran conducción, con sectores de poder, y evidentemente la droga acá no entra –como quieren hacer creer- por contrabando hormiga, sino en grandes contenedores porque no puede ser que el consumo tan enorme que hay en la Argentina sea el producto de un mínimo tráfico.

La verdad es que no se ha atacado frontalmente esto y gracias a que se está complicando mucho, se está empezando a revelar. Por ejemplo en Perú, el caso de Montesinos, un hombre tan poderoso y de repente ahora se comprende porque él tenía relaciones con los narcotraficantes. De repente aquí en la Argentina se está tocando el tema lateralmente, se habla de un apoyo en la última campaña electoral, y bueno, todavía los argentinos estamos como asombrados de que la impunidad empiece a dejar de tener la fuerza que tuvo hasta el presente. Hasta ahora había en la Argentina la certeza –y lo digo en palabras populares- de que el poderoso siempre zafa de alguna manera, eso que decía el Viejo Vizcacha si es amigo del juez..., porque siempre de alguna forma se lograba doblegar al juez.

Ahora resulta que da la sensación de que se está procesando a mucha gente, incluso a alguien tan poderoso como el ex presidente, esto no importa cómo termina sino que la sensación de que siempre zafan, parece que ya no tiene tanta vigencia. Por el solo hecho de que los poderes están divididos, como que el Judicial no depende del Ejecutivo, y el Judicial está haciendo lo suyo, y a su vez como ya no tiene las ligaduras que tenía antes, está actuando. No sé en qué va a terminar, pero la impunidad que había antes no hay, y eso ocurre en todos los ámbitos a nivel mundial también. Por ejemplo el New York Times sacó un editorial sobre el arresto de Montecinos diciendo que ya en el planeta no hay un lugar donde el delincuente se refugie, los siguen a los delincuentes que antes lograban esconderse.

Con el tema de la droga que interesa porque tiene consecuencias sociales gravísimas, no solamente daña al que la consume, sino que tiene que ver con la seguridad, los asaltos, todo eso, entonces la sociedad va a seguir presionando para que esto se resuelva de otra manera. Muchas veces ocurre como en las películas: algo muy complejo, que parece que se nos va de las manos, cuando uno empieza a indagar, ve cómo es”.

 

Acerca de cómo ser optimistas en el contexto actual, dijo:

“Ocurre que los argentinos vivimos como si nuestro país hubiese sufrido una guerra, como si nos hubieran bombardeado la ciudad, como si hubiese habido grandes epidemias, como si la pobreza no fuese sólo pobreza sino que hubiese hambruna y la Argentina no tiene nada de eso. Y tenemos que actuar como si eso hubiese ocurrido.¿Qué ocurrió con los países que sufrieron las grandes guerras? Parecía absurdo mantener la esperanza arriba, hasta en los campos de exterminio de los nazis había maestros que seguían enseñando a los niños, músicos que seguían tocando en pequeños grupos y esa tarea por supuesto que tenía valor, era un valor heroico. Pero la Argentina no está en esa situación extrema, los argentinos tenemos que darnos cuenta de que es el momento en que la sociedad debe reaccionar positivamente y sentirnos que estamos frente a un desafío que exige una epopeya –quizás aquí nos falta esa mística-, tenemos que cambiar un país donde los defectos han estado enraizados durante décadas y décadas, y no lo veíamos así porque aquí se creía que con un cosecha se arregla todo. Entonces existe una conducción ladrona y una justicia inoperante y hemos perdido oportunidades, pero es necesario que en este momento la sociedad actúe y que la misma ciudadanía ejerza la condena social y el apoyo social. La condena a lo que es malo y el apoyo a lo que es bueno, y hacerlo con coraje. Yo digo por ejemplo en mi último libro que se está vendiendo bien y sin embargo ataco de frente y un montón de tabúes, toco temas que nadie se atreve a tocar como el del arancelamiento universitario y otras cosas más.

Digo basta de estar atados, basta de tener miedo, ataquémoslo y analicémoslo, yo no tengo la razón, no soy dueño de la verdad pero creo que doy mi verdad y que otro dé su verdad y discutámosla, pero a corazón abierto y dando la cara. Creo que eso le va a ayudar a la Argentina. Tenemos la suerte de contar con humoristas maravillosos que diariamente nos dan diagnósticos, nos están pinchando para que reaccionemos, y ni hablar cómo los pinchan a los políticos. De modo que no tome así como que es difícil, si ud. se pone a ver que después de hablar con alguien uno piensa que ha perdido el tiempo no es así, porque algo le llega. Hay que descalificar la queja estéril, la protesta que no ayuda para nada. El otro día pasé por el hospital Rivadavia y vi que estaba lleno de grafittis, ¿cómo es posible que se haga eso? Que se ensucien los espacios públicos ya esta todo roto antes de que germinara el césped. La cultura del desprecio, de hacernos daño, basta.

Hay que tratar, hablar con alguien, ayudar, pero no pretender que venga la solución de arriba. Es un cambio que cada uno tiene que hacerlo, somos 35.000.000 y creo que algo podemos hacer. Lo que yo llamo la parte decente creo que se tiene que expresar y no lo hace por pudor o miedo, en cambio los canallas sí se expresan, pero tenemos que ganarles”.